SÍNTOMAS FREUDIANOS Y SÍNTOMAS CONTEMPORÁNEOS

Las características de la época tienen una incidencia en la producción de síntomas, influyen en la “envoltura formal” que estos toman. Por otra parte, los síntomas que aparecen en cada época son signo de aquello que no marcha en la civilización, del fracaso de la cultura y sus ideales en proporcionar un bienestar a los individuos. En ese sentido los síntomas de esta época son un modo de respuesta a los atolladeros que presenta y nos sirven como interpretación a este momento civilizatorio particular.

Desde siempre el ser humano ha tratado de pensar cuál es la buena forma de relacionarse con los objetos de satisfacción, cómo regular sus pulsiones orales, agresivas, sexuales…Para regular el campo pulsional, desde el psicoanálisis lacaniano nos decimos que el ser humano se sirve de la instancia del  “Otro” con mayúsculas, que es el orden simbólico del discurso social que regula la relación del sujeto con sus objetos de satisfacción: la comida, el sexo, la mirada, la voz etc. Cada civilización establece sus códigos en relación a todo esto.

En la época de Freud se recurría a la prohibición y la represión era el sistema con el que fundamentalmente los sujetos se manejaban para mantener sus pulsiones a raya. Como sabemos, eso funcionaba relativamente y los sujetos hacían síntomas que calificamos de freudiano: síntomas producidos por la represión. Para Freud el síntoma es la expresión subjetiva de un conflicto inconsciente. Más precisamente, es una formación que posibilita satisfacción del deseo reprimido de un modo que resulte aceptable para el yo del sujeto. Constituye, por tanto, una formación de compromiso para que este deseo sea posible, puesto que la represión actúa sobre la pulsión disfrazándola.

La época actual, en cambio, caracterizada por la expansión inédita de la economía del mercado y por la producción de objetos técnológicos, trata la pulsión entreteniéndola con falsos objetos como la variedad de sustancias ofrecidas para todo uso (estimulantes, tranquilizantes, activadores sexuales etc) y los llamados  gadgets, y empujando a un goce autístico a través de ellos.

La tesis que vamos a sostener es que la ley ordenadora de la tradición ha sido erosionada de tal forma por la economía capitalista y la tecno-ciencia, que su eficacia en la reglamentación de la relación de los sujetos con sus objetos ha caído espectacularmente y esto ha dado lugar a la difusión epidémica de síntomas que son bastante diferentes a los síntomas de la época de Freud

Al igual que no hay felicidad total en la cultura pura, tesis del texto “El malestar en la cultura” porque la renuncia a la satisfacción de las pulsiones causa infelicidad, Freud descubre ya que tampoco hay felicidad en la satisfacción de la pulsión, porque esta linda siempre con un “Más allá del principio del placer”, que es el título del otro texto donde Freud da cuenta de la paradoja con la que se encuentra en sus investigaciones clínicas: que algo en la satisfacción misma del principio del placer empuja a su más allá, a un cierto goce en el sufrimiento. Un ejemplo muy claro de esto es la adicción al alcohol, donde uno puede pasar del placer de tomarse una copa de buen vino al exceso que puede llegar a poner en riesgo su vida. Este goce paradójico, la satisfacción en el sufrimiento, exclusivo de los seres hablantes, es uno de los grandes descubrimientos freudianos,  y es en él que Lacan va a centrar mucho de su investigación sobre el síntoma, más acorde con el tipo de síntomas que encontramos en la época actual.

Ocurre que entre la obra de Freud y la de Lacan la sociedad ha cambiado radicalmente:hemos pasado de una sociedad de productores con la ética de la renuncia propia de ese capitalismo de producción, a una sociedad de consumidores, a un capitalismo basado en el consumo masivo, donde la cultura ha dejado de basarse en la renuncia a apoyarse en lo contrario: una cultura que demanda gozar de todo, sin límites ni cortapisas.

Ese empuje insensato a una satisfacción completa que los sujetos internalizan fácilmente, nos lleva a un imposible en el sentido de traspasar los límites de la estructura. La estructura misma del sujeto es estar constituido a partir de una pérdida impuesta por el lenguaje: el sujeto no puede encontrarse nunca con el objeto que colmaría el vacío fundamental que lo constituye como sujeto. Esto es lo que en psicoanálisis llamamos castración. El rasgo posmoderno por excelencia es el rechazo de la castración. Esta es una época que prescribe la satisfacción, es la época de la felicidad obligatoria. Ya no estamos en un valle de lágrimas como en la edad media, sino en una fiesta continua, o eso se pretende.

Vamos a encontrar una diferencia entre los síntomas que llevaron a Freud al descubrimiento del inconsciente, donde había una verdad reprimida y el síntoma mostraba lo que el yo del sujeto no quería saber, y lo que llamamos síntomas contemporáneos, donde la vertiente del querer decir, del sentido reprimido, está practicamente desaparecida y lo que encontramos en vez de un querer decir es un querer gozar, un funcionamiento de goce que no quiere decir nada, el sujeto no interpreta nada de lo que le pasa, con frecuencia ni siquiera quiere ir a consultar, como se aprecia en las anorexias, toxicomanías y compulsiones diversas, porque lo que está en primer plano es un goce desamarrado del sentido.

La tesis del psicoanálisis frente a este tipo de síntomas es el reverso de la lógica de la psiquiatría con sus clasificaciones y las terapias que los toman como disfuncionamientos o como trastornos a corregir. El psicoanálisis orientado por Lacan los va a tomar, en cambio, como intentos de autotratamiento o incluso soluciones a algo imposible de soportar por el sujeto. Las adicciones de todo tipo, la anorexia, la bulimia, son una suerte de tratamiento del exceso pulsional por la vía de utilizar un objeto pulsional como catalizador de goce, con la paradoja de que el sujeto se encuentra devorado por eso mismo que había encontrado para amarrar o localizar su goce a la deriva. De modo que lo que lo salva también lo destruye.

Me interesa especialmente subrayar que  el síntoma no es solo una disfunción sino que tiene una función, y  esto es algo nuevo que la enseñanza de Lacan permite localizar: el síntoma es un aparato de suplencia que permitiría el funcionamiento del psiquismo, permitiría arreglárselas con lo que de la pulsión no se deja domesticar por lo simbólico. Porque la versión tradicional de tratar el goce a través de la prohibición ya no funciona mucho en la sociedad contemporánea. Y una de las vías por las que los sujetos intentan localizar el goce dañino son los llamados síntomas contemporáneos.

Lo que el psicoanálisis orientado por Lacan sabe es que el síntoma no se puede atacar de manera directa porque tiene una función en la subjetividad. El odio al síntoma, el empeño en eliminarlo a toda costa, que es lo que encontramos hoy en nuestra civilización de forma cada vez más dura, ocasiona una cronificación e incluso un recrudecimiento de los síntomas, por ejemplo de la violencia, que es con lo que se encuentran los profesionales de la sanidad, la educación, el trabajo social, de los ámbitos psi…

El síntoma es una defensa frente a lo imposible de soportar, frente a algo que el sujeto no pudo hacer entrar en lo simbólico. El trabajo del análisis es reconstruir la necesidad de ese síntoma: por qué y para qué surgió. En cada caso lo que desencadenó los síntomas será distinto y la respuesta del sujeto también. Por eso no nos vamos a guiar nunca por la sintomatología para hacer un diagnóstico que remite más bien a identidades grupales (ser un TOC, un TDHA , una anoréxica o un transtorno de la personalidad). Lo que nos interesa del síntoma es qué función absolutamente singular tiene para ese sujeto. Desde esta posición desconfiamos de todo lo que hable de la salud mental como un estándar igual para todos, porque sabemos que nada hay más distinto que un ser humano y otro.

 

EL PSICOANÁLISIS FRENTE AL MALTRATO DOMÉSTICO

Parto de la constatación de una cierta impotencia de las medidas educativas y judiciales para frenar el maltrato. Al respecto es paradigmático el tema de las mujeres que se saltan las órdenes de alejamiento impuestas por los jueces.

Quisiera en primer lugar poner en cuestión el machismo y la desigualdad de género como única explicación a esta lacra. Un dato muy a tener en cuenta es que en los países nórdicos, donde las medidas de igualdad entre hombres y mujeres están más desarrolladas, las cifras de maltrato doméstico no solo no disminuyen sino todo lo contrario. Esto nos debe hacer pensar que la cuestión no es tan simple. El maltrato en la pareja y la familia no se pueden explicar sólo con consideraciones sociológicas, hace falta tener en cuenta cómo se constituye la subjetividad y más concretamente la sexuación si queremos entender algo.

El machismo y la educación, los ideales sociales, los discursos imperantes sobre lo que es un hombre o una mujer etc, son factores comunes en una sociedad, pero siempre tenemos que tener en cuenta el modo en que interaccionan con la historia de cada uno: pautas de crianza, cuidados y experiencias de satisfacción, ausencias, maltrato, abandono… Estos dos factores, el social y los avatares biográficos, están siempre en función de un tercero, que va a resultar decisivo: la posición subjetiva de cada uno, cómo cada uno se posiciona a partir de esas cartas que le han tocado en  la vida.

Los seres humanos tenemos un problema: lo que nos constituye como humanos, que es el lenguaje, nos humaniza pero nos aleja del instinto que nos orientaría sobre cómo vivir. Por eso no tenemos más remedio que inventar soluciones singulares a la cuestión de qué es ser un hombre o una mujer, porque hay una falta en el lenguaje para decir el sexo, al igual que la hay para decir la paternidad o la muerte. Lo social, la educación, las leyes, nos proveen marcos, soluciones de uso común para todo eso. Por ejemplo el matrimonio es una solución “prefabricada”, pero todas estas soluciones son un poco como un traje mal cortado donde no nos cabe algo, se dejan fuera una parte de lo más singular de cada uno, por eso podemos decir que son soluciones sintomáticas, que acogen una dificultad pero no la terminan de resolver del todo.

El lo que concierne a la relación entre los sexos, el malestar es estructural en el ser que habla. Lo masculino y lo femenino no coincide con lo biológico, son posiciones simbólicas y el psicoanálisis muestra que la sexuación se estructura a partir de la lógica del tener y de la falta. Cada uno ahí se las arregla a su peculiar manera, tomando una posición que es inconsciente.

La igualdad social y jurídica son totalmente necesarias, pero en el plano de la subjetividad eso no resuelve todo. Lo masculino se constituye a partir del tener y poseer el objeto, y en esa lógica la pareja ocupa a veces el lugar de lo que “se tiene”. El odio entonces aparece en la medida en que lo femenino encarna una lógica distinta, la de la falta, la de lo que no se tiene, que se escapa a esa la lógica del tener. Las mujeres encarnan la otredad y es por eso que el odio a lo femenino, que es inconsciente, es de estructura. Hoy los discursos que mantenían a raya esa peligrosidad que lo femenino encarna se han venido abajo, y las mujeres ocupan posiciones nuevas. A eso se une el declive de la masculinidad en nuestras sociedades occidentales y una cierta infantilización de los hombres, que cada vez se hacen menos cargo de posiciones paternas, por ejemplo. Constatamos a la vez un rebrote en los jóvenes de la cara más abyecta de la lógica machista. ¿Falta de educación? La diferencia sexual no tiene buena prensa, hoy prima la igualdad por encima de todo. Se puede pensar que, entonces, ante la angustia de la falta de semblantes sociales claros y diferenciados para ocupar esas posiciones masculina y femenina, las viejas respuestas retornan en toda su virulencia.

En cuanto a las mujeres víctimas ¿por qué se dejan maltratar? Se habla de dependencia económica. No diremos que no exista, pero quizá no es la más fundamental. La dependencia de las mujeres es sobre todo dependencia del signo de amor del otro. La mujer, que se sitúa frente a la sexuación en la lógica de la falta, encuentra en el amor aquello que les da el ser y eso puede llevarlas a lo peor porque por la vía del amor están dispuestas a entregarlo todo,  a veces hasta su vida. Además, en función de ciertas condiciones de su infancia y de la relación con el Otro materno (o paterno) una mujer puede situarse en una posición de permanente decepción que la lleva a pedir siempre más amor del otro, lo cual a un hombre afectado de cierta “fragilidad” lo puede “enloquecer”, porque no entiende lo que ella quiere. Ella puede, además, repetir esa situación de esperar el signo de amor y decepcionarse hasta el infinito, creyendo en las palabras de arrepentimiento de él una y otra vez, o interpretando sus celos y su maltrato como signos de amor. Lo escuchamos en muchos de estos casos.

Frente a la falta de una respuesta sobre qué es ser una mujer, la mujer busca una respuesta por el lado de ser amada, y determinadas mujeres pueden encontrarla en una posición sacrificial de ser “la única” que lo cuida y que está siempre dispuesta a volver con él a pesar de todo lo que él haga, es decir, que ella es “la única” para él, ocupando un poco el lugar de la madre de su pareja.

Por eso a veces no sirve con intentar convencer a una mujer de que se está equivocando. Esa solución inconsciente de sacrificarse para que el otro la ame es la que ella encontró para tener un lugar. Pedirle que renuncie a ella es un poco dejarla en el vacío y la angustia: ¿qué es ella para el otro entonces? No es sencillo cambiar esas condiciones inconscientes y por eso a menudo son las propias mujeres las que infringen las órdenes de alejamiento y vuelven a vivir con sus maltratadores.

En cuanto al partenaire violento (que por cierto no es necesariamente el hombre, sino quien está en posición masculina, en posición de poseer al otro como objeto, como se ve en las parejas homosexuales donde los malos tratos se dan exactamente igual que en las heterosexuales), lo que encontramos es en realidad una debilidad de la que no se quiere saber nada, que es compensada con la violencia. A menudo se trata de personas enormemente dependientes con un sentimiento inconsciente de inferioridad. La posible pérdida de su objeto, de su pareja, los sume en una angustia insoportable. Ella tiene que ser toda suya y que ella muestre el más mínimo deseo por fuera de él, que tenga otros intereses, aunque sean mínimos, ya no digamos que manifieste su deseo de separarse, lo llevan a una situación de sentirse despreciados por el otro que no pueden soportar y que invierten convirtiendo a su pareja en objeto despreciado, degradado y vejado.

En conclusión: las leyes son fundamentales y deben ser firmes contra el maltrato, la educación también lo es, pero hay lo irreductible de la posición subjetiva que ambas deben tener en cuenta sino quieren incurrir en situaciones paradójicas, como terminar castigando a una mujer que se salta una medida de alejamiento. Si uno está fijado a una posición sacrificial no hay orden de alejamiento ni programa reeducativo que lo mueva. Lo pulsional no se educa totalmente, siempre hay un resto inasequible a la regulación; se puede encontrar un mejor arreglo con ello, pero lleva tiempo, y hay que trabajar con las coordenadas singulares inconscientes de la persona, que es lo más alejado de los tratamientos estandarizados que toman todo esto como un déficit educativo y de socialización de los sujetos.