LAS ALUCINACIONES VERBALES EN LA ENSEÑANZA DE LACAN

Las llamadas voces de la psicosis tienen un estatuto especial en el psicoanálisis de orientación lacaniana, que se separa ahí de la psiquiatría, incluso de los psicoanalistas de la IPA, para los cuales una alucinación verbal no deja de ser un error de juicio. En realidad, se trata de un debate histórico de la psiquiatría: las voces, ¿se escuchan en el oído o dentro de la cabeza? 

Hay dos grandes momentos en la enseñanza de Lacan en cuanto a su elaboración teórica sobre la psicosis y en ambas encontramos sendas referencias a sus presentaciones de enfermos que nos son muy útiles para pensar la cuestión de las alucinaciones verbales.

En el seminario 3 (curso 1955-56) Lacan se refiere a la alucinación verbal como aquello que, siendo rechazado en lo Simbólico, regresa en lo Real.  En este momento de la enseñanza de Lacan hay una prevalencia del registro simbólico sobre los otros y Lacan desarrolla su concepto de forclusión como mecanismo etiológico de la psicosis. Lacan se refiere a una presentación de enfermos en la que una mujer escucha de un vecino el significante “Marrana” que intuye se refiere a ella. Se trata de una mujer que vive con su madre, han huido del marido de la hija que amenazó con “cortarla en rodajas”. Tienen una vecina de “vida ligera” a la que visita un amante, y un día en el pasillo la hija se lo encuentra y oye “Marrana”. Si planteamos la alucinación como un elemento significante arrancado de la cadena, que es escuchado y atribuida su enunciación a otro, tenemos que interrogarnos sobre el pensamiento o el dicho que precede a la alucinación. La joven paranoica le dice a Lacan que justo antes había pensado o dicho “vengo de la charcutería”. Entre la frase y la alucinación hay una ruptura de la cadena hablada, un tiempo de suspenso en la asignación. La enferma se atribuye la frase “vengo de la charcutería” pero imputa al otro haber pronunciado “marrana”, que es escuchada porque aparece en lo Real. La paciente rechaza así su certeza de ser nada más que eso, una marrana, un cuerpo despedazado. Eso que no puede tramitar de ninguna manera en lo simbólico regresa como un significante en lo Real y ajeno a su pensamiento. Esto coincide ya con los desarrollos posteriores de Lacan. 

Veinte años después, año 76, en su seminario 23, El Sinthome, la presentación de enfermos del caso del sr. Primeau le permitirá hablar de la naturaleza parasitaria del lenguaje en el ser hablante, concepción absolutamente novedosa sobre la causalidad de los fenómenos psicopatológicos.

En el capítulo 6 de dicho seminario, llamado “Joyce y las palabras impuestas”, Lacan se apoya en esta entrevista para hacerse la siguiente pregunta: “¿cómo es que todos nosotros no percibimos que las palabras de las que dependemos nos son, de alguna manera, impuestas?”

El paciente había denunciado que sufría de «palabras impuestas» o «emergentes». Estas palabras se inmiscuían en su pensamiento más íntimo, sin que el enfermo pudiese reconocerse como su enunciador. A instancias del intenso interrogatorio de Lacan el sr. Primeau explica: “La palabra impuesta es algo que emerge, que se impone a mi intelecto y que no tiene ningún significado ni sentido habitual. Son frases que emergen, que no han sido pensadas, sino que son como emergencias que expresan lo inconsciente…”. Y continúa: “emergen como si yo fuese, no sé, manipulado» (…) “no sé cómo viene, se impone a mi cerebro. Llega de golpe, por ejemplo ahora: “Usted ha matado al pájaro azul”, “Es un sistema anárquico” (…) frases que no tienen ninguna significación racional en el lenguaje habitual y que se imponen en el cerebro, en el intelecto”. Y además, después de esa frase impuesta aparece una reflexión mía. La secuencia es frase impuesta-frase reflexiva”. Lacan le pide ejemplos y P. especifica que la frase impuesta tiende a encontrar amable y bello a todo el mundo y él responde agresivamente para compensar, en una especie de “recuperación inconsciente”. Otras veces es al revés, emerge una frase agresiva y P. tiende a beatificarlo, a encontrarlo bello y santo.

Al hilo de esta reflexión Lacan describe la palabra como una forma de cáncer que afecta al ser humano, un parásito que es percibido como tal por algunos y no por otros. Es esta una concepción completamente inédita que es clave en la renovación de las tesis del psicoanálisis y la psiquiatría.

Lo que Lacan va a deducir de este caso y del caso de Joyce es que la verdadera naturaleza del trauma es la incidencia de la lengua sobre el ser hablante. El trauma es la lengua en tanto fuera de sentido. Es el lado de real que tiene lo simbólico, cuando está desligado de lo imaginario que lo liga a un sentido. Para cada ser hablante está la lengua como dato primario y está el inconsciente como una estructura que se superpone a este dato primario y que es, dice Lacan, una elucubración de saber sobre la lengua. El inconsciente es la cadena significante y el consecuente efecto de significación. Pero también están los efectos de goce de la lengua, los significantes aislado por fuera del sentido, de los que testimonia este paciente de forma espectacular.

En esta cuestión de las palabras impuestas reconocemos un síntoma propio de la psicosis, denominado por Clérambault, al que Lacan nombraba como su maestro en psiquiatría, fenómeno elemental. Es lo que este autor nombró como síndrome de automatismo mental, que incluye una variedad de fenómenos automáticos que se imponen al sujeto como verdaderos cuerpos extraños que no se comprenden, aparecen como enigmáticos y generan perplejidad. Para Clérambault se caracterizan por ser inicialmente neutros, sin tonalidad afectiva y atemáticos. 

La centralidad de las alteraciones del lenguaje en la psicosis es conocida desde antiguo. La cuestión crucial será determinar qué es lo que hace que llamemos trastorno del lenguaje a determinada producción del sujeto. Cléarambault mismo concluye que no es la rareza de las ideas lo que las hace considerarlas así sino la relación que el sujeto tiene con ellas, el hecho de percibirlas como ajenas. 

Las alucinaciones verbales son la forma más característica de fenómeno elemental. En su texto “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” Lacan entraba en el debate histórico con el psiquiatra Henry Ey sobre las llamadas alucinaciones auditivas, que se llamaban así por la idea de que se escuchaban en el oído, como viniendo desde fuera. Para Henry Ey en las llamadas alucinaciones auditivas un objeto irreal es percibido y creído como tal. 

Jacques Lacan se separa de esta tradición y ya en su Seminario 3 hace un brevísimo pero curioso comentario sobre este tema en referencia a Jules Séglas : «Por una especie de proeza al inicio de su carrera [Séglas] hizo notar que las alucinaciones verbales se producían en personas en las que podía percibirse, por signos muy evidentes en algunos casos, y en otros mirándolos con un poco más de atención, que ellos mismos estaban articulando, sabiéndolo o no, o no queriendo saberlo, las palabras que acusaban a las voces de haber pronunciado. Percatarse de que la alucinación auditiva no tenía su fuente en el exterior, fue una pequeña revolución.» Se trata de las llamadas “voces internas”, que llevan a los enfermos a hablar de posesión, hechizo, sugestión o influencia.

La noción de fenómeno elemental fue construida por Lacan en referencia a la cuestión de la alucinación verbal, como un tipo particular de la relación con la propia enunciación. La estructura de las alucinaciones es la base de la cual deriva la estructura del sujeto del inconsciente como una variante. La noción de estructura en Lacan es la estructura del significante. En la psicosis el sujeto se sitúa en posición de exterioridad frente al lenguaje.

Lacan se desmarca de la idea de la psiquiatría clásica de la percepción sin objeto sosteniendo que el lenguaje constituye y determina el hecho perceptivo. Va más allá: la cadena significante puede imponerse por si misma al sujeto en su dimensión de voz sin necesidad de que intervenga ningún órgano sensorial, como muestran las alucinaciones auditivas que padecen algunos sordos psicóticos. Y más claro aún cuando tenemos un sujeto con alucinaciones psicomotrices verbales donde él mismo musita palabras que atribuye a otro. 

La cuestión central para el pronóstico va a ser la relación que el sujeto establezca con estos fenómenos elementales, que puede ir desde mantener una distancia saludable con ellos, en el caso de una psicosis anudada, hasta la certeza delirante de su significación en la paranoia, pasando por la perplejidad en el polo xenopático, o vale decir, esquizofrénico

Más allá de la forma que tome el fenómeno elemental está el impacto que tiene en el sujeto la aparición de las palabras. Por otra parte hay que valorar la posible función reparadora que esos trastornos del lenguaje tienen en la economía de la psicosis, es decir en el trabajo reconstructivo que el sujeto realiza: si hay creación de un delirio o por el contrario son causa de atomización y disgregación en un sujeto cuya capacidad asociativa queda mermada.

El testimonio del señor P. permite revelar el carácter parasitario de la palabra en el ser hablante. Ahora bien, hay que destacar que el saber hacer de Joyce respecto de la palabra que se impone marca una diferencia con P. A pesar de que el paciente de la presentación hace sus juegos con las palabras se evidencia una sensación de inermidad ante lo que se le impone, a diferencia de Joyce, cuyo arte en consistía en destrozar, descomponer esa palabra hasta el punto que termina disolviendo el lenguaje mismo. Dirá Lacan en el seminario 23 que no sabemos si con esa escritura Joyce intenta descomponer las palabras que se le imponen para librarse de ese parásito o por el contrario se deja invadir por su polifonía, y considerará que ese manejo peculiar del lenguaje es una invención que Joyce fabricó sin necesidad de un análisis, y que le sirve para reparar un fallo en el anudamiento. Es gracias a esto que Joyce no presenta una psicosis clínica a diferencia del sr. Primeau de la presentación de enfermos.

En un nuevo modo de pensar la psicosis y la normalidad, Lacan propone que es sólo porque algo se añade que hace las veces de cuarto nudo que no estamos locos y no escuchamos nuestra voz interior. 

Lo original de la propuesta lacaniana es el abordaje de los fenómenos elementales desde la perspectiva del lenguaje. Para Clérambault era un automatismo orgánico que producía la descomposición del yo; para Lacan es la falta de un yo unificado la que permite que la estructura del lenguaje aparezca a cielo abierto, que las palabras aparezcan vacías de significación, como carcasas desnudas que sin embargo conciernen al sujeto.

En realidad lo que Lacan hace es poner en valor la perspectiva freudiana de ser humano como capturado y torturado por el lenguaje. Freud no se limita a dar al lenguaje un valor de liberación de las emociones. No toma tampoco el lenguaje como un simple instrumento destinado a la comunicación con el semejante. Al contrario, el lenguaje tiene también una dimensión de ocultamiento, de velo, donde lo que se dice está sometido a un no saber en el que se cifra el deseo del sujeto. Esta es la estructura de las formaciones del inconsciente.

Todo aquello de lalengua primaria del sujeto que el lenguaje significativo no logra capturar reaparece en forma de alucinaciones verbales en la estructura psicótica o a síntomas que pueden estar enmarcados en un fantasma en la neurosis, pero finalmente todos deliramos sobre aquellas palabras que tocaron nuestro cuerpo por fuera del sentido.

El lenguaje es un medio que nos precede: digamos que la frase ya estaba empezada cuando llegamos, la empieza el Otro, que tampoco sabe lo que dice. Estas palabras que nos preceden impactan en el cuerpo y producen marcas de goce, que, cuando son sobredeterminas por el lenguaje ordenado por el Uno fálico, quedan como jeroglíficos, blasones y laberintos neuróticos. Cuando no es así, quedan como significantes sueltos, no anudados, que juegan su partida solos. 

Todo lo que Freud dice sobre la fijación, Lacan dirá que es a causa de lalengua. Lalengua es causa de goce, que es el efecto traumático del encuentro del lenguaje sobre el cuerpo. Y con eso cada cual se las tiene que arreglar. En cierto modo todos tenemos que localizar en nuestro análisis personal cual es nuestro “fenómeno elemental”, cual es el resorte de la estructura que subyace cual elemento primario a todos los síntomas como los detalles de la imbricación de las nervaduras de una hoja se reproducen en todas las estructuras de una planta.

APOSTAR POR LA VIDA

Las medidas globales tomadas contra el COVID 19 han logrado lo que no habían logrado las guerras, los éxodos masivos, las hambrunas, ni la emergencia climática: hemos tenido que parar y tomar conciencia de nuestra propia fragilidad, al tiempo que los gobiernos se ven empujados a tomar medidas que atentan contra un sistema económico que parecía indestructible. 

Este sistema de vida, ahora amenazado por las medidas que obligan a detener la actividad es el organizado a partir del discurso capitalista tal como lo caracteriza Lacan. Un discurso que rechaza la falta que nos hace humanos obturándola con la producción incesante de objetos, que obvia algo tan consustancial al ser hablante como que para hacer lazo con el otro es forzoso sufrir una pérdida.

Lacan utiliza el apólogo de la bolsa o la vida: para elegir la vida hay que asumir que se trata de una vida sin bolsa, una vida con una pérdida. El vicegobernador de Texas diga que prefiere arriesgar las vidas de los mayores, incluyéndolo a él, con tal de preservar la economía. Dice “creo que hay muchos abuelos que coincidirían conmigo en que quiero que mis nietos vivan en el Estados Unidos en el que yo viví (…) Quiero que tengan una oportunidad de [alcanzar] el sueño estadounidense» [1].

Varios mandatarios internacionales se adhieren a esta idea de que hay que pensar en la economía antes que en las vidas de las personas porque si la economía se hunde el coste va a ser mayor. Es un cálculo utilitarista que elude algo fundamental: el sistema económico que supuestamente hay que salvar es un sistema gravemente enfermo que produce, entre otros males, una relación adictiva con todas las posibles fuentes de placer (comida, sexo, deporte, trabajo, juegos…), aislamiento y ruptura del lazo social (cada uno solo con sus objetos), ante la incertidumbre vital, el refugio en las identidades que promueven el odio al otro, destrucción del medio ambiente y un largo etcétera.

No me adhiero a los que piensan con sentido religioso que esto nos ha llegado como un castigo porque nos hemos excedido con el maltrato al medioambiente, pero cuando leo que en Estados Unidos una gran parte de la población se está armando para defenderse de sus congéneres en caso de escasez de víveres a causa de la pandemia, me parece que el fin del mundo llega cuando el “cada uno contra todos” se impone.

Este real que como un relámpago desbarata todas las certezas en las que nos sosteníamos puede aportarnos algo de luz para comprender que no dejamos ni dejaremos de estar enfrentados a contingencias inesperadas, que nuestra vida es indefectiblemente frágil, y que las respuestas individuales no sirven. Es preciso concluir que necesitamos detener la loca carrera de destrucción e insolidaridad en la que estamos embarcados. De esto no nos salvamos si no es todos juntos. Es una cuestión de supervivencia. Los seres hablantes han sobrevivido como especie en tanto han sido capaces de cooperar, trasmitirse información y medios entre ellos y avanzar juntos. Promover la solidaridad es estar a favor de la vida.

Podemos pensar que todo va a seguir igual después de esta crisis o apostar a que hay un antes y un después. Apostar a que es posible vivir de otra forma, que el crecimiento ilimitado lleva a la muerte de las personas y destruye lo que hace que la vida merezca la pena y reconocer que nos estamos enfermando gravemente como sociedad.

Hay que reintroducir la capacidad de perder para poder ganar una vida más vivible. Y es en esto que el psicoanálisis puede ayudar. Es la oportunidad que nos brinda esta crisis sin precedentes.


[1] https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52043274

ESCRIBIR EN EL CUERPO: NOTAS PSICOANALÍTICAS SOBRE LA PRÁCTICA DEL CUTTING

Entre la variedad de síntomas de los adolescentes contemporáneos uno resulta especialmente conmovedor por su espectacularidad y el carácter epidémico que está alcanzando: son los cortes y escarificaciones en el cuerpo. 

¿Qué lleva a un sujeto, generalmente mujeres, a veces muy jóvenes, a intervenir de esa forma sobre su cuerpo? Es preciso remitirnos a la función singular que tiene en cada caso esta práctica. Sin embargo desde el psicoanálisis de orientación lacaniana podemos hacer una primera hipótesis: cortarse es un modo de extraer del cuerpo un goce que resulta insoportable. El término goce remite en este caso a la cara oscura de la pulsión cuando no ha podido ser regulada por lo simbólico, anudada a una falta y transformada en deseo. Se trata entonces de una experiencia del sin límite, un “demasiado lleno” que produce un desbordamiento y los cortes servirían aquí a modo de “drenaje” de esa inundación de goce insoportable.

Este tipo de fenómenos, como también las anorexias y bulimias, adicciones y otros síntomas contemporáneos se diferencian muy claramente de los síntomas clásicos con los que se inventó el psicoanálisis. En el síntoma clásico hay una represión de un impulso pulsional que entra en conflicto con los ideales y el sujeto “hace” un síntoma que es una formación de compromiso porque hay una satisfacción de la pulsión pero se siente como sufrimiento: es lo que llamamos el goce del síntoma, pero en este caso se trata de un goce localizado. El síntoma así tomado es un condensador de goce y sirve como anudamiento de los tres registros de la subjetividad : lo real del goce, lo simbólico que introduce la falta y lo imaginario del cuerpo. 

Hoy nos encontramos con que el síntoma, esa pieza fundamental que expresa lo que no anda bien es cada vez mas difícil de producir. Es decir, cada vez es más difícil encontrar algo que anude los tres registros: que enganche lo que sucede en el cuerpo con el pensamiento y la palabra. Esta dificultad tiene que ver con el declive de lo que en psicoanálisis se nombra como función paterna: la instancia psíquica encargada de producir la falta, de separar al sujeto de su goce corporal bruto. Esta función significa que algo se pierde y, en el mejor de los casos, el malestar se expresa en síntomas de los que el sujeto puede decir algo, interpretarlos y darles un sentido en relación a sus coordenadas familiares, sus experiencias etc.

El malestar que recibimos hoy en las consultas no es tanto signo de una falta de goce sino el efecto del exceso de goce deslocalizado en los cuerpos.  El ideal ya no es un ideal de renuncia y sacrificio como unas décadas atrás, sino más bien un sujeto satisfecho y feliz, que goce sin límites, y eso ha producido una mutación subjetiva que se percibe de forma muy aguda en el sufrimiento de los adolescentes.

Para vivir en sociedad hay que perder algo, hacerse adulto implica renunciar al «todo» para poder acceder a la parte que a cada uno le está permitida. Los ritos de pasaje de muchas sociedades primitivas implicaban marcas y escarificaciones en el cuerpo, una cierta escritura de ese pasaje por la pérdida y el renacimiento a un nuevo lugar en el grupo social. Las condiciones del capitalismo extremo actual, cuya propuesta única es consumir todo en exceso, dificultan acceder al sentido introducido por la localización de una pérdida en el cuerpo. Como consecuencia los adolescentes contemporáneos se entregan a prácticas variadas sobre la imagen de su cuerpo, donde se trata de regular el goce propio sin articularlo a una falta simbólica como era la solución «clásica».

Estas prácticas sobre el cuerpo (anorexias y bulimias, adicciones, violencias, cortes y escarificaciones…) han existido desde siempre. Lo nuevo es la dimensión epidémica que toman en este momento. Como nuevo también es que el lazo entre los adolescentes se haga con arreglo a estos fenómenos mas que en torno a las creencias e ideales. Aunque alarmen sobremanera a los adultos a menudo no hacen sufrir al sujeto sino que más bien se convierten en modos de vida, dando lugar a multitud de intercambios de consejos y experiencias en las redes.

Los cortes en la piel son en general señalados como una solución a la angustia extrema y fuera de control. En mi experiencia clínica es casi siempre vivido como un mecanismo de descompresión en situaciones de desbordamiento que tiene una función de alivio. Esta función calmante es sin embargo muy limitada en el tiempo, por lo que llama a una repetición. Es una muestra de la falta de otros recursos simbólicos de mayor alcance para tramitar un malestar intenso que invade el cuerpo. Se puede decir que se recurre a escribir sobre el cuerpo de este modo lo que no puede decirse de otra manera mejor.

Las situaciones que pueden desencadenar los cortes van desde conflictos con el otro (problemas familiares, ser víctima de acoso o de rechazo, sentirse solo, abandonado o desamparado) a la necesidad de aliviarse de un sentimiento de insuficiencia o de culpa que resulta insoportable.

En otros casos el corte parece tener la función de extraer al sujeto de un estado de despersonalización o pérdida del sentido de su vida o de sus pensamientos. Ahí el corte restablece un cierto ordenamiento y unificación de la experiencia haciendo de borde que impide el estallido del sentido.

Hay que decir que no hay una correspondencia entre lo espectacular del fenómeno y la gravedad de la situación del sujeto. A veces se trata de sujetos muy dañados y otras veces no es así. En contra de la primera impresión, en general los cortes no se presentan como una autoagresión sino todo lo contrario: son un intento de aliviar el sufrimiento. En general se trata de cortes superficiales en los brazos, piernas y/o abdomen, que no suelen darse a ver. No suelen tener el sentido de una llamada al otro ya que en la mayoría de los casos se mantienen en secreto, incluso con un sentimiento de vergüenza. 

Si bien es una práctica que en general se realiza en privado, lo cierto es que existe también la dimensión del “contagio”, del recurrir a ella porque se sabe que otras lo hacen y les funciona.  Digo otras porque en general la proporción de mujeres frente a varones es apabullante, al igual que sucede con la anorexia.

De hecho, podemos considerar que hay en la práctica del cutting  cierta dimensión común con la anorexia, en tanto en ambos casos se trata de patologías del exceso que tienen en común la experiencia de lo ilimitado, de la pérdida del control y la implementación de una práctica corporal que intenta restaurar ese control convirtiéndose de nuevo en una experiencia del sin límite (no poder parar de cortarse cada vez, al modo de una adicción o dejar de comer sin medida hasta poner la vida en peligro). 

En el psicoanálisis orientado por la enseñanza de Lacan el goce sin límites, el que no puede ser medido ni cuantificado es nombrado como goce femenino, para diferenciarlo del goce fálico, caracterizado por el límite que impone el propio órgano masculino. El hecho de que sean mujeres la mayoría de las adolescentes que usan el corte o la anorexia como mecanismos reguladores de un goce puede ponerse en relación con la mayor dificultad que experimentan los seres hablantes que se sitúan del lado femenino de la sexuación  para inscribir su goce en el registro fálico que introduce el límite.

En la época contemporánea hay para todos un debilitamiento de la función paterna y, en consecuencia, del anclaje al sentido fálico (véase la fuerte objeción al binarismo sexual que hoy presentan tantos jóvenes). Parece lógico pensar que en esta caída de la función paterna las mujeres están más afectadas por el efecto del desanclaje fálico, lo que explicría su mayor propensión a presentar este tipo de soluciones sintomáticas.

El psicoanálisis orientado por la última enseñanza de Lacan y sus imprescindibles avances sobre el goce por fuera del sentido es una herramienta idónea para tratar el malestar que se manifiesta en estos fenómenos que no llaman a una interpretación en el sentido clásico.

No se trata aquí de interpretar los síntomas sino de hacerse el partenaire del sujeto para escuchar la función que  tienen estos actos en cada caso y acompañar la búsqueda de soluciones singulares. Se impone una práctica no estandarizada en la que encontrar la forma de articularse a un deseo propio. Hay que poder consentir a perder algo para ganar una brújula particular que sirva de orientación en la vida.

EL PSICOANÁLISIS Y LAS SALIDAS DE LA ADOLESCENCIA


En nuestras sociedades posmodernas la edad de trabajar, dejar el hogar familiar y formar una familia es cada vez más mas tardía. Es innegable la incidencia de factores socioeconómicos, pero encontramos también ciertas dificultades en la características de la subjetividad de esta época que complican el tránsito a la adultez.

Lo que caracteriza a la adolescencia es ser un momento de separación de la familia y de asunción de una identidad propia. La sexualidad que emerge, y que no puede ser satisfecha en el seno de la familia, es el motor de la separación de los padres que, en palabras de Freud es una de las experiencias más dolorosas que debe realizar un ser humano en su vida. En esta etapa de la vida algo tiene que morir para dar lugar a algo nuevo. Hay que hacer un duelo por aquel que uno era para los padres en la infancia y lo nueva identidad que tiene que surgir no está garantizada por las hormonas. 

Los cambios hormonales dan lugar a los cambios de la pubertad, pero eso no es lo mismo que la adolescencia, concepto no existe hasta el siglo XIX. Antes se pasaba de ser niño a ser un joven adulto. Y en las sociedades antiguas ciertos ritos de pasaje sancionaban simbólicamente este pasaje con una especie de metáfora que implicaba pérdida, muerte y renacimiento.

La escucha psicoanalítica muestra que el ser humano tiene siempre que apropiarse simbólicamente de los procesos que ocurren en su organismo para poder manejarse con su cuerpo y su mente. La adolescencia sería el tiempo que lleva encontrar la forma de metaforizar con símbolos e imágenes lo real de los cambios en el cuerpo que ocurren en la pubertad. Es el tiempo de anudar el cuerpo, la propia imagen y los ideales que sostienen la propia vida: en qué quiere uno emplearla y qué tipo de hombre o mujer se va a ser.

En ese proceso a menudo algo de la emergencia del nuevo cuerpo sexuado se revela como difícil de traducir o metaforizar, y aparecen entonces la angustia o los síntomas. El difícil proceso de construir una identidad propia da lugar a una serie de impasses entre querer ser independientes y a la vez añorar la seguridad que da la dependencia infantil. Es una época de grandes reajustes subjetivos, donde los padres van dejando de ser la referencia inevitable. Las figuras de referencia van a ser sus amigos y compañeros, y otras figuras fuera de la familia.  Los padres tienen que saber perder ese lugar que antes ocupaban para el hijo cuando este era un niño, lo cual no siempre es sencillo.

Es un momento de crisis porque por momentos las identificaciones que sostienen al adolescente no son lo bastante fuertes  y las pulsiones ocupan la escena, produciéndose pasajes al acto (violencia, pequeños delitos, conductas de riesgo…). 

El psicoanalista Alexandre Stevens que dice que la adolescencia se presenta para el adolescente como “la edad de todos los posibles”, cuando en realidad la adolescencia se trata del encuentro con un imposible: la ausencia de un saber o respuesta preestablecida a la cuestión de la sexualidad. El ser humano carece del instinto de los animales y por eso no sabe cómo comportarse en lo referente al sexo. Detrás de un adolescente deprimido o violento, a menudo lo que hay es una dificultad para enfrentar la cuestión de su ser hombre o ser mujer, pero hace falta una escucha específica para localizar esto y encontrar una buena salida.

La rebeldía adolescente siempre ha tenido su lugar pero, en tiempos de predominio de la autoridad representada por el padre, era un deseo de rebelión contra el padre, una rebeldía orientada. En el movimiento de separarse de la familia el joven podía encontrar figuras sustitutas porque la cultura ofrecía identificaciones simbólicas fuertes como lo eran los ideales o las grandes figuras del saber en cada época. Hoy para la mayoría de los adolescentes, el saber lo ostenta Google, denotando una confusión entre el saber encarnado y la información anónima, que no orienta demasiado. Para colmo, el ideal orientador que antes constituía ser un adulto se ha tornado en el ideal social de ser joven. 

El adolescente de hoy a menudo se rebela sin orientación, esclavo de sus propias pulsiones y no guiado por la rebelión contra una autoridad  que, en buena medida, ya ha caído. En el paso de un sistema patriarcal a un mundo “líquido” sin puntos de referencia sólidos, ¿cómo se orientan los adolescentes? ¿En qué se apoyan para efectuar la separación de los padres? 

En la infancia, frente al empuje pulsional, son los padres los que ponen límites. El adolescente tiene que encontrar un modo propio de poner un límite al malestar difuso que por momentos puede invadir su cuerpo. Para ello los adolescentes de hoy se sirven de sus síntomas, que son síntomas nuevos, bastante diferentes a los de hace unas décadas (cortes en el cuerpo, fobias sociales y escolares, adicciones varias, trastornos de la alimentación, bulliyng…). De ellos hablaremos en otro post.

Querría aquí centrarme en la siguiente idea: sabemos cuando se entra en la adolescencia, que es cuando se da el desarrollo puberal, la emergencia siempre algo traumática de la sexualidad adulta que obliga a tomar una posición como ser sexuado. Cuándo y cómo se sale de la adolescencia, sin embargo es más incierto. Desde una lectura psicoanalítica podemos pensar que el tránsito de la adolescencia puede darse por concluido como momento lógico (no cronológico) cuando el sujeto ha podido construirse un ideal que le da una estabilidad en la vida, cuando cuenta con un lugar firme desde el que mirarse y verse a si mismo digno de ser apreciado por el Otro, a diferencia de los momentos en que un adolescente en dificultades puede verse a si mismo más del lado del objeto de desecho. 

Cuando un sujeto encuentra algo que da sentido a su vida es porque conecta con algo de su singularidad. Los adolescentes pasan mucho tiempo sin hacer nada, aparentemente perdiendo el tiempo. Sin embargo esa improductividad a veces esconde todo un trabajo inconsciente en el que el sujeto adolescente busca la manera de que algo de su “rareza”, de la singularidad que lo distingue de los otros, pueda ser reconocida por el Otro, pueda hacerse un lugar que no sea el de ser “another brick in the wall”, que no sea uniformizarse y ser una pieza de la maquinaria infernal que puede ser lo social. Entonces, salir de la adolescencia sería poder esbozar una idea de si mismo y de lo que lo hace único entre otros susceptible de ser aceptada por el Otro social, que le permita sostenerse en el mundo y vislumbrar un futuro posible para sí.

El psicoanálisis puede ser de gran ayuda en esta fase porque analizarse consiste en traducir la propia vida en palabras comprensibles, lo cual permite cernir un pequeño resto que no puede ser traducido con el que hay que encontrar la forma de arreglárselas. En una experiencia psicoanalítica el adolescente puede traducir en palabras lo que le pasó, lo que le ocurre en su vida, sin que quede todo como un malestar inefable y destructivo, descubrir sus propios recursos e inventar una forma singular de habitar su mundo.

PSICOANALISIS Y CRIMINOLOGÍA: SOBRE LA RESPONSABILIDAD SUBJETIVA


El paradigma cientificista que impera hoy en la psicología y la psiquiatría reduce la complejidad de lo humano a una conducta, que se supone determinada por la genética, la bioquímica o los patrones de comportamiento aprendidos.

En su texto de 1950 “Introducción a las funciones del psicoanálisis en criminología”, incluido en sus “Escritos”, Lacan denunciaba que tanto el derecho penal como la criminología derivaban cada vez más hacia una concepción sanitaria que basa en la psiquiatría y sus categorías nosológicas la determinación de la responsabilidad de los sujetos que delinquen hacia sus actos. En esta línea va la tendencia actual de dejar el juicio en manos de peritos “expertos” que determinan si el sujeto es o no responsable de su acto. Se desdibuja así la noción de responsabilidad que ahora se refiere a normas médicas y no tanto jurídicas.

Este paradigma elude el problema de la libertad y la responsabilidad humana. Elude el problema fundamental de la causa de los comportamientos. Desde el  psicoanálisis no cabe la ingenuidad de creer en la libertad total porque ningún ser humano es una página en blanco sino que está constituido por unas marcas fundamentales que lo constituyen: el deseo del que es producto, los significantes fundamentales que lo precedieron y lo acompañaron en su infancia, sus experiencias infantiles y adolescentes… pero no hay ningún determinismo en esto. Entre todas estas marcas y el acto de un sujeto, está el factor fundamental al que debemos apuntar siempre: la posición subjetiva. Esta es la razón por la que Lacan defiende que el psicoanálisis es ante todo una experiencia ética, y que está hecha para sujetos que se toman en serio su existencia y quieren hacerse las preguntas necesarias para orientarse sobre su posición subjetiva, es decir, sobre su implicación en el sufrimiento que los aqueja. 

Lacan en esto, es tajante, enunciando: “de nuestra posición de sujetos somos siempre responsables”.

A diferencia de la psiquiatría y de otras orientaciones de la psicología, el psicoanálisis de orientación lacaniana no opera con clasificaciones. Tanto en los casos de delito como en los tratamientos, no se trata de encasillar a los sujetos dentro de una categoría diagnóstica sino de llevarlos a tomar una posición de responsabilidad frente a sus actos

El psicoanálisis nos enseña que, finalmente, en la vida uno sigue un guión escrito del que desconoce la mayor parte y que con frecuencia nos lleva a sufrir en exceso. La ilusión cartesiana de la plena conciencia de uno mismo como guía es desmontada por la experiencia del análisis. En la modernidad, una vez caídas la religión y las grandes figuras de la Ley y la prohibición, responsables supuestas de la falta de libertad en otros tiempos, y aparecido simultáneamente el concepto de lo inconsciente gracias al psicoanálisis, hubiéramos deseado ver emerger una subjetividad que se hace cargo que su responsabilidad. Un movimiento hacia la mayoría de edad de la humanidad habría incluido la responsabilidad por el propio inconsciente . En lugar de eso, lo que constatamos es un movimiento doble hacia la infantilización y hacia la victimización. Lo que encontramos en la hipermodernidad es el individuo sin palabras y sin responsabilidad hacia su sufrimiento íntimo. La extensión del psicoanálisis ha tenido algo que ver en esta tendencia en tanto entró en la cultura de masas proveyendo de un plantel de disculpas para cada sujeto: mi infancia desgraciada, mi padre maltratador, mi madre que me abandonó… Las coordenadas de mi infancia marcan lo que soy y hago, un nuevo determinismo. Es la lectura errónea que puede hacerse del descubrimiento freudiano.

El psicoanálisis rompe con la idea de inocencia de la víctima. No se trata de desconocer el sufrimiento que implica una situación de violencia como la que puede sufrir una mujer maltratada, pero nos orientamos mejor si en lugar de compadecer, adoptamos una posición en cierto modo “inhumana”: la de buscar la posición del sujeto frente a su sufrimiento y llevarlo a responsabilizarse de dicha posición para poder situarse mejor. 

Lacan llamó gocea esta fuerza interior que empuja a cada sujeto a repetir comportamientos que constituyen una satisfacción paradójica que no está del lado del placer sino del sufrimiento y que está en la base de los síntomas, lo que hace que erradicarlos no sea una tarea tan sencilla como querríamos.

Para el psicoanálisis, es la responsabilidad por los propios actos la que hace a la condición humana. El paso de la naturaleza a la cultura está representado por el pacto social que impone a cada uno la renuncia a una parte de las pulsiones que es incompatible con la vida en sociedad. Ante esa ley cada uno se sitúa a su manera y no hay castigo eficaz para la rehabilitación y la reinserción social si no viene precedido por la asunción de la responsabilidad subjetiva por el acto. Si un sujeto no logra integrar en su propia historia el acto cometido, hacerse cargo de su responsabilidad, que no es lo mismo que su culpabilidad, no hay posibilidad de redención ni reinserción. Se necesita un asentimiento subjetivo al castigo para que este sea efectivo

El psicoanálisis empieza siempre por la operación de rectificación subjetiva. Ningún sujeto puede curarse simplemente por el deseo de quitarse de encima el malestar que lo hace sufrir. Es necesario que lo tome como algo que le concierne íntimamente aunque no sepa exactamente en que consiste esa implicación.

Un juez tiene la potestad de des-responsabilizar a un sujeto de sus actos, declararlo inimputable, y quizá esto pueda tener su sentido en ciertos casos. Pero como psicoanalistas podemos afirmar que negar a cualquiera la posibilidad de hacerse cargo de las consecuencias de sus actos equivale a expulsarlo de la comunidad humana. Poner a alguien en posición de irresponsable equivale a deshumanizarlo y en ocasiones condenarlo a la peor autopunición sin posibilidad de apelar a un orden simbólico que lo ampare. No es precisamente una posición humanitaria sino lo todo lo contrario, a punto tal que sostenemos que existe el derecho a ser castigado.

Finalmente, lo que tienen en común los jueces y los psicoanalistas es que carecen de la fórmula universal y no tienen más remedio que enfrentarse a cada uno de sus casos con la perspectiva del uno por uno.

Freud dejó dicho que consideraba que había tres profesiones imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar, es decir, curar a los pacientes. Son imposibles en el sentido de que no logran su objetivo completamente, queda un resto, porque la pulsión no es completamente dominable. Para el psicoanálisis el reconocimiento de ese resto lo lleva a abandonar el objetivo de dominar las pulsiones y adquirir en cambio una dimensión ética: dejar en manos del sujeto la decisión de qué destino darle a lo que ha aprendido sobre si mismo en un análisis. Se trata en psicoanálisis no de una ética del bien, como la kantiana, sino de una ética del mal que habita en cada uno de nosotros.

QUÉ ES EL SUPERYO: CONCIENCIA MORAL Y ALGO MÁS.

Freud en su libro “El malestar en la cultura”  va a desarrollar la idea de que el control de las pulsiones promovido por la civilización va en detrimento de las posibilidades de felicidad debido a la renuncia que exige a los sujetos. Pero además, en este libro extraordinario Freud desarrolla su concepto de superyo, decisivo para pensar el enigma de la relación del sujeto con la ley y el nacimiento de la conciencia moral. Freud concluye que los seres humanos no tienen una disposición innata a socializarse, y que el hecho de que un niño consienta a domesticar sus pulsiones autoeróticas y la agresividad con sus semejantes tiene su origen en el miedo a perder el amor de sus padres. La criatura humana es tremendamente dependiente durante muchos años de su vida y el miedo al desamparo primitivo, que es quizá el terror más primario e imposible de erradicar, es la raíz de la sumisión a la ley.

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PSICOANÁLISIS Y DERECHO: LA RELACIÓN CON LA LEY

Los jueces y los psicoanalistas se ocupan, desde lugares distintos, de lo que no marcha en la civilización. Las leyes, las costumbres, los ideales y valores educativos… son las invenciones que a lo largo de la historia el ser humano ha producido en su intento de que las cosas marchen, de que sea posible vivir bien y ser felices. 

En lo concerniente a la búsqueda de la felicidad de la que trata la mayor parte de los sistemas filosóficos, Freud trae una mala noticia: no hay posibilidad de erradicar el malestar humano. “El malestar en la cultura”, ese libro fabuloso que quizá sea el más recomendable para empezar a leer a Freud, dice que el malestar es estructural. La felicidad es un ideal imposible de alcanzar para el ser humano dada la materia de la que está hecho, que no es únicamente la materia de las ideas, sino que está también el cuerpo y sus pulsiones…

El psicoanálisis, además de una teoría sobre la naturaleza humana y una forma de tratamiento del sufrimiento psíquico, es también un poderoso instrumento para leer los fenómenos de la civilización y pertenece a su vocación participar de los grandes debates sobre los problemas a los que nos enfrentamos los seres humanos en cada época. Lo hace desde un lugar peculiar porque no entra en la dinámica del problema-solución al que tan aficionada es la subjetividad contemporánea que difícilmente tolera las aporías y contradicciones de lo humano. Las grandes preguntas sobre el origen del mal, la conciencia moral o la culpabilidad, que atraviesan tanto al psicoanálisis como al derecho, cuadran mal en nuestra época, que cree tener la solución para todo con la ciencia y la educación y, por qué no decirlo, con las normas, que quizá es una de las formas que toma la ley en la época contemporánea. Las normas proliferan, hay normas para todo, quizá como correlato de la dificultad creciente de la ley con mayúsculas para regular y poner límite a los impulsos asociales. Sin embargo, pese al empuje creciente de la ciencia, la educación y las normas, el sufrimiento psíquico, el malestar social, no parecen disminuir: los antidepresivos y ansiolíticos se demandan cada vez más, una gran parte de los niños toma medicación, y hay una sensación impotencia de las leyes para frenar fenómenos como la violencia dentro y fuera de la familia.

El ser humano es para el psicoanálisis como un animal enfermo porque no tiene instinto que lo guíe, dado que por su condición de hablante ha perdido la plenitud mítica que le presuponemos al resto de los seres vivos. Por eso constatamos que no hay seres humanos sin síntomas, sin inhibiciones, sin angustia…sin malestar.  La hipótesis de Lacan siguiendo a Freud es que hay una pérdida producida por la entrada en el lenguaje. Hay un límite a la satisfacción que podemos obtener, que es lo que en psicoanálisis llamamos la castración. No se puede alcanzar la satisfacción completa, el buen ajuste con la pareja, con nuestro propio cuerpo, con los objetos de satisfacción, con los otros que nos rodean. Todo eso está perdido para los seres sujetos al lenguaje que somos. La desgracia es que el lenguaje nos permite imaginar que sí podríamos alcanzar el “todo” si no fuera por el otro, por ejemplo, que podría enseñarnos más, darnos más amor, comprendernos mejor… y de ahí buena parte de nuestro malestar, porque el sujeto humano tiende a sentirse estafado, a sentirse una víctima.

La ley para el psicoanálisis es la ley de la castración: es la condición que dicta que nadie puede acceder a la satisfacción completa sino que cada uno, guiado por una pérdida originaria que toma distinta forma en cada uno, puede acceder a unas coordenadas singulares que orienten su deseo. El deseo es un concepto central en psicoanálisis, que es por definición de carácter inconsciente y singular, es diferente para cada persona. Quiere esto decir, y esto es algo muy importante y que solo el psicoanálisis sostiene, que el bien para cada uno no es el mismo. Es decir, que cuando como terapeutas buscamos el bien del paciente nos desorientamos. No porque esté mal desear el bien del otro, sino porque no es posible saber a priori cual es el bien para todos. La ley es universal pero cada uno la subjetiva a su manera. Por eso en psicoanálisis trabajamos siguiendo el axioma del caso por caso, no hay recetas para todos. La clave no es la conducta, que puede ser igual, sino la posición del sujeto, por ejemplo, para qué le sirve esa conducta.

Hay sujetos que se pliegan totalmente a la ley, que se sacrifican exageradamente para hacer existir un orden que solo está en su ideal, hay el que transgrede la ley a medias, el que no la reconoce o el que elige existir al margen de esa ley. Esa elección que cada sujeto hace respecto a su relación con la ley constituye el concepto fundamental que encontramos en el cruce entre psicoanálisis y derecho: la responsabilidad subjetiva, del que hablaremos en otro post. Cuando alguien transgrede la ley se sitúa por fuera de ella pero no siempre desde la misma posición subjetiva.

El sujeto humano está siempre en conflicto con la ley porque esta introduce un límite. La parte de las pulsiones que entra en conflicto con la ley es sometida al mecanismo de la represión. Pero no se trata de un mecanismo totalmente eficaz y aquello que es reprimido no por ello desaparece sino que puede retornar. Queda en lo que llamamos el inconsciente, pugnando por salir y expresarse de distintos modos.

Freud descubre que el contenido latente de la mayoría de los sueños está hecho de la realización de deseos inmorales. Todos los sueños son fundamentalmente sueños de transgresión. Uno sueña siempre, según Freud, en contra del derecho. El núcleo del sueño es una trasgresión de la Ley y sus contenidos son de egoísmo, de sadismo, de crueldad, de perversión, de incesto. Se sueña contra la Ley. En la formulación de Freud los soñadores son criminales enmascarados. Paradójicamente, por inhumano que pueda parecer, dirá el psicoanalista Jacques-Alain Miller, nada es más humano que el crimen. El crimen dice algo de lo más íntimo de la naturaleza humana: el conflicto con la ley.

La pulsión, concepto central del psicoanálisis, es el impulso resultante de la mordedura del lenguaje sobre el sujeto humano. Los animales tienen instintos que los llevan a su bien o el de la especie, y que tienen un objeto predeterminado e indubitable. Los humanos en cambio, tenemos pulsiones, que se caracterizan por un empuje que  no siempre coincide con el bien del sujeto y de la especie, y cuyo objeto es mucho más variable, además de inconsciente, correspondiendo a las profundidades del gusto de cada cual.

Lo que Freud va a descubrir es que la pulsión tiene un lado oscuro que nunca se deja dominar completamente al que denominó la pulsión de muerte, que no es educable ni domesticable y su particularidad más singular es que se satisface sí o sí más allá del bien del sujeto y de su voluntad consciente. Esto constituye un escándalo para la razón, pero el psicoanálisis lo verifica con cada persona que se acerca a hablar de lo que le sucede. Lacan llamó goce a esta fuerza interior que empuja a cada sujeto a repetir comportamientos que constituyen una satisfacción paradójica. Una satisfacción que no está del lado del placer sino del sufrimiento y que está en la base de los síntomas, lo que hace que erradicarlos no sea una tarea tan sencilla como querríamos. Este goce en el sufrimiento tiene que ver con un concepto fundamental del psicoanálisis: el superyo, al que dedicaremos el siguiente post.


ANOREXIA , BULIMIA, OBESIDAD: SÍNTOMAS DE LA CONTEMPORANEIDAD

La relación con la comida no es una relación natural, está instalada en el campo de la cultura. La dimensión epidémica actual de estas patologías puede ser explicada a partir de la alteración del orden simbólico que reglamentaba la relación con los alimentos. La relación del ser hablante con la comida implica siempre la relación con el Otro. Dicho de otra forma: el ser humano nunca come solo, aunque esté en una isla desierta, para él la comida incluye siempre una humanización simbólica: desde la organización simbólica en tres comidas: desayuno-comida y cena, los códigos de buenos modales, lo que se considera apto y bueno para comer o por el contrario no comestible…Es decir, que la comida en el ser humano no es solo un acto de nutrición sino que está sujeto necesariamente a una reglamentación que nos separa de la devoración del otro, y por el otro y nos introduce en un orden, en el “buen provecho”  de la regulación alimentaria como explica Domenico Cosenza en sus dos libros, «El muro de la anorexia» y «La comida y el inconsciente», fundamentales para acercarse al conocimiento de estos síntomas fundamentales de la contemporaneidad.

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¿CÓMO SE HEREDA EL CARÁCTER DE LOS PADRES? LA IDENTIDAD Y LAS IDENTIFICACIONES


En su obra “Psicología de las masas y análisis del yo“, Freud, entre otras muchas cosas, va a conceptualizar la idea de identificación. Muy resumidamente, dirá que, en el curso del complejo de Edipo, el niño tiene que separarse de sus primeros objetos eróticos por exigencias del desarrollo psíquico, y entonces sobreviene una identificación donde el niño queda en posesión de determinado rasgo de esa persona amada y eso produce una transformación en su subjetividad. Ese mecanismo de identificación es el responsable de que nos parezcamos a nuestros padres en ciertos rasgos de carácter: se abandona el primitivo lazo erótico y seguimos amándolos a través de la identificación a rasgos con los que uno puede estar incluso en total desacuerdo. De hecho no es en absoluto incompatible tener una mala relación con los padres y parecerse a ellos incluso en ese rasgo del padre o de la madre que es justamente lo que mas se detesta de ellos. A menudo las personas llegan a suponer que dicho rasgo se ha heredado genéticamente, lo cual no tiene ningún fundamento científico. La respuesta la da el mecanismo de la identificación, que es el saldo que queda del proceso de separación de los objetos de amor primordiales. Estas identificaciones son inconscientes y muchas veces están en contradicción unas con otras, es decir van conformando un batiburrillo que es lo que podemos llamar nuestra personalidad, nuestro yo.

La noción de identidad, de ser idéntico a uno mismo, tiene que ver con la idea de un yo unificado, piedra angular de muchas corrientes de la psicología. En psicoanálisis, sin embargo, vamos a hablar de identificaciones más que de identidad, y constatamos que esa idea de un yo unificado es ilusoria, porque el yo sería más bien un «enjambre» de identificaciones que nos llevan muchas veces en diferentes direcciones.

En realidad nos identificamos porque no tenemos identidad, no hay identidad posible para el ser humano consigo mismo, porque tenemos el inconsciente que nos lo impide. El inconsciente es la distancia que hay entre nuestra conciencia y nuestros actos, «un saber que no se sabe» que nos hace imposible ser transparentes para nosotros mismos. Ese es nuestro drama porque, si bien un yo es necesario para no caer en la locura, la pretendida identidad nos trae también de cabeza. A menudo no queremos ser como somos y nos invade un sentimiento de culpa, que puede llegar a ser tan intenso como el que encontramos en las psicosis melancólicas. En numerosas ocasiones el esfuerzo de hacer coincidir nuestra vida con el ideal que tenemos de nosotros mismos puede convertir la existencia en un infierno. Y otras veces, el estar seguros de tener la razón y ser quienes queremos ser es al precio usar el mecanismo paranoico de proyectar todo lo malo que rechazamos en nosotros en el otro, que aparece entonces como amenazando nuestro equilibrio.

Desde el psicoanálisis podemos afirmar que creer en la propia identidad no deja de ser una locura. En su libro “De la personalidad al nudo del síntoma”, el psicoanalista Vicente Palomera hace un recorrido por la antropología para reflexionar con Levy Strauss sobre como la concepción occidental de la personalidad se basa en un conjunto de creencias que no es más racional que las del pensamiento salvaje, como se ve en el totemismo: no es más loco decir «soy una guacamaya» que decir «soy médico» o «soy Juan López». En realidad lo que somos es un enigma y solo podemos nombrarlo con metáforas, en el mejor de los casos. Levy Strauss va a decir esta frase que el autor recoge: en nuestra civilización cada individuo tiene su propia personalidad por totem. La antropología nos ilustra que la idea que dada uno tiene de si mismo viene del exterior, del otro, y no es tanto una esencia como un modo de organizar las relaciones. La noción de persona no siempre ha existido como la conocemos ahora, ni mucho menos como sinónimo de conciencia, interiorización, autonomía ni unidad.

Nuestro concepto actual de persona se reduce a un periodo muy breve de nuestra historia y se circunscribe a occidente. Por el contrario, lo que se ha constatado en todas las culturas y periodos históricos es la alienación del individuo en un orden significante que lo precede y lo constituye, lo que el psicoanálisis reconoce como la imprescindible alienación al Otro. Nuestro momento civilizatorio parece perseguir con especial empeño que desconozcamos nuestra sujeción al orden simbólico. En este momento lo que se pone en valor es el enaltecimiento del yo y curiosamente lo que aparece en los manuales diagnósticos a partir de los años 80 es un nuevo tipo de diagnóstico, las llamadas personalidades narcisistas, que en realidad se parece bastante al perfil americano de éxito, al estilo de Donald Trump.

La identidad en la sociología nos habla de un “nosotros” con el que identificarse, algo muy en boga también en nuestra época, donde los movimientos identitarios, tanto de carácter nacionalista como en la constitución de las minorías (raciales, de orientación sexual etc. ) son un factor clave de la política y la vida social, como observamos fácilmente en las redes sociales, que facilitan la constitución de burbujas de seres que piensan igual que nosotros. Un narcisismo de masas enfatiza la diferencia con el otro para poder seguir existiendo en primera persona en un mundo que tiende a la uniformidad, a la cuantificación y a la mercantilización de la experiencia humana. Pero ¿nos ayuda esto a encontrar nuestra singularidad perdida o sería una nueva trampa para desconocer la relación singular de cada uno con la propia existencia? 

Estamos habitados por las palabras del Otro, por un guión inconsciente que guía nuestra vida a espaldas nuestra, y además, por fuerzas pulsionales que nos empujan a cumplir con ese guión, a satisfacernos de una cierta manera que a menudo comporta malestar y encontrarnos una y otra vez con situaciones dolorosas. Es decir, que nos encontramos con la repetición. Es lo que a veces se llaman malos hábitos, y que nosotros en psicoanálisis vamos a llamar un SÍNTOMA con mayúsculas, la piedra con la me encuentro en mi vida una y otra vez. Ese síntoma es lo que se puede localizar en un tratamiento: a partir de la variedad de situaciones dolorosas con las que me encuentro se puede localizar la matriz sintomática que orienta la vida de una persona. El síntoma es un extranjero dentro de mi mismo. No conseguiremos hacer caer las identificaciones que nos dirigen sin un trabajo sobre el fundamento pulsional que tienen, sobre la satisfacción paradójica que vehiculan. 

Ese es un trabajo que el sujeto no puede hacer solo a causa de la existencia del inconsciente, que impide que el autoconocimiento sea posible. Esa satisfacción paradójica en el malestar es una verdadera alteridad que me es inaccesible. ¿Qué puede permitirme acceder a esa alteridad? La relación transferencial con un psicoanalista, cuya forma de presencia tiene la particularidad, al contrario de otro tipo de relaciones basadas en la simetría y el diálogo entre iguales, de encarnar algo de esa alteridad del sujeto. De este modo al sujeto se le puede revelar algo de su estructura: poder localizar aquello que no ha podido tramitar, que da lugar a la repetición, conocer con qué solución sintomática ha tratado esa imposibilidad y encontrar una solución mejor.

AUTOESTIMA Y NARCISISMO EN LA SOCIEDAD DEL EGO

Hace un tiempo en la Biblioteca de la Orientación Lacaniana de Madrid dedicamos un ciclo de conferencias a pensar cuál era el estado de los pecados capitales de la Edad Media ahora, en el siglo XXI. En relación con el pecado de soberbia se me ocurrió que había una relación con el imperativo actual de amarse a si mismo. En la edad media, La soberbia se definía como el hecho de creer que uno se bastaba a si mismo y no necesitaba de Dios y fue considerada un vicio mayor. Hoy sin embargo, el encontrarse autosuficiente y proyectar una imagen de éxito  ha venido a transformarse en la Biblia de la modernidad y no digamos de la posmodernidad.

De la autoestima se habla hasta la saciedad como una necesidad básica de cualquier ser humano.  Se supone que tener confianza en uno mismo es lo fundamental para progresar y tener éxito, y muchos de los problemas que pueden aquejar a cualquiera serán achacados a la falta de autoestima. La hipótesis que voy a proponer es que la autoestima, el tenerse aprecio a uno mismo, si bien es algo que tiene su importancia, es un concepto aquejado de cierta banalidad que hace de pantalla para entender cuales son los verdaderas dificultades que impiden a las personas sentirse bien y alcanzar sus metas.

Si la soberbia era el pecado de creer que se puede vivir sin Dios, podríamos plantear que la promoción de la autoestima tiene que ver con creer que uno puede prescindir del inconsciente a la hora de enfrentarse al malestar. Si en la edad media el hombre corriente pensaba estar sujeto a los designios de un destino que le sobrepasaba, en nuestra época se vende el discurso contrario, si quieres lo puedes todo y todo depende de ti mismo. El hombre de nuestra época cree que es él quien maneja los hilos cuando no hace sino correr tras de sus pulsiones inconscientes, que cada vez le son más desconocidas, ocultas tras este mantra de la autoestima.

Está bien la estima de si, bien entendido en aquello en lo que uno lo merece. Pero ¿qué es amarse a si mismo exactamente? Voy a tratar de desarrollar esto, que básicamente tiene relación con la distinciónque establecemos en psicoanálisis entre el yo y el sujeto. El momento actual se caracteriza por la exaltación del yo, que tiene mucho que ver con la imagen de uno mismo. La propuesta del psicoanálisis va a ser más bien escuchar al sujeto para orientarse mejor. 

Antes de ir a la diferencia entre el sujeto y el yo, un breve apunte sociológico: Este  enaltecimiento de la estima de uno mismo que escuchamos tan a menudo no es ajeno a la figura del emprendedor de si mismo tan de moda en nuestra época. el sociólogo Zygmunt Bauman acuñó el término modernidad líquida, como una época en que los mecanismos de poder ya no se sitúan solo  en las instancias políticas y económicas sino que se fragmentan y se instalan en el interior de cada individuo, que pasa a ser el que decide que hace con su vida, aunque en realidad lo que hace es vigilarse voluntariamente para cumplir las demandas del discurso, a la vez que se cree autónomo e independiente. Como nos explica Zygmunt Baumann en su libro Vidas de consumo,  el propósito del consumo no es satisfacer necesidades o apetitos, sino convertir al propio consumidor en producto, elevar el estatus de los consumidores al de bienes de cambio vendibles . Cuando las relaciones humanas están atravesadas por esta idea de consumo, se consume al otro y yo resulto también un objeto para el consumo. Todos nosotros somos tomados como mercancía y podemos por tanto ser desechados por nuestros semejantes, hasta el punto de necesitar tenernos siempre alerta para que nuestro valor de mercado sea alto. Lo cito: “La identidad es una condena a realizar trabajos forzados de por vida. (…). Recordemos que a los consumidores los mueve la necesidad de convertirse ellos mismos en productos – reconstruirse a sí mismos para ser productos atractivos – y se ven obligados a desplegar para la tarea las mismas estratagemas y recursos utilizados por el marketing. Forzados a encontrar un nicho en el mercado para los valores que poseen o esperan desarrollar, deben seguir con atención las oscilaciones de la oferta y la demanda y no perderle pisada a las tendencias de los mercados, una tarea nada envidiable y por lo general agotadora, dada su bien conocida volatilidad”. Todo esto funciona porque conecta bien con algo de la estructura del sujeto, que tiende a desconocer aquello que lo  molesta de si mismo y a amar aquello que le ofrece unidad y sentido .

Para el psicoanálisis el amor al propio yo como instancia diferente a los objetos de amor exteriores es lo que Freud denominó narcisismo. Es interesante ir la referencia clásica del mito grecolatino de Narciso cuya versión más conocida es la de Las metamorfosis de Ovidio.  El Narciso del mito estaba dotado de una belleza excepcional y un orgullo desmesurado. El adivino Tiresias había anunciado de manera enigmática:”sólo vivirá mucho tiempo si no se conoce a si mismo”. Con estas palabras Ovidio metaforiza el maleficio del amor a la propia imagen. 

Es a causa de su hermosa apariencia que Narciso provoca encendidos deseos en jovencitos y muchachas, a los que rechaza en razón de su orgullo. Un día, se cruza en su camino  la ninfa Eco quien, a causa de una antigua maldición no sabe ni hablar ni callarse cuando se le habla, sino solo repetir los sonidos que oye. Eco se prenda de Narciso y Narciso la desdeña como a los demás. Abandonada, Eco se marchita y sólo queda de ella su voz. Para castigar a Narciso por el ultraje, los dioses le castigan a su vez a no poseer jamás el objeto de su amor. En una escena paradigmática vemos a Narciso extasiarse ante su reflejo en el agua justo antes de quedar inmovilizado y metamorfosearse primero en una estatua y después en una flor. Narciso ve una imagen nítida y exclama “…pero, ¡soy yo! He comprendido que mi imagen no me engaña. Ardo de amor por mi mismo…”. En ese instante Narciso queda petrificado. Eco alcanza entonces a abrazarlo, justo en el momento en que se transforma en una flor. El mito de Narciso dice algo del carácter mortífero del ensimismamiento en la propia persona, en la propia imagen .

Hubo que esperar al siglo XX para que el llamado narcisismo se convirtiera, a través del psicoanálisis freudiano, en una figura constitutiva del psiquismo. En 1914 Freud escibe su obra “Introducción al narcisismo”,donde establece la diferencia entre la libido que se dirige hacia los objetos exteriores y la que se proyecta sobre el propio yo. La idea de yo aparece en la obra de Freud ligada a la idea de la conciencia por contraposición a la noción de inconsciente que Freud va descubriendo en el trabajo con sus pacientes. Él constata que el yo-conciencia se defiende de ciertos contenidos displacenteros que quedan entonces inaccesibles a la conciencia. El yo se va constituyendo a lo largo del desarrollo infantil con los contenidos aceptados en contraposición a lo displacentero que es expulsado al exterior. De esta forma se va conformando una distinción entre Yo y no Yo, a través del mecanismo del principio del placer.

Sin embargo hay algo que no termina de cuadrar en este esquema, y en 1920 Freud escribe una obra clave: “Más allá del principio del placer, donde expone las dificultades que encuentra en su práctica terapéutica: ciertos contenidos dolorosos insisten y hay una inercia que Freud nombrará como compulsión de repetición que estorba la acción del análisis.

Ya desde el descubrimiento del inconsciente aparece la idea de que el ser humano está atravesado por impulsos e ideas que desconoce , pero en un primer momento parece que el método psicoanalítico ofrece la posibilidad de conocer  lo reprimido. Sin embargo, la experiencia de la repetición , la reacción terapéutica negativa y la inercia de los síntomas que se resisten a ser curados llevan a Freud a teorizar que no todo es principio del placer, sino que hay también lo que llamará la pulsión de muerte: una fuerza en el interior del psiquismo que trabaja contra el sujeto. Esta parte del edificio teórico freudiano no fue aceptada por una parte de los seguidores de Freud. Tuvo que ser Lacan quien la rescatara como una pieza fundamental de la estructura del psiquismo, con su concepto de goce, distinto del placer. Es la cuestión del goce como fuerza que trabaja en contra del sujeto  lo que hace obstáculo a la creencia en la promoción de la autoestima como panacea para todos los problemas.

Será Lacan quien haga la crítica más contundente, no al concepto de autoestima en concreto, pero sí al culto al yo, poniendo el acento en el engaño que subyace a toda ilusión de identidad. Lacan aborda la cuestión del yo a través de su concepción del Estadío del Espejo, una de sus teorizaciones más conocidas, en la que habla de cómo se constituye la identidad partiendo de la experiencia del niño de pocos meses que experimenta una fuerte reacción de alegría ante su imagen en el espejo. Esto es un fenómeno netamente humano. A los animales no les interesa su propia imagen. Lacan se pregunta porqué la propia imagen es tan importante para el ser humano, por qué está tan entregado y sometido a ella. Va a hacer primero la hipótesis de que la alegría del niño tiene que ver con la posibilidad que la imagen le ofrece de identificarse a un cuerpo completo, que contrasta fuertemente con su experiencia de sentirse un cuerpo fragmentado debido a la inmadurez neuronal con la que nacen los bebés humanos. El yo será entonces tomado por Lacan como la (falsa) impresión de completud sustentada por la mirada del otro que apoya esa identificación. Un proceso imprescindible, sin duda, para proporcionar un armazón a cada ser humano, para tener un cuerpo, que no es lo mismo que un organismo y vivirse con una cierta continuidad. Al mismo tiempo Lacan va a tomar el yo como función de desconocimiento, como una identificación que hace un servicio, al precio de ignorar lo más íntimo y singular de cada uno, porque realmente el yo se construye en la identificación con el otro, a partir de la imagen del otro, constitutivamente alienado al otro. Es el otro el que le presta al sujeto su imagen para que pueda constituirse porque no hay nada en su interior que le preste esa unidad, solo la imagen del otro, una imagen externa, hace de prótesis. De ahí la pasión narcisista que emerge por la imagen. Y de ahí también la matriz paranoica del yo, donde afirmarse supone ir contra el otro. Ese es el infierno en el que nos sumergen las identificaciones imaginarias. la relación de agresividad que siempre acecha en la relación con el semejante, lo que llamamos la paranoia originaria, el sentirnos siempre dirigidos o manejados por otro que quiere quitarnos lo nuestro.

Podemos decir que el yo es necesario, pero para que cumpla mejor su función es necesario no creérselo demasiado porque nos sumerge en la paranoia y en la locura. Pongamos por ejemplo el de la persona que se identifica tanto a su función que termina siendo un problema.

El abordaje de la cuestión del Yo que hace Lacan por la vía del estadío del espejo lo lleva en una vía opuesta a la vía anglosajona del psicoanálisis. Es decir, la vía de Lacan no va a ser la del refuerzo del yo porque el yo, en esta concepción, el yo es un desorden de identificaciones de las que hay que ir desprendiéndose, es más bien una trampa que nos impide desarrollarnos y nos deja bloqueados en una posición de victimismo y de violencia contra el orden del Otro que supuestamente nos esclaviza. La realidad fundamental del sujeto no está en el Yo, en cómo se percibe a si mismo con la conciencia, que pretenden luchar contra el otro para buscar la autonomía, sino en las fuerzas que lo manejan desde su interior sin que lo perciba con claridad.

Me voy a guiar por el ejemplo clínico del maltrato. Las mujeres que sufren de malos tratos se dice que sufren de baja autoestima. Sin duda hay que quererse poco para dejarse maltratar por alguien una y otra vez. Sin embargo, si formulamos la falta de estima de si como la causa del asunto y presentamos a las mujeres como víctimas nos olvidamos de algo fundamental: lo que hace que una persona permanezca enganchada a una situación de maltrato, que no pueda separarse de ahí y que elija una y otra vez parejas que la maltratan. Esta es la cuestión fundamental. Evidentemente en una situación de maltrato la culpabilidad queda del lado del maltratador. Pero si no abrimos la pregunta por la responsabilidad que la parte maltratada tiene en la situación, no habrá manera de encontrar una salida. SI nos empeñamos en convencer a esa mujer de que es muy valiosa, la empujamos a que se ame cuando en realidad hay algo de si misma que no puede amar, que le resulta extremadamente extraño. Esa parte de si misma que la empuja a encontrar parejas que la maltratan y a quedarse en esa situación. Pienso en un caso en el que la persona identificada con una madre en la misma situación, que soportando abnegadamente el maltrato y el desprecio año tras año se situaba como la única, la irremplazable, la que hacía lo que ninguna haría, la que pelea tras pelea recogía al marido lleno de culpa que le imploraba perdón. Esa satisfacción de situarse como la única, la imprescindible, la que lo quiere como nadie lo querría, porque es un pobrecillo que no puede vivir sin ella, es una satisfacción que viene a rellenar el lugar de un enigma sobre lo que hace que una mujer pueda ser amada.

Esa solución inconsciente de sacrificarse para que el otro la ame es la que ella encontró para tener un lugar. Pedirle que renuncie a ella es un poco dejarla en el vacío y la angustia: ¿qué es ella para el otro entonces? No es sencillo cambiar esas condiciones inconscientes y por eso a menudo son las propias mujeres las que infringen las órdenes de alejamiento y vuelven a vivir con sus maltratadores.

Si nos guiamos por la brújula de dar valor al sujeto, empujarlo a autoestimarse y lo dejamos desconocer su particular responsabilidad en el desorden que denuncia, nos extraviamos.

Vivimos en una cultura del narcisismo donde la máxima aspiración parece ser darle proyección a la propia imagen y donde cada cual es invitado a disfrutar de las delicias del Ego, suponiendo que la mirada del Otro nos otorgará la buscada completud

 Para existir todo el mundo tiene que esforzarse por crearse una personalidad, por buscar algo que le otorgue la idea de una continuidad en la existencia, y el yo hace esta función. Pero es una “armadura” que vacila empujadas por la fuerza de la pulsión, del empuje a fallar, el elemento no educable de la estructura. Con conceptos como el de autoestima se trata de desconocer que el ser humano está habitado siempre por cosas que  no son tan bonitas  y con las que conviene avenirse de alguna manera. Hacerse cargo de la propia responsabilidad en el malestar sin culpar al otro y sin sucumbir al autorreproche es la meta que se plantea un tratamiento orientado por el psicoanálisis.

Si nos dejáramos llevar por la demanda de mejorar la autoestima veríamos que cada esfuerzo hecho en la línea de fortalecer el yo va en la dirección de fragilizar, como muestra el mito de Narciso, ahogado en su propio reflejo, aumentando la sensación de precariedad y de amenaza por parte del otro. La apuesta del psicoanálisis es encontrar la forma en que cada cual puede escapar con sus propios recursos a la trampa del narcisismo y organizar una forma menos sufriente de relacionarse con el Otro, arreglárndoselas con  aquello de cada uno que no pasa por la razón y la simbolización,.

La sociedad actual acentúa el individualismo y a la vez la uniformidad, nos lanza el mensaje contradictorio: tienes que ser como todos y tienes que destacar entre la multitud. Por una parte se aísla al individuo y se pone en primer plano su yo, frente a la época en que la comunidad o la familia estaban en primer plano. Tener que destacar es situarse todos contra todos, en un empuje a la paranoia que redobla la paranoia constitutiva del sujeto.

Un psicoanálisis parte del querer destacar, del amor a la propia imagen, verdadera enfermedad de los humanos, que nos condena a la guerra con el otro, para ir hacia su reverso. Se trata de amar lo más propio que hay en mi, generalmente desconocido y rechazado, de avenirme a ello y encontrar la buena forma de vivir con eso. Lo que uno puede localizar en un análisis : lo que verdaderamente es lo más propio de cada uno, lo que lo diferencia de todos y lo hace irreductible a los mandatos de la civilización. Esto, quizá, sí es más digno de amarse con un amor menos tonto que el amor a la propia imagen.