EL PSICOANÁLISIS FRENTE AL MALTRATO DOMÉSTICO

Parto de la constatación de una cierta impotencia de las medidas educativas y judiciales para frenar el maltrato. Al respecto es paradigmático el tema de las mujeres que se saltan las órdenes de alejamiento impuestas por los jueces.

Quisiera en primer lugar poner en cuestión el machismo y la desigualdad de género como única explicación a esta lacra. Un dato muy a tener en cuenta es que en los países nórdicos, donde las medidas de igualdad entre hombres y mujeres están más desarrolladas, las cifras de maltrato doméstico no solo no disminuyen sino todo lo contrario. Esto nos debe hacer pensar que la cuestión no es tan simple. El maltrato en la pareja y la familia no se pueden explicar sólo con consideraciones sociológicas, hace falta tener en cuenta cómo se constituye la subjetividad y más concretamente la sexuación si queremos entender algo.

El machismo y la educación, los ideales sociales, los discursos imperantes sobre lo que es un hombre o una mujer etc, son factores comunes en una sociedad, pero siempre tenemos que tener en cuenta el modo en que interaccionan con la historia de cada uno: pautas de crianza, cuidados y experiencias de satisfacción, ausencias, maltrato, abandono… Estos dos factores, el social y los avatares biográficos, están siempre en función de un tercero, que va a resultar decisivo: la posición subjetiva de cada uno, cómo cada uno se posiciona a partir de esas cartas que le han tocado en  la vida.

Los seres humanos tenemos un problema: lo que nos constituye como humanos, que es el lenguaje, nos humaniza pero nos aleja del instinto que nos orientaría sobre cómo vivir. Por eso no tenemos más remedio que inventar soluciones singulares a la cuestión de qué es ser un hombre o una mujer, porque hay una falta en el lenguaje para decir el sexo, al igual que la hay para decir la paternidad o la muerte. Lo social, la educación, las leyes, nos proveen marcos, soluciones de uso común para todo eso. Por ejemplo el matrimonio es una solución “prefabricada”, pero todas estas soluciones son un poco como un traje mal cortado donde no nos cabe algo, se dejan fuera una parte de lo más singular de cada uno, por eso podemos decir que son soluciones sintomáticas, que acogen una dificultad pero no la terminan de resolver del todo.

El lo que concierne a la relación entre los sexos, el malestar es estructural en el ser que habla. Lo masculino y lo femenino no coincide con lo biológico, son posiciones simbólicas y el psicoanálisis muestra que la sexuación se estructura a partir de la lógica del tener y de la falta. Cada uno ahí se las arregla a su peculiar manera, tomando una posición que es inconsciente.

La igualdad social y jurídica son totalmente necesarias, pero en el plano de la subjetividad eso no resuelve todo. Lo masculino se constituye a partir del tener y poseer el objeto, y en esa lógica la pareja ocupa a veces el lugar de lo que “se tiene”. El odio entonces aparece en la medida en que lo femenino encarna una lógica distinta, la de la falta, la de lo que no se tiene, que se escapa a esa la lógica del tener. Las mujeres encarnan la otredad y es por eso que el odio a lo femenino, que es inconsciente, es de estructura. Hoy los discursos que mantenían a raya esa peligrosidad que lo femenino encarna se han venido abajo, y las mujeres ocupan posiciones nuevas. A eso se une el declive de la masculinidad en nuestras sociedades occidentales y una cierta infantilización de los hombres, que cada vez se hacen menos cargo de posiciones paternas, por ejemplo. Constatamos a la vez un rebrote en los jóvenes de la cara más abyecta de la lógica machista. ¿Falta de educación? La diferencia sexual no tiene buena prensa, hoy prima la igualdad por encima de todo. Se puede pensar que, entonces, ante la angustia de la falta de semblantes sociales claros y diferenciados para ocupar esas posiciones masculina y femenina, las viejas respuestas retornan en toda su virulencia.

En cuanto a las mujeres víctimas ¿por qué se dejan maltratar? Se habla de dependencia económica. No diremos que no exista, pero quizá no es la más fundamental. La dependencia de las mujeres es sobre todo dependencia del signo de amor del otro. La mujer, que se sitúa frente a la sexuación en la lógica de la falta, encuentra en el amor aquello que les da el ser y eso puede llevarlas a lo peor porque por la vía del amor están dispuestas a entregarlo todo,  a veces hasta su vida. Además, en función de ciertas condiciones de su infancia y de la relación con el Otro materno (o paterno) una mujer puede situarse en una posición de permanente decepción que la lleva a pedir siempre más amor del otro, lo cual a un hombre afectado de cierta “fragilidad” lo puede “enloquecer”, porque no entiende lo que ella quiere. Ella puede, además, repetir esa situación de esperar el signo de amor y decepcionarse hasta el infinito, creyendo en las palabras de arrepentimiento de él una y otra vez, o interpretando sus celos y su maltrato como signos de amor. Lo escuchamos en muchos de estos casos.

Frente a la falta de una respuesta sobre qué es ser una mujer, la mujer busca una respuesta por el lado de ser amada, y determinadas mujeres pueden encontrarla en una posición sacrificial de ser “la única” que lo cuida y que está siempre dispuesta a volver con él a pesar de todo lo que él haga, es decir, que ella es “la única” para él, ocupando un poco el lugar de la madre de su pareja.

Por eso a veces no sirve con intentar convencer a una mujer de que se está equivocando. Esa solución inconsciente de sacrificarse para que el otro la ame es la que ella encontró para tener un lugar. Pedirle que renuncie a ella es un poco dejarla en el vacío y la angustia: ¿qué es ella para el otro entonces? No es sencillo cambiar esas condiciones inconscientes y por eso a menudo son las propias mujeres las que infringen las órdenes de alejamiento y vuelven a vivir con sus maltratadores.

En cuanto al partenaire violento (que por cierto no es necesariamente el hombre, sino quien está en posición masculina, en posición de poseer al otro como objeto, como se ve en las parejas homosexuales donde los malos tratos se dan exactamente igual que en las heterosexuales), lo que encontramos es en realidad una debilidad de la que no se quiere saber nada, que es compensada con la violencia. A menudo se trata de personas enormemente dependientes con un sentimiento inconsciente de inferioridad. La posible pérdida de su objeto, de su pareja, los sume en una angustia insoportable. Ella tiene que ser toda suya y que ella muestre el más mínimo deseo por fuera de él, que tenga otros intereses, aunque sean mínimos, ya no digamos que manifieste su deseo de separarse, lo llevan a una situación de sentirse despreciados por el otro que no pueden soportar y que invierten convirtiendo a su pareja en objeto despreciado, degradado y vejado.

En conclusión: las leyes son fundamentales y deben ser firmes contra el maltrato, la educación también lo es, pero hay lo irreductible de la posición subjetiva que ambas deben tener en cuenta sino quieren incurrir en situaciones paradójicas, como terminar castigando a una mujer que se salta una medida de alejamiento. Si uno está fijado a una posición sacrificial no hay orden de alejamiento ni programa reeducativo que lo mueva. Lo pulsional no se educa totalmente, siempre hay un resto inasequible a la regulación; se puede encontrar un mejor arreglo con ello, pero lleva tiempo, y hay que trabajar con las coordenadas singulares inconscientes de la persona, que es lo más alejado de los tratamientos estandarizados que toman todo esto como un déficit educativo y de socialización de los sujetos.

 

 

 

EL TRASTORNO DE ESTRÉS POSTRAUMÁTICO PENSADO DESDE EL PSICOANÁLISIS

En este momento de la civilización occidental las nociones de trauma y de víctima se extienden de manera particularmente intensa. La idea común es que tras un trauma hay que hacer hablar al sujeto, dar sentido a lo que ha ocurrido, ponerle un nombre. Desde el psicoanálisis, que es una práctica de la palabra, podemos advertir sin embargo acerca de ciertas precauciones frente al empuje a hablar.

Cuando sucede un hecho traumático frecuentemente los puntos de referencia del sujeto se tambalean, y en su lugar puede emerger una identificación diferente, una forma de nombrarse y representarse como víctima. De cómo maniobremos depende que podamos evitar “atornillar” a la persona a ese lugar de víctima y convertir lo que fue una contingencia en un destino funesto.

Hay que tener en cuenta que el hecho de hacer hablar, contar una y otra vez lo sucedido a la víctima, por ejemplo en las diferentes fases de la instrucción de un caso penal, puede dar lugar, no solo a un redoblamiento del trauma que no ha podido aún ser elaborado, sino que puede tener como efecto la elimina­ción de la forma singular de elaborar ese trauma, porque se pide un relato “estandarizado” de los hechos supuestamente objetivos que no llama a las significaciones que el sujeto le puede dar en función de cómo lo haya golpeado a él particularmente y que le  conectan con su historia y su modo de enfrentar las cosas.

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¿QUE ES LO TRAUMÁTICO EN PSICOANÁLISIS?

El psicoanálisis permite pensar por qué lo que es traumático para una persona no necesariamente lo es para otra, o porqué un acontecimiento aparentemente banal puede tomar valor de trauma, o por qué una vivencia traumática deja huellas tan duraderas y porqué se repite algo que resultó doloroso. La respuesta la da la noción de inconsciente.

Freud siempre mantuvo que había un origen traumático de las neurosis y que en los síntomas estaba la huella de lo ignorado del trauma. Haremos un breve recorrido por la teorización freudiana, para llegar a la forma en que lo piensa Lacan, que conceptualiza el trauma como estructural en el ser hablante a causa de la incapacidad del lenguaje para dar cuenta de cierta dimensión de lo humano. La experiencia de un psicoanálisis permite localizar ciertos momentos en que las palabras no fueron suficientes para decir lo vivido.

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LA ESTABILIZACIÓN EN LA PSICOSIS: UN ABORDAJE DESDE EL PSICOANÁLISIS

El término estabilización se utiliza para referirse a lo que permite a un sujeto evitar un desencadenamiento o restaurar un estado subjetivo después de que este haya sucedido, cuando aparece un goce que no puede ser simbolizado y rebasa las defensas del sujeto. El goce es el efecto en el cuerpo de la entrada del lenguaje y lleva implícito un más allá del principio del placer, un empuje dañino que el sujeto puede volver contra si o contra los otros. Si en la neurosis el goce se ordena con el “sentido”, en la psicosis aparece el sinsentido del goce, la sensación de que ocurre algo que al sujeto le concierne y no sabe qué hacer con ello. Desde la perspectiva lacaniana trabajamos con el concepto de estructura entendida como las diferentes formas de defensa frente al goce. La estabilización sería el modo que el sujeto encuentra de localizar por algún medio el goce, nombrarlo y darle un sentido.

Hay que decir que el término estabilización no pertenece al registro del psicoanálisis propiamente dicho, porque una estabilización puede darse a través del aplacamiento de los fenómenos con la medicación o de lo que podríamos llamar un “tratamiento práctico” del goce: una vida tranquila, un acondicionamiento del entorno, una atenuación de las exigencias y un alejamiento del riesgo, a lo que podemos añadir a veces la estabilidad de una pareja. Pero desde el psicoanálisis orientado por Lacan, vamos a hablar de estabilización en un sentido fuerte hablando más bien de metáfora y suplencia, en una búsqueda de que el sujeto pueda reinsertarse en el lazo común sin renunciar completamente a sus ambiciones.

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VÍCTIMA, PERO ¿DE QUÉ?

En su libro “La tentación de la inocencia” el sociólogo Pascal Bruckner comenta como en las sociedades tradicionales, cuando uno se sentía desgraciado, podía culpar al oscurantismo de la Iglesia, la presión de la sociedad y la familia o a la arbitrariedad de las instituciones no democráticas. Pero hoy en día, ¿a quién culpar de mis desgracias? Curiosamente, cuanto más libre se presenta el sujeto moderno, cuanto más reivindica depender exclusivamente de si mismo, más propenso estará, para liberarse de la duda y de la angustia inherentes a la libertad, a invocar la culpabilidad de un otro responsable. Ayer los sujetos denunciaban las intromisiones intolerables de la sociedad en sus vidas y hoy acusan a la sociedad de abandonarlos a su suerte por autorizarlos a ser ellos mismos. La tristeza por no haber gozado de todo lo que anhelaban, la sensación de haber sido estafados, timados, decepcionados en lo más profundo. La vida del hombre libre tiene estructura de promesa, y cada uno de nosotros está sujeto a pensar que se merecía algo mejor y que debería recibir una compensación. Reparación a las víctimas es uno de los sintagmas prevalentes de nuestra época.

El fenómeno de la victimización, definido como la proliferación del número de personas que se sitúan bajo este significante, así como la colectivización de las víctimas bajo rasgos de identificación comunes, es un fenómeno de la modernidad. A diferencia de lo que ocurría en las sociedades premodernas, donde todo estaba más pautado, el hombre contemporáneo vive en un mundo incierto, donde no sabe lo que le espera ni puede hacer demasiados cálculos sobre su futuro.

Como numerosos autores han puesto de relieve, la modernidad celebró la liberación del yugo de la tradición y la autoridad, la conquista de mayoría de edad del ser humano. Esta alegría de la libertad, sin embargo, fue revelando progresivamente su cara de desconcierto. El poder en el mundo jerarquizado ciertamente sometía pero garantizaba un orden en el que inscribirse. No todo estaba a cargo del propio sujeto. En los sistemas democráticos modernos cada sujeto está libre de cualquier sujeción a la jerarquía, de cualquier obligación por nacimiento, y es por tanto libre de hacer su propio camino. Paradojalmente, esta libertad puede resultar un tormento. No todo el mundo está preparado para asumirla. La salida del mundo de la seguridad de la tradición ha puesto de manifiesto la proliferación de subjetividades frágiles.

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NUEVAS MATERNIDADES Y PROCREACIÓN MÉDICAMENTE ASISTIDA: CONSIDERACIONES DESDE EL PSICOANÁLISIS

Así como la sexualidad se emancipó de la reproducción gracias a los avances en contracepción, hoy los avances en procreación médicamente asistida (en adelante PMA) han permitido que la reproducción prácticamente se emancipe de su sustrato sexual. Actualmente es posible concebir un hijo habiendo eludido el acto sexual,  y ni siquiera el padre y la madre corresponden necesariamente al hombre y la mujer, tanto por la realidad de las parejas homosexuales, que encuentran sus maneras de tener hijos, como por la posibilidad de que un hombre pueda gestar (el caso de un hombre transexual que, siendo mujer anteriormente decide conservar sus órganos reproductores internos y utilizarlos más adelante para ser inseminado y gestar un hijo), una de las mayores sacudidas al orden tradicional.

La ciencia ha contribuido de una forma radical a la disolución de los roles familiares tradicionales, produciendo una sensación de “vértigo del origen”, en la expresión de François Ansermet. Personalmente, me enfrento a esta cuestión en tanto que psicoanalista,l o que supone no estar en una posición de saber lo que conviene a priori, sino de escuchar los malestares que se producen en cada momento de la civilización. “Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época”, decía Lacan en “Función y campo de la palabra en psicoanálisis”. Nuestro tiempo es el de la incidencia de la ciencia sobre el cuerpo. Tratemos, pues, de plantear preguntas orientadas que incluyan la complejidad de los temas.

Hay algo de irrepresentable en el origen de una vida humana. No hay modo de pensar verdaderamente como un ser humano puede ser madre o padre de otro. Es un agujero en lo simbólico, un impensable  que se obtura con construcciones imaginarias, fantasmáticas y sintomáticas. En cierto sentido, en nuestros fantasmas, todos somos productos de la PMA. Las teorías sexuales infantiles lo muestran muy bien.

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ADOLESCENCIA Y TRIBUS URBANAS

La adolescencia como concepto no es seguro que haya existido antes del siglo XX. En la biología existe la pubertad. La adolescencia es la respuesta que cada individuo y cada sociedad dan a ese real de la pubertad, cómo lo simbolizan…. En la tradición había ritos que operaban para metaforizar ese pasaje de la infancia a la adultez, ritos que sirven para anudar lo real del organismo que se transforma con la imagen del cuerpo y lo simbólico (el lugar que cada cual ocupa en la sociedad). Hoy constatamos que ese rito en la adolescencia se hace con dificultades y toma mucho tiempo, incluso se eterniza. Hay una dificultad en metaforizar ese cambio y en su lugar aparece lo que se ha dado en llamar desde la sociología una subcultura juvenil, donde los adolescentes y jóvenes quedan segregados del resto de la sociedad.

En la historia de la humanidad, los adolescentes fueron considerados sobre todo como adultos. Vivían con adultos y podían tomarlos como «modelo”. Mientras que ahora, que existe este constructo de la adolescencia, hacemos vivir a los jóvenes entre ellos, aislados de los adultos, y en una cultura que les es propia, donde se toman unos a otros como modelo. Es decir, que más que una ritualización de la entrada en la edad adulta encontramos una fraternidad igualitaria entre los jóvenes animada por un ideal de rebelión, incluso de exclusión.

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