LO QUE EL PSICOANÁLISIS es y lo que NO ES

Cuando uno elige un tratamiento orientado por el psicoanálisis elige un tratamiento que se sustenta en una ética: la ética del deseo singular, que es un territorio distinto de las normas sociales, los ideales o la moral. El analista a priori no sabe cuál es el bien de su paciente ni pretende adaptarlo a ningún comportamiento que sería supuestamente mejor para él. Únicamente tiene un saber sobre cómo escuchar el deseo singular que alienta en los dichos del paciente. Ese saber el analista lo extrae en parte de sus estudios de psicoanálisis, pero también y muy fundamentalmente, de su propia experiencia analítica. En su propio análisis el analista he hecho la experiencia del inconsciente, de las marcas singulares que a cada uno nos constituyen, la marca del desacuerdo de cada uno con el ideal. Ese desacuerdo no es un defecto sino más bien lo más valioso que se tiene, porque es el motor del deseo. El psicoanálisis se orienta a salir de la queja, elaborando un saber sobre el propio sufrimiento que ayude a encontrar una salida posible para cada cual.

Para decir mejor lo que es un psicoanálisis es interesante decir lo que no es. Un psicoanalista no es un coach que nos aconseja sobre cuál es el mejor camino a seguir. Para eso el analista tendría que saber cuál es el buen camino para todos. El analista no normaliza porque sabe que para cada cual hay algo que obstaculiza esta normalización. Que si el paciente no ha seguido ya los buenos consejos que seguramente le han proporcionado las «almas buenas» que sin duda existen en la vida de cada cual, no es porque es tonto o torpe, sino por otra razón de peso que le impide adecuar su conducta a lo que dictan los discursos comunes. En cada caso, el camino a seguir será distinto en función de la singularidad del paciente. No hay dos análisis iguales y es por esto que cuando dos analizantes que se tratan con un mismo psicoanalista se encuentran y hablan de él puede parecer que hablan de dos personas distintas.

En un tratamiento orientado por el psicoanálisis no se trata de empatizar y comprender. El psicoanalista deja de lado sus propias coordenadas de pensamiento (para lo cual tiene que haberse analizado mucho) y suspende todo juicio, se abstiene completamente de juzgar sobre la vida del paciente. Esto no significa que no se implique en la cura. Lo hace y mucho, por cierto, pero es a partir del saber que se va elaborando junto con el paciente en cada sesión, no a partir de una idea preestablecida de lo que al paciente le conviene.

Un psicoanálisis no es una experiencia intelectual, un «conócete a ti mismo». Uno no se dirige a un desconocido para contarle cosas íntimas si no es porque sufre de algo. El análisis puede además ser una experiencia de cierto desconcierto, porque el analista puede escuchar en las palabras del paciente otra cosa diferente de lo que uno pensaba que decía, lo saca de su zona de confort y de sus rutinas habituales, que son las que lo llevan a sus sufrimientos habituales. 

Leer másLO QUE EL PSICOANÁLISIS es y lo que NO ES

EL PSICOANÁLISIS NO ES UNA PSICOTERAPIA COMO LAS DEMÁS

El ser humano actual se encuentra extraordinariamente perdido y desorientado respecto a sus malestares. Si en la búsqueda de orientación la religión jugó su papel durante siglos, hace tiempo que fue relevada por la ciencia, que si bien ha logrado prodigios maravillosos en muchos campos, en lo tocante a la psique ha resultado en una reducción del hombre a su cerebro, hormonas, neurotransmisores etc que lo deja en la más absoluta oscuridad, ignorando que la morada de los seres hablantes no es su cerebro, soporte necesario, sino las palabras.

El psicoanálisis, si bien es mucho más que eso, es también un modo muy eficaz de tratar la angustia y los síntomas de todo tipo, incluidos los más graves. Su eficacia se sostiene en la ganancia de libertad que supone separarse de aquello en lo que uno está enredado sin saberlo y que le impide disfrutar de la vida y desplegar sus potencialidades.

Abundan los clichés que dicen que el psicoanálisis está anticuado, que es una terapia que no se termina nunca, que es para gente con mucho dinero o que no es aconsejable en casos de psicosis. Lo cierto es que el psicoanálisis está cada vez mas vivo y demandado y que para aquellos que recurren a un analista orientado por las enseñanzas de Lacan, se trata de una experiencia muy alejada de una práctica rígida. Un tratamiento orientado por el psicoanálisis puede durar mucho o limitarse a un tramo más corto de entrevistas para tratar una dificultad puntual, el coste de las sesiones no es únicamente una cuestión de mercado y la duración y formato de las sesiones no están fijadas de antemano sino que el analista debe saber hacer con lo que sucede sesión a sesión.

Por otra parte, el psicoanálisis modernizado por la enseñanza de Jacques Lacan puede ayudar mucho en los cuadros donde el cuerpo se expresa directamente (adicciones, anorexias, fibromialgias, etc.) o donde la psicosis está en juego, y en absoluto se trata de una experiencia hermética reservada a unos pocos sino que está abierto a todo el que quiera adquirir un saber sobre aquello que lo hace sufrir.

A diferencia de otras psicoterapias el psicoanálisis tiene la radicalidad subversiva de no buscar adaptar al paciente a la realidad, sino en todo caso ayudarlo a ser quien realmente es. La otra gran diferencia con otras psicoterapias es que el psicoanálisis se dirige a aquello que sostiene el síntoma, la causa, que es la raíz que alimenta la repetición del malestar. Aquello que nos hace volver una y otra vez a lo que nos incomoda sin poder evitarlo. Sin tocar ese núcleo, la repetición seguirá insistiendo de algún modo. Esa raíz pulsional, es decir, la cara de satisfacción paradójica que hace que el síntoma no se abandone tan fácilmente, es singular en cada uno. En cada uno la forma en que uno se engancha al sufrimiento que no es capaz de abandonar es diferente. Es decir, que un mismo síntoma en dos personas puede responder a lógicas muy diferentes.

Es precisamente de su énfasis en la singularidad que el psicoanálisis extrae su potencia para tratar todo tipo de síntomas y particularmente los llamados síntomas contemporáneos: ese adolescente desorientado que no puede estudiar o que tiene conductas violentas o incomprensibles como en la joven anoréxica que además se hace cortes en el cuerpo, en ese niño que no termina de aprender hablar o tiene demasiadas enfermedades sin razón médica aparente. El psicoanálisis es también para la persona que sufre porque siempre se encuentra fuera de lugar en sus relaciones personales, o para quien considera que todo está bien en su vida pero sin causa aparente se siente angustiado, o para quien sufre porque depende demasiado de su pareja, o aquel que tiene pensamientos que lo atormentan, la lista es larga…

¿Por qué una persona puede plantearse ir a un psicoanalista? Porque le pasa algo que le hace sufrir, a lo cual se añade una cierta idea de que eso que le pasa tiene que ver consigo mismo, no es algo que le cae encima como una enfermedad orgánica, tiene que ver con su subjetividad. Es decir, tiene lo que llamamos un síntoma, que es un concepto central del psicoanálisis.

La idea que el discurso del psicoanálisis tiene de lo que es un síntoma se aleja de de la medicina y la psiquiatría, ya que el psicoanálisis no considera el síntoma sólo como un problema, sino que lo toma también como una cierta solución que en algún momento puede dejar de ser útil porque tiene más problemas que beneficios.

En la definición clásica de Freud los síntomas son actos nocivos o inútiles que el sujeto realiza contra su voluntad, experimentando sufrimiento y que agotan su energía psíquica y algunas veces lo incapacitan para realizar otras actividades. Freud descubrió que los síntomas que hacían sufrir a sus pacientes impidiéndoles alcanzar sus objetivos en la vida tenían un sentido inconsciente que el sujeto ignoraba, y cuya restitución podía permitir el levantamiento del síntoma. Habría una verdad reprimida cuyo retorno aparecía en el síntoma. En un segundo momento de su teoría, Freud va a descubrir algo aún más asombroso, y es que en el síntoma no solo hay un sentido oculto, sino también una satisfacción que no puede ser sentida como tal, algo se satisface en los síntomas, que hace que su eliminación sea más difícil de lo que podríamos suponer.

Desarrollar en todas sus consecuencias esta idea es una de las novedades que va a introducir el psicoanalista francés Jacques Lacan, el más importante renovador de la teoría freudiana. La idea de que el síntoma no es una disfunción sino que es más bien un funcionamiento es extraña a la mayoría de las terapias. Lo que el psicoanálisis orientado por Lacan muestra es que el síntoma no se puede atacar de manera directa porque tiene una función en la subjetividad y es preciso encontrar otro modo de arreglárselas con el conflicto interno que lo sostiene. El odio al síntoma, el empeño en eliminarlo a toda costa, que es lo que encontramos hoy en nuestra civilización de forma cada vez más dura, ocasiona una cronificación e incluso un recrudecimiento de los síntomas.

LOS SUEÑOS EN PSICOANALISIS: LA POSIBILIDAD DE UN DESPERTAR

Freud funda el estudio del inconsciente y hace de los sueños la vía regia para llegar a él por medio del desciframiento de su contenido manifiesto para encontrar su contenido latente. Freud le otorga al sueño la posibilidad de liberar un sentido en una lógica diferente a la vida de vigilia. Ciertamente él va a hablar también del límite a la interpretación del sueño con la noción de ombligo del sueño. Sin embargo decir que el sueño es interpretable a través de la metáfora y la metonimia fue el sorprendente descubrimiento de Freud con el que funda el inconsciente como objeto de estudio.   

La tesis lacaniana va a ser al final un poco el reverso de la aportación freudiana: Lacan dirá que el sueño es ya una interpretación. Quizá llevados por este adagio el trabajo con los sueños en la cura lacaniana ha sufrido un cierto efecto de abandono. Si somos lacanianos y trabajamos orientados por lo real ¿ya no hay que interpretar los sueños? ¿Qué hacemos con ellos entonces?

¿Qué podemos decir de nuevo 120 años después sobre lo que Freud calificó como la vía regia hacia el inconsciente y para el cual encontró, la expresión poética “el ombligo del sueño”?

La psicoanalista Marie-Hélène Brousse aclara la tesis lacaniana de que el sueño es un intérprete diciendo que cuando “el sueño interpreta”, es su lado “ombligo”; Por un lado tenemos la vía regia de acceso al inconsciente basada en el desciframiento, es decir, en la producción de nuevos sentidos a partir de la metáfora y la metonimia, y por el otro, el ombligo, un agujero en el saber, un agujero que produce ondas. El sueño como tal es también una interpretación del traumatismo inaugural, de lo imposible de decir. La pregunta sería, ¿ambas concepciones del sueño son excluyentes?

Para llegar acercarnos al tema me propongo hacer un breve recorrido por la doxa psicoanalítica sobre el sueño, en el que me voy a apoyar en el libro de Carolina Koretsky “Sueños y despertares”.

En su primera doctrina sobre el sueño, Freud le otorga el carácter de un rebus, palabra latina que viene a significar «una cosa por otra», también conocido como principio de homofonía o principio jeroglífico, un recurso que se usó en los orígenes de las escrituras jeroglíficas, según el cual se usaban determinados símbolos para representar conceptos abstractos que no podían ser representados gráficamente, pero que fonéticamente eran similares al sonido del objeto elegido. Por ejemplo, entre los antiguos egipcios la imagen de un ‘cordel o lazo anudado’ que se pronuncia aproximadamente como anj fue usada para representar el concepto abstracto “vida” (anj), por su correspondencia homofónica. En el sueño, entones, el lenguaje se transforma en imagen.

En el seminario 11 Lacan hablará de Tyché y Automaton en un esfuerzo por distanciar la práctica analítica de toda concepción idealista, demostrando que en el seno mismo de la representación simbólica e imaginaria hay un elemento de real inasimilable. Habría entonces una repetición que adormece, correspondiente al fantasma y al sueño que no nos despierta (automaton) y habría un encuentro con lo que falta siempre en esta repetición homeostática que no es nunca cerrada y definitiva sino agujereada por esta Tyché que nos despierta. En el sueño traumático irrumpe algo que pone fin a la representación y despierta al sujeto. Para el psicoanálisis, a diferencia del teatro barroco, la vida no es un sueño Y sin embargo tampoco considera posible despertar a una realidad supuestamente verdadera. Lo que Lacan postula es que en el sueño hay un real traumático. Y cuando nos acercamos demasiado despertamos. Un sueño nos despierta justo en el momento en que podría soltar la verdad, de manera que nos despertamos sólo para seguir soñando… en la realidad, que es siempre fantasmática (Seminario 17). 

Para Freud el sueño es una forma particular de pensar. La esencia del sueño es el trabajo del sueño, que es un trabajo de ciframiento. Y en el sueño se trata siempre del cumplimiento de un deseo infantil. Finalmente dirá Freud, todo sueño es sueño de comodidad y de lo que realmente se trata es del deseo de dormir, de adormecer la pulsión convirtiéndola en cumplimiento alucinatorio de deseo inconsciente.

En el giro de 1920 Freud, a partir del estudio de las neurosis de guerra, se ve forzado a admitir que con ellas las herramientas propias del psicoanálisis parecen no funcionar. Los soldados traumatizados que regresan del frente de batalla sufren pesadillas a repetición con las escenas más crueles que han vivido. En “Más allá del principio del placer”  dirá que la compulsión a la repetición muestra la existencia de un elemento fundamental no asimilable al principio del placer, la pulsión de muerte, que pone en entredicho que el ser humano se mueva solo buscando su bien. En los sueños traumáticos no se trata de la expresión de un deseo inconsciente que no ha podido ser correctamente disfrazado sino que el retorno de la situación traumática prima sobre el trabajo de figuración simbólica del sueño, y no se puede interpretar porque no es un retorno de lo reprimido, no hay sentido oculto a descrifrar. Lo que está en primer plano es la pulsión misma en su cara más destructiva. Desde los años 20 hasta el final de su obra hay en Freud una profunda vinculación entre los sueños y la pulsión y hará una clasificación de los sueños en dos grupos: los que son cumplimientos de deseos camuflados, que nos permiten dormir, y los traumáticos, donde una falla en el trabajo del sueño deja surgir sin velo la fijación pulsional traumática.

Vamos ahora con Lacan. A lo largo de toda su enseñanza tanto sueño como despertar son evocados fuera del contexto onírico.  Para Lacan un sueño es equivalente a un pensamiento rechazado por la censura. “Eso sueña” es equivalente a “eso piensa”. En realidad esto mismo lo podemos encontrar ya en Freud, cuándo dice que un sueño no es ninguna experiencia insondable sino un texto para leer. Para Lacan “la razón” no es lo que nos ilumina sino que corresponde más bien  con el dormir, y dirá que la captura del ser humano en las leyes del significante lo adormece. No obstante, se guarda de caer en un irracionalismo, señalando que en psicoanálisis buscamos un punto de despertar, aunque sólo alcancemos un destello fugaz. No hay revelación ni iluminación última y definitiva porque estamos está siempre en un mundo del lenguaje. Sin embargo de forma efímera el sujeto puede recibir algo que lo despierta: una iluminación evanescente sobre su estatuto de objeto, su particular agujero en el Otro de lo simbólico.

Contar un sueño, dirá Lacan, es ir contra el dormir, ir contra lo somnífero del significante. Donde era el reino del sueño, el sujeto debe advenir reducido entonces a un puro acto de enunciación. 

Así pues, Freud decía que soñamos para poder seguir durmiendo y Lacan muestra que nos despertamos para continuar soñando inmersos en las representaciones y los discursos que tejen la trama de la realidad ordenada por el fantasma. De la escena del sueño a la escena del fantasma sólo se trata de un cambio de decorado. Sin embargo no es lo mismo sueño que fantasma. Ambos tienen la misma función que es una satisfacción alucinatoria del deseo pero el fantasma no es una formación inconsciente no es un texto para leer, no puede ser descifrado. Se trata más bien de un axioma que no es interpretado sino despejado. El fantasma se opone a lo imprevisto, regula y enmarca todas las experiencias y convicciones del sujeto, es el suelo firme que asegura siempre el mismo encuentro, el mismo goce, lo que el sujeto espera. Por eso el fantasma no tiene nada de traumático sino que es justamente la sutura del traumatismo. El sueño en cambio puede ser traumático cuando aparece en él algo que viene a perforar el fantasma y reactualizar el trauma inicial.

Esto nos introduce de lleno en la cuestión de cómo debe usarse la interpretación para despertar al sujeto de forma que este no huya hacia un nuevo adormecimiento. Voy a intentar ilustrarlo con una viñeta, un sueño de una paciente de Esthela Solano publicado en Quarto nº63, citado en el libro de Koretzky.

El texto del sueño es el siguiente: “Veo venir hacia mi un gatito. El gato ha sido atado, inmovilizado con cinta adhesiva para que no se mueva. Ha sido amordazado para que no grite. Constato  que el gato ha intentado liberarse de sus ataduras sin lograrlo y que ha venido hacia mi para pedirme auxilio. Le quito la cinta adhesiva y me doy cuenta de que está herido Y que eso le provoca un gran dolor. Debo quitárselo, incluso si eso me duele. Logro liberarlo de sus ataduras…”

En el desciframiento de este sueño la analizante informa de que el gatito le evoca la conversación con una taxista mujer que le cuenta que está deseando llegar a casa a encontrarse con su gato. La analizante reflexiona sobre el gato como objeto privilegiado en la serie del hijo y el falo. Se trata de la pregunta por el deseo de una mujer.

“El gato está inmovilizado por sus ataduras” evoca su situación de mujer inmovilizada junto a un hombre inhibido sexualmente y sin deseo. Se da cuenta de que el gato del sueño representa su posición de mujer sometida a un partenaire que la mortifica y no responde a sus llamados.

Al pensar en el sueño que debe quitarle al gato las ataduras dice que quiere para si otro lugar que no sea el de la mujer sacrificada por la mortificación de un hombre. Asocia entonces con un viejo recuerdo traumático de su infancia: una noche, su hermana llega tarde. El padre, furioso, tortura sin piedad al gato de su hermana, objeto precioso de esta. La analizante mira la escena en silencio y al relatarlo se da cuenta de que ahí vislumbra la posición del padre que arremete contra el objeto de deseo de su hermana, mostrando una voluntad de aniquilación del deseo femenino en su hija, su odio a la feminidad. La analizante se da cuenta de que su identificación al gato torturado por el padre comanda su posición de goce respecto a los hombres: ella es el objeto sacrificado al goce que le supone al padre/partenaire.

El fantasma “una niña es torturada” orienta su posición como mujer frente a los hombres y escribe una versión de la relación sexual. En la escena infantil reprimida hay un imposible de decir, de donde ella ha extraído una versión de la relación y una posición fantasmática, la de la niña que se hace torturar por hombres a los que les supone un goce que es el de torturarla. El trabajo analítico permite pasar del fantasma de la mujer mortificada e inmovilizada junto a un hombre sin deseo a la escena del padre que tortura al gato, que puede ser entonces percibida como contingente y vaciada así del goce que porta. Formular la escena traumática y percibir su valor de contingencia hace advenir al sujeto en el lugar del agujero traumático, y esto produce un cierto despertar que rompe con la incesante repetición fantasmática.

En el trauma hay un despertar salvaje que empuja al sujeto a buscar defensas para seguir durmiendo. En una cura buscamos un despertar analítico por reducción progresiva que no empuje a volver a dormir inmediatamente. Esto no es sencillo. Para que la interpretación no sea somnífera no debe operar igual que la pesadilla, debe despertar al sujeto como ésta pero permitiendo una aproximación progresiva tolerable al objeto causa que el sujeto es para su Otro.

El sueño proporciona un saber sobre lo que el sujeto es para el Otro, pero para que ese saber pueda tocar el cuerpo realmente, incorporarse, es necesario que eso se ponga en juego en la transferencia. Eso se ve en otra viñeta clínica en la que el saber extraído había sido que la paciente “se hacía devorar por el Otro”. Sin embargo, después de desvelado su lugar de objeto en el análisis, la paciente, devorada por el saber de la analista, seguía sin poder autorizarse a hacer algo. Es cuando un día la analista en el pasillo, al salir la paciente de la sesión, imita el ruido de una fiera a punto de abalanzarse a devorar su presa, que la paciente puede reírse y tomar nota del carácter de semblante de su fantasma. La analista no encarna al Otro devorador, sino que lo representa teatralmente, con lo que toca al sujeto pero no lo aterroriza. Creo que a esto se refiere cuando Miller al nombrar la interpretación como pesadilla, que debe despertar pero no hacer huir al paciente hacia su fantasma como lo hace la pesadilla real.

Entonces, en Lacan, sobre la posibilidad de un despertar hay dos tesis:

Hasta los años 60 dirá que nos despertamos para seguir soñando, durmiendo, en la realidad…del fantasma. En el análisis se busca el despertar que es un relámpago, breve.

La segunda tesis de Lacan es que el ser hablante no despierta nunca. Hay una desidealización del despertar y dice que el mayor descubrimiento de Freud es el enorme deseo de dormir del ser humano.

Carolina Koretzky dice que la primera tesis es coherente con un análisis que comienza: poner en forma el síntoma como portador de un sentido que escapa a la conciencia da lugar a la revelación de la existencia del inconsciente con el efecto de sorpresa e iluminación que conlleva. El despertar es posible desde esta perspectiva. 

La tesis de un despertar imposible en Lacan correspondería a un análisis que dura. Cuando un sujeto ha esclarecido su relación a la causa de su deseo, cuando sabe lo que lo mueve, su ser se transforma y su relación con el Otro puede cambiar. Sin embargo permanece una invariante: los restos sintomáticos, lo que no cambia, una parte del goce que no es susceptible de ser descifrada y de la que el sujeto no se cura, es decir, no despierta. Como máximo alguien que termina su análisis puede testimoniar de cómo ha producido sentido a partir de su real, pero su real no desaparece. Es en ese sentido que no hay despertar.

Sin embargo, no por eso se trata de denunciar el reino del sueño a favor de un despertar absoluto. El cumplimiento del sueño de un despertar absoluto sería la muerte…también la del psicoanálisis, y Lacan no era un revolucionario. El real no es eliminable y es por eso que, en palabras de Pascual Quignard, “Inventamos padres, es decir, historias, a fin de darle sentido al azar de un arrebato que ninguno de nosotros, ninguno de los que son frutos de él tras diez oscuros meses lunares, puede ver”.

LAS ALUCINACIONES VERBALES EN LA ENSEÑANZA DE LACAN

Las llamadas voces de la psicosis tienen un estatuto especial en el psicoanálisis de orientación lacaniana, que se separa ahí de la psiquiatría, incluso de los psicoanalistas de la IPA, para los cuales una alucinación verbal no deja de ser un error de juicio. En realidad, se trata de un debate histórico de la psiquiatría: las voces, ¿se escuchan en el oído o dentro de la cabeza? 

Hay dos grandes momentos en la enseñanza de Lacan en cuanto a su elaboración teórica sobre la psicosis y en ambas encontramos sendas referencias a sus presentaciones de enfermos que nos son muy útiles para pensar la cuestión de las alucinaciones verbales.

En el seminario 3 (curso 1955-56) Lacan se refiere a la alucinación verbal como aquello que, siendo rechazado en lo Simbólico, regresa en lo Real.  En este momento de la enseñanza de Lacan hay una prevalencia del registro simbólico sobre los otros y Lacan desarrolla su concepto de forclusión como mecanismo etiológico de la psicosis. Lacan se refiere a una presentación de enfermos en la que una mujer escucha de un vecino el significante “Marrana” que intuye se refiere a ella. Se trata de una mujer que vive con su madre, han huido del marido de la hija que amenazó con “cortarla en rodajas”. Tienen una vecina de “vida ligera” a la que visita un amante, y un día en el pasillo la hija se lo encuentra y oye “Marrana”. Si planteamos la alucinación como un elemento significante arrancado de la cadena, que es escuchado y atribuida su enunciación a otro, tenemos que interrogarnos sobre el pensamiento o el dicho que precede a la alucinación. La joven paranoica le dice a Lacan que justo antes había pensado o dicho “vengo de la charcutería”. Entre la frase y la alucinación hay una ruptura de la cadena hablada, un tiempo de suspenso en la asignación. La enferma se atribuye la frase “vengo de la charcutería” pero imputa al otro haber pronunciado “marrana”, que es escuchada porque aparece en lo Real. La paciente rechaza así su certeza de ser nada más que eso, una marrana, un cuerpo despedazado. Eso que no puede tramitar de ninguna manera en lo simbólico regresa como un significante en lo Real y ajeno a su pensamiento. Esto coincide ya con los desarrollos posteriores de Lacan. 

Veinte años después, año 76, en su seminario 23, El Sinthome, la presentación de enfermos del caso del sr. Primeau le permitirá hablar de la naturaleza parasitaria del lenguaje en el ser hablante, concepción absolutamente novedosa sobre la causalidad de los fenómenos psicopatológicos.

En el capítulo 6 de dicho seminario, llamado “Joyce y las palabras impuestas”, Lacan se apoya en esta entrevista para hacerse la siguiente pregunta: “¿cómo es que todos nosotros no percibimos que las palabras de las que dependemos nos son, de alguna manera, impuestas?”

El paciente había denunciado que sufría de «palabras impuestas» o «emergentes». Estas palabras se inmiscuían en su pensamiento más íntimo, sin que el enfermo pudiese reconocerse como su enunciador. A instancias del intenso interrogatorio de Lacan el sr. Primeau explica: “La palabra impuesta es algo que emerge, que se impone a mi intelecto y que no tiene ningún significado ni sentido habitual. Son frases que emergen, que no han sido pensadas, sino que son como emergencias que expresan lo inconsciente…”. Y continúa: “emergen como si yo fuese, no sé, manipulado» (…) “no sé cómo viene, se impone a mi cerebro. Llega de golpe, por ejemplo ahora: “Usted ha matado al pájaro azul”, “Es un sistema anárquico” (…) frases que no tienen ninguna significación racional en el lenguaje habitual y que se imponen en el cerebro, en el intelecto”. Y además, después de esa frase impuesta aparece una reflexión mía. La secuencia es frase impuesta-frase reflexiva”. Lacan le pide ejemplos y P. especifica que la frase impuesta tiende a encontrar amable y bello a todo el mundo y él responde agresivamente para compensar, en una especie de “recuperación inconsciente”. Otras veces es al revés, emerge una frase agresiva y P. tiende a beatificarlo, a encontrarlo bello y santo.

Al hilo de esta reflexión Lacan describe la palabra como una forma de cáncer que afecta al ser humano, un parásito que es percibido como tal por algunos y no por otros. Es esta una concepción completamente inédita que es clave en la renovación de las tesis del psicoanálisis y la psiquiatría.

Lo que Lacan va a deducir de este caso y del caso de Joyce es que la verdadera naturaleza del trauma es la incidencia de la lengua sobre el ser hablante. El trauma es la lengua en tanto fuera de sentido. Es el lado de real que tiene lo simbólico, cuando está desligado de lo imaginario que lo liga a un sentido. Para cada ser hablante está la lengua como dato primario y está el inconsciente como una estructura que se superpone a este dato primario y que es, dice Lacan, una elucubración de saber sobre la lengua. El inconsciente es la cadena significante y el consecuente efecto de significación. Pero también están los efectos de goce de la lengua, los significantes aislado por fuera del sentido, de los que testimonia este paciente de forma espectacular.

En esta cuestión de las palabras impuestas reconocemos un síntoma propio de la psicosis, denominado por Clérambault, al que Lacan nombraba como su maestro en psiquiatría, fenómeno elemental. Es lo que este autor nombró como síndrome de automatismo mental, que incluye una variedad de fenómenos automáticos que se imponen al sujeto como verdaderos cuerpos extraños que no se comprenden, aparecen como enigmáticos y generan perplejidad. Para Clérambault se caracterizan por ser inicialmente neutros, sin tonalidad afectiva y atemáticos. 

La centralidad de las alteraciones del lenguaje en la psicosis es conocida desde antiguo. La cuestión crucial será determinar qué es lo que hace que llamemos trastorno del lenguaje a determinada producción del sujeto. Cléarambault mismo concluye que no es la rareza de las ideas lo que las hace considerarlas así sino la relación que el sujeto tiene con ellas, el hecho de percibirlas como ajenas. 

Las alucinaciones verbales son la forma más característica de fenómeno elemental. En su texto “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” Lacan entraba en el debate histórico con el psiquiatra Henry Ey sobre las llamadas alucinaciones auditivas, que se llamaban así por la idea de que se escuchaban en el oído, como viniendo desde fuera. Para Henry Ey en las llamadas alucinaciones auditivas un objeto irreal es percibido y creído como tal. 

Jacques Lacan se separa de esta tradición y ya en su Seminario 3 hace un brevísimo pero curioso comentario sobre este tema en referencia a Jules Séglas : «Por una especie de proeza al inicio de su carrera [Séglas] hizo notar que las alucinaciones verbales se producían en personas en las que podía percibirse, por signos muy evidentes en algunos casos, y en otros mirándolos con un poco más de atención, que ellos mismos estaban articulando, sabiéndolo o no, o no queriendo saberlo, las palabras que acusaban a las voces de haber pronunciado. Percatarse de que la alucinación auditiva no tenía su fuente en el exterior, fue una pequeña revolución.» Se trata de las llamadas “voces internas”, que llevan a los enfermos a hablar de posesión, hechizo, sugestión o influencia.

La noción de fenómeno elemental fue construida por Lacan en referencia a la cuestión de la alucinación verbal, como un tipo particular de la relación con la propia enunciación. La estructura de las alucinaciones es la base de la cual deriva la estructura del sujeto del inconsciente como una variante. La noción de estructura en Lacan es la estructura del significante. En la psicosis el sujeto se sitúa en posición de exterioridad frente al lenguaje.

Lacan se desmarca de la idea de la psiquiatría clásica de la percepción sin objeto sosteniendo que el lenguaje constituye y determina el hecho perceptivo. Va más allá: la cadena significante puede imponerse por si misma al sujeto en su dimensión de voz sin necesidad de que intervenga ningún órgano sensorial, como muestran las alucinaciones auditivas que padecen algunos sordos psicóticos. Y más claro aún cuando tenemos un sujeto con alucinaciones psicomotrices verbales donde él mismo musita palabras que atribuye a otro. 

La cuestión central para el pronóstico va a ser la relación que el sujeto establezca con estos fenómenos elementales, que puede ir desde mantener una distancia saludable con ellos, en el caso de una psicosis anudada, hasta la certeza delirante de su significación en la paranoia, pasando por la perplejidad en el polo xenopático, o vale decir, esquizofrénico

Más allá de la forma que tome el fenómeno elemental está el impacto que tiene en el sujeto la aparición de las palabras. Por otra parte hay que valorar la posible función reparadora que esos trastornos del lenguaje tienen en la economía de la psicosis, es decir en el trabajo reconstructivo que el sujeto realiza: si hay creación de un delirio o por el contrario son causa de atomización y disgregación en un sujeto cuya capacidad asociativa queda mermada.

El testimonio del señor P. permite revelar el carácter parasitario de la palabra en el ser hablante. Ahora bien, hay que destacar que el saber hacer de Joyce respecto de la palabra que se impone marca una diferencia con P. A pesar de que el paciente de la presentación hace sus juegos con las palabras se evidencia una sensación de inermidad ante lo que se le impone, a diferencia de Joyce, cuyo arte en consistía en destrozar, descomponer esa palabra hasta el punto que termina disolviendo el lenguaje mismo. Dirá Lacan en el seminario 23 que no sabemos si con esa escritura Joyce intenta descomponer las palabras que se le imponen para librarse de ese parásito o por el contrario se deja invadir por su polifonía, y considerará que ese manejo peculiar del lenguaje es una invención que Joyce fabricó sin necesidad de un análisis, y que le sirve para reparar un fallo en el anudamiento. Es gracias a esto que Joyce no presenta una psicosis clínica a diferencia del sr. Primeau de la presentación de enfermos.

En un nuevo modo de pensar la psicosis y la normalidad, Lacan propone que es sólo porque algo se añade que hace las veces de cuarto nudo que no estamos locos y no escuchamos nuestra voz interior. 

Lo original de la propuesta lacaniana es el abordaje de los fenómenos elementales desde la perspectiva del lenguaje. Para Clérambault era un automatismo orgánico que producía la descomposición del yo; para Lacan es la falta de un yo unificado la que permite que la estructura del lenguaje aparezca a cielo abierto, que las palabras aparezcan vacías de significación, como carcasas desnudas que sin embargo conciernen al sujeto.

En realidad lo que Lacan hace es poner en valor la perspectiva freudiana de ser humano como capturado y torturado por el lenguaje. Freud no se limita a dar al lenguaje un valor de liberación de las emociones. No toma tampoco el lenguaje como un simple instrumento destinado a la comunicación con el semejante. Al contrario, el lenguaje tiene también una dimensión de ocultamiento, de velo, donde lo que se dice está sometido a un no saber en el que se cifra el deseo del sujeto. Esta es la estructura de las formaciones del inconsciente.

Todo aquello de lalengua primaria del sujeto que el lenguaje significativo no logra capturar reaparece en forma de alucinaciones verbales en la estructura psicótica o a síntomas que pueden estar enmarcados en un fantasma en la neurosis, pero finalmente todos deliramos sobre aquellas palabras que tocaron nuestro cuerpo por fuera del sentido.

El lenguaje es un medio que nos precede: digamos que la frase ya estaba empezada cuando llegamos, la empieza el Otro, que tampoco sabe lo que dice. Estas palabras que nos preceden impactan en el cuerpo y producen marcas de goce, que, cuando son sobredeterminas por el lenguaje ordenado por el Uno fálico, quedan como jeroglíficos, blasones y laberintos neuróticos. Cuando no es así, quedan como significantes sueltos, no anudados, que juegan su partida solos. 

Todo lo que Freud dice sobre la fijación, Lacan dirá que es a causa de lalengua. Lalengua es causa de goce, que es el efecto traumático del encuentro del lenguaje sobre el cuerpo. Y con eso cada cual se las tiene que arreglar. En cierto modo todos tenemos que localizar en nuestro análisis personal cual es nuestro “fenómeno elemental”, cual es el resorte de la estructura que subyace cual elemento primario a todos los síntomas como los detalles de la imbricación de las nervaduras de una hoja se reproducen en todas las estructuras de una planta.

APOSTAR POR LA VIDA

Las medidas globales tomadas contra el COVID 19 han logrado lo que no habían logrado las guerras, los éxodos masivos, las hambrunas, ni la emergencia climática: hemos tenido que parar y tomar conciencia de nuestra propia fragilidad, al tiempo que los gobiernos se ven empujados a tomar medidas que atentan contra un sistema económico que parecía indestructible. 

Este sistema de vida, ahora amenazado por las medidas que obligan a detener la actividad es el organizado a partir del discurso capitalista tal como lo caracteriza Lacan. Un discurso que rechaza la falta que nos hace humanos obturándola con la producción incesante de objetos, que obvia algo tan consustancial al ser hablante como que para hacer lazo con el otro es forzoso sufrir una pérdida.

Lacan utiliza el apólogo de la bolsa o la vida: para elegir la vida hay que asumir que se trata de una vida sin bolsa, una vida con una pérdida. El vicegobernador de Texas diga que prefiere arriesgar las vidas de los mayores, incluyéndolo a él, con tal de preservar la economía. Dice “creo que hay muchos abuelos que coincidirían conmigo en que quiero que mis nietos vivan en el Estados Unidos en el que yo viví (…) Quiero que tengan una oportunidad de [alcanzar] el sueño estadounidense» [1].

Varios mandatarios internacionales se adhieren a esta idea de que hay que pensar en la economía antes que en las vidas de las personas porque si la economía se hunde el coste va a ser mayor. Es un cálculo utilitarista que elude algo fundamental: el sistema económico que supuestamente hay que salvar es un sistema gravemente enfermo que produce, entre otros males, una relación adictiva con todas las posibles fuentes de placer (comida, sexo, deporte, trabajo, juegos…), aislamiento y ruptura del lazo social (cada uno solo con sus objetos), ante la incertidumbre vital, el refugio en las identidades que promueven el odio al otro, destrucción del medio ambiente y un largo etcétera.

No me adhiero a los que piensan con sentido religioso que esto nos ha llegado como un castigo porque nos hemos excedido con el maltrato al medioambiente, pero cuando leo que en Estados Unidos una gran parte de la población se está armando para defenderse de sus congéneres en caso de escasez de víveres a causa de la pandemia, me parece que el fin del mundo llega cuando el “cada uno contra todos” se impone.

Este real que como un relámpago desbarata todas las certezas en las que nos sosteníamos puede aportarnos algo de luz para comprender que no dejamos ni dejaremos de estar enfrentados a contingencias inesperadas, que nuestra vida es indefectiblemente frágil, y que las respuestas individuales no sirven. Es preciso concluir que necesitamos detener la loca carrera de destrucción e insolidaridad en la que estamos embarcados. De esto no nos salvamos si no es todos juntos. Es una cuestión de supervivencia. Los seres hablantes han sobrevivido como especie en tanto han sido capaces de cooperar, trasmitirse información y medios entre ellos y avanzar juntos. Promover la solidaridad es estar a favor de la vida.

Podemos pensar que todo va a seguir igual después de esta crisis o apostar a que hay un antes y un después. Apostar a que es posible vivir de otra forma, que el crecimiento ilimitado lleva a la muerte de las personas y destruye lo que hace que la vida merezca la pena y reconocer que nos estamos enfermando gravemente como sociedad.

Hay que reintroducir la capacidad de perder para poder ganar una vida más vivible. Y es en esto que el psicoanálisis puede ayudar. Es la oportunidad que nos brinda esta crisis sin precedentes.


[1] https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52043274

ESCRIBIR EN EL CUERPO: NOTAS PSICOANALÍTICAS SOBRE LA PRÁCTICA DEL CUTTING

Entre la variedad de síntomas de los adolescentes contemporáneos uno resulta especialmente conmovedor por su espectacularidad y el carácter epidémico que está alcanzando: son los cortes y escarificaciones en el cuerpo. 

¿Qué lleva a un sujeto, generalmente mujeres, a veces muy jóvenes, a intervenir de esa forma sobre su cuerpo? Es preciso remitirnos a la función singular que tiene en cada caso esta práctica. Sin embargo desde el psicoanálisis de orientación lacaniana podemos hacer una primera hipótesis: cortarse es un modo de extraer del cuerpo un goce que resulta insoportable. El término goce remite en este caso a la cara oscura de la pulsión cuando no ha podido ser regulada por lo simbólico, anudada a una falta y transformada en deseo. Se trata entonces de una experiencia del sin límite, un “demasiado lleno” que produce un desbordamiento y los cortes servirían aquí a modo de “drenaje” de esa inundación de goce insoportable.

Este tipo de fenómenos, como también las anorexias y bulimias, adicciones y otros síntomas contemporáneos se diferencian muy claramente de los síntomas clásicos con los que se inventó el psicoanálisis. En el síntoma clásico hay una represión de un impulso pulsional que entra en conflicto con los ideales y el sujeto “hace” un síntoma que es una formación de compromiso porque hay una satisfacción de la pulsión pero se siente como sufrimiento: es lo que llamamos el goce del síntoma, pero en este caso se trata de un goce localizado. El síntoma así tomado es un condensador de goce y sirve como anudamiento de los tres registros de la subjetividad : lo real del goce, lo simbólico que introduce la falta y lo imaginario del cuerpo. 

Hoy nos encontramos con que el síntoma, esa pieza fundamental que expresa lo que no anda bien es cada vez mas difícil de producir. Es decir, cada vez es más difícil encontrar algo que anude los tres registros: que enganche lo que sucede en el cuerpo con el pensamiento y la palabra. Esta dificultad tiene que ver con el declive de lo que en psicoanálisis se nombra como función paterna: la instancia psíquica encargada de producir la falta, de separar al sujeto de su goce corporal bruto. Esta función significa que algo se pierde y, en el mejor de los casos, el malestar se expresa en síntomas de los que el sujeto puede decir algo, interpretarlos y darles un sentido en relación a sus coordenadas familiares, sus experiencias etc.

El malestar que recibimos hoy en las consultas no es tanto signo de una falta de goce sino el efecto del exceso de goce deslocalizado en los cuerpos.  El ideal ya no es un ideal de renuncia y sacrificio como unas décadas atrás, sino más bien un sujeto satisfecho y feliz, que goce sin límites, y eso ha producido una mutación subjetiva que se percibe de forma muy aguda en el sufrimiento de los adolescentes.

Para vivir en sociedad hay que perder algo, hacerse adulto implica renunciar al «todo» para poder acceder a la parte que a cada uno le está permitida. Los ritos de pasaje de muchas sociedades primitivas implicaban marcas y escarificaciones en el cuerpo, una cierta escritura de ese pasaje por la pérdida y el renacimiento a un nuevo lugar en el grupo social. Las condiciones del capitalismo extremo actual, cuya propuesta única es consumir todo en exceso, dificultan acceder al sentido introducido por la localización de una pérdida en el cuerpo. Como consecuencia los adolescentes contemporáneos se entregan a prácticas variadas sobre la imagen de su cuerpo, donde se trata de regular el goce propio sin articularlo a una falta simbólica como era la solución «clásica».

Estas prácticas sobre el cuerpo (anorexias y bulimias, adicciones, violencias, cortes y escarificaciones…) han existido desde siempre. Lo nuevo es la dimensión epidémica que toman en este momento. Como nuevo también es que el lazo entre los adolescentes se haga con arreglo a estos fenómenos mas que en torno a las creencias e ideales. Aunque alarmen sobremanera a los adultos a menudo no hacen sufrir al sujeto sino que más bien se convierten en modos de vida, dando lugar a multitud de intercambios de consejos y experiencias en las redes.

Los cortes en la piel son en general señalados como una solución a la angustia extrema y fuera de control. En mi experiencia clínica es casi siempre vivido como un mecanismo de descompresión en situaciones de desbordamiento que tiene una función de alivio. Esta función calmante es sin embargo muy limitada en el tiempo, por lo que llama a una repetición. Es una muestra de la falta de otros recursos simbólicos de mayor alcance para tramitar un malestar intenso que invade el cuerpo. Se puede decir que se recurre a escribir sobre el cuerpo de este modo lo que no puede decirse de otra manera mejor.

Las situaciones que pueden desencadenar los cortes van desde conflictos con el otro (problemas familiares, ser víctima de acoso o de rechazo, sentirse solo, abandonado o desamparado) a la necesidad de aliviarse de un sentimiento de insuficiencia o de culpa que resulta insoportable.

En otros casos el corte parece tener la función de extraer al sujeto de un estado de despersonalización o pérdida del sentido de su vida o de sus pensamientos. Ahí el corte restablece un cierto ordenamiento y unificación de la experiencia haciendo de borde que impide el estallido del sentido.

Hay que decir que no hay una correspondencia entre lo espectacular del fenómeno y la gravedad de la situación del sujeto. A veces se trata de sujetos muy dañados y otras veces no es así. En contra de la primera impresión, en general los cortes no se presentan como una autoagresión sino todo lo contrario: son un intento de aliviar el sufrimiento. En general se trata de cortes superficiales en los brazos, piernas y/o abdomen, que no suelen darse a ver. No suelen tener el sentido de una llamada al otro ya que en la mayoría de los casos se mantienen en secreto, incluso con un sentimiento de vergüenza. 

Si bien es una práctica que en general se realiza en privado, lo cierto es que existe también la dimensión del “contagio”, del recurrir a ella porque se sabe que otras lo hacen y les funciona.  Digo otras porque en general la proporción de mujeres frente a varones es apabullante, al igual que sucede con la anorexia.

De hecho, podemos considerar que hay en la práctica del cutting  cierta dimensión común con la anorexia, en tanto en ambos casos se trata de patologías del exceso que tienen en común la experiencia de lo ilimitado, de la pérdida del control y la implementación de una práctica corporal que intenta restaurar ese control convirtiéndose de nuevo en una experiencia del sin límite (no poder parar de cortarse cada vez, al modo de una adicción o dejar de comer sin medida hasta poner la vida en peligro). 

En el psicoanálisis orientado por la enseñanza de Lacan el goce sin límites, el que no puede ser medido ni cuantificado es nombrado como goce femenino, para diferenciarlo del goce fálico, caracterizado por el límite que impone el propio órgano masculino. El hecho de que sean mujeres la mayoría de las adolescentes que usan el corte o la anorexia como mecanismos reguladores de un goce puede ponerse en relación con la mayor dificultad que experimentan los seres hablantes que se sitúan del lado femenino de la sexuación  para inscribir su goce en el registro fálico que introduce el límite.

En la época contemporánea hay para todos un debilitamiento de la función paterna y, en consecuencia, del anclaje al sentido fálico (véase la fuerte objeción al binarismo sexual que hoy presentan tantos jóvenes). Parece lógico pensar que en esta caída de la función paterna las mujeres están más afectadas por el efecto del desanclaje fálico, lo que explicría su mayor propensión a presentar este tipo de soluciones sintomáticas.

El psicoanálisis orientado por la última enseñanza de Lacan y sus imprescindibles avances sobre el goce por fuera del sentido es una herramienta idónea para tratar el malestar que se manifiesta en estos fenómenos que no llaman a una interpretación en el sentido clásico.

No se trata aquí de interpretar los síntomas sino de hacerse el partenaire del sujeto para escuchar la función que  tienen estos actos en cada caso y acompañar la búsqueda de soluciones singulares. Se impone una práctica no estandarizada en la que encontrar la forma de articularse a un deseo propio. Hay que poder consentir a perder algo para ganar una brújula particular que sirva de orientación en la vida.

EL PSICOANÁLISIS Y LAS SALIDAS DE LA ADOLESCENCIA


En nuestras sociedades posmodernas la edad de trabajar, dejar el hogar familiar y formar una familia es cada vez más mas tardía. Es innegable la incidencia de factores socioeconómicos, pero encontramos también ciertas dificultades en la características de la subjetividad de esta época que complican el tránsito a la adultez.

Lo que caracteriza a la adolescencia es ser un momento de separación de la familia y de asunción de una identidad propia. La sexualidad que emerge, y que no puede ser satisfecha en el seno de la familia, es el motor de la separación de los padres que, en palabras de Freud es una de las experiencias más dolorosas que debe realizar un ser humano en su vida. En esta etapa de la vida algo tiene que morir para dar lugar a algo nuevo. Hay que hacer un duelo por aquel que uno era para los padres en la infancia y lo nueva identidad que tiene que surgir no está garantizada por las hormonas. 

Los cambios hormonales dan lugar a los cambios de la pubertad, pero eso no es lo mismo que la adolescencia, concepto no existe hasta el siglo XIX. Antes se pasaba de ser niño a ser un joven adulto. Y en las sociedades antiguas ciertos ritos de pasaje sancionaban simbólicamente este pasaje con una especie de metáfora que implicaba pérdida, muerte y renacimiento.

La escucha psicoanalítica muestra que el ser humano tiene siempre que apropiarse simbólicamente de los procesos que ocurren en su organismo para poder manejarse con su cuerpo y su mente. La adolescencia sería el tiempo que lleva encontrar la forma de metaforizar con símbolos e imágenes lo real de los cambios en el cuerpo que ocurren en la pubertad. Es el tiempo de anudar el cuerpo, la propia imagen y los ideales que sostienen la propia vida: en qué quiere uno emplearla y qué tipo de hombre o mujer se va a ser.

En ese proceso a menudo algo de la emergencia del nuevo cuerpo sexuado se revela como difícil de traducir o metaforizar, y aparecen entonces la angustia o los síntomas. El difícil proceso de construir una identidad propia da lugar a una serie de impasses entre querer ser independientes y a la vez añorar la seguridad que da la dependencia infantil. Es una época de grandes reajustes subjetivos, donde los padres van dejando de ser la referencia inevitable. Las figuras de referencia van a ser sus amigos y compañeros, y otras figuras fuera de la familia.  Los padres tienen que saber perder ese lugar que antes ocupaban para el hijo cuando este era un niño, lo cual no siempre es sencillo.

Es un momento de crisis porque por momentos las identificaciones que sostienen al adolescente no son lo bastante fuertes  y las pulsiones ocupan la escena, produciéndose pasajes al acto (violencia, pequeños delitos, conductas de riesgo…). 

El psicoanalista Alexandre Stevens que dice que la adolescencia se presenta para el adolescente como “la edad de todos los posibles”, cuando en realidad la adolescencia se trata del encuentro con un imposible: la ausencia de un saber o respuesta preestablecida a la cuestión de la sexualidad. El ser humano carece del instinto de los animales y por eso no sabe cómo comportarse en lo referente al sexo. Detrás de un adolescente deprimido o violento, a menudo lo que hay es una dificultad para enfrentar la cuestión de su ser hombre o ser mujer, pero hace falta una escucha específica para localizar esto y encontrar una buena salida.

La rebeldía adolescente siempre ha tenido su lugar pero, en tiempos de predominio de la autoridad representada por el padre, era un deseo de rebelión contra el padre, una rebeldía orientada. En el movimiento de separarse de la familia el joven podía encontrar figuras sustitutas porque la cultura ofrecía identificaciones simbólicas fuertes como lo eran los ideales o las grandes figuras del saber en cada época. Hoy para la mayoría de los adolescentes, el saber lo ostenta Google, denotando una confusión entre el saber encarnado y la información anónima, que no orienta demasiado. Para colmo, el ideal orientador que antes constituía ser un adulto se ha tornado en el ideal social de ser joven. 

El adolescente de hoy a menudo se rebela sin orientación, esclavo de sus propias pulsiones y no guiado por la rebelión contra una autoridad  que, en buena medida, ya ha caído. En el paso de un sistema patriarcal a un mundo “líquido” sin puntos de referencia sólidos, ¿cómo se orientan los adolescentes? ¿En qué se apoyan para efectuar la separación de los padres? 

En la infancia, frente al empuje pulsional, son los padres los que ponen límites. El adolescente tiene que encontrar un modo propio de poner un límite al malestar difuso que por momentos puede invadir su cuerpo. Para ello los adolescentes de hoy se sirven de sus síntomas, que son síntomas nuevos, bastante diferentes a los de hace unas décadas (cortes en el cuerpo, fobias sociales y escolares, adicciones varias, trastornos de la alimentación, bulliyng…). De ellos hablaremos en otro post.

Querría aquí centrarme en la siguiente idea: sabemos cuando se entra en la adolescencia, que es cuando se da el desarrollo puberal, la emergencia siempre algo traumática de la sexualidad adulta que obliga a tomar una posición como ser sexuado. Cuándo y cómo se sale de la adolescencia, sin embargo es más incierto. Desde una lectura psicoanalítica podemos pensar que el tránsito de la adolescencia puede darse por concluido como momento lógico (no cronológico) cuando el sujeto ha podido construirse un ideal que le da una estabilidad en la vida, cuando cuenta con un lugar firme desde el que mirarse y verse a si mismo digno de ser apreciado por el Otro, a diferencia de los momentos en que un adolescente en dificultades puede verse a si mismo más del lado del objeto de desecho. 

Cuando un sujeto encuentra algo que da sentido a su vida es porque conecta con algo de su singularidad. Los adolescentes pasan mucho tiempo sin hacer nada, aparentemente perdiendo el tiempo. Sin embargo esa improductividad a veces esconde todo un trabajo inconsciente en el que el sujeto adolescente busca la manera de que algo de su “rareza”, de la singularidad que lo distingue de los otros, pueda ser reconocida por el Otro, pueda hacerse un lugar que no sea el de ser “another brick in the wall”, que no sea uniformizarse y ser una pieza de la maquinaria infernal que puede ser lo social. Entonces, salir de la adolescencia sería poder esbozar una idea de si mismo y de lo que lo hace único entre otros susceptible de ser aceptada por el Otro social, que le permita sostenerse en el mundo y vislumbrar un futuro posible para sí.

El psicoanálisis puede ser de gran ayuda en esta fase porque analizarse consiste en traducir la propia vida en palabras comprensibles, lo cual permite cernir un pequeño resto que no puede ser traducido con el que hay que encontrar la forma de arreglárselas. En una experiencia psicoanalítica el adolescente puede traducir en palabras lo que le pasó, lo que le ocurre en su vida, sin que quede todo como un malestar inefable y destructivo, descubrir sus propios recursos e inventar una forma singular de habitar su mundo.

PSICOANALISIS Y CRIMINOLOGÍA: SOBRE LA RESPONSABILIDAD SUBJETIVA


El paradigma cientificista que impera hoy en la psicología y la psiquiatría reduce la complejidad de lo humano a una conducta, que se supone determinada por la genética, la bioquímica o los patrones de comportamiento aprendidos.

En su texto de 1950 “Introducción a las funciones del psicoanálisis en criminología”, incluido en sus “Escritos”, Lacan denunciaba que tanto el derecho penal como la criminología derivaban cada vez más hacia una concepción sanitaria que basa en la psiquiatría y sus categorías nosológicas la determinación de la responsabilidad de los sujetos que delinquen hacia sus actos. En esta línea va la tendencia actual de dejar el juicio en manos de peritos “expertos” que determinan si el sujeto es o no responsable de su acto. Se desdibuja así la noción de responsabilidad que ahora se refiere a normas médicas y no tanto jurídicas.

Este paradigma elude el problema de la libertad y la responsabilidad humana. Elude el problema fundamental de la causa de los comportamientos. Desde el  psicoanálisis no cabe la ingenuidad de creer en la libertad total porque ningún ser humano es una página en blanco sino que está constituido por unas marcas fundamentales que lo constituyen: el deseo del que es producto, los significantes fundamentales que lo precedieron y lo acompañaron en su infancia, sus experiencias infantiles y adolescentes… pero no hay ningún determinismo en esto. Entre todas estas marcas y el acto de un sujeto, está el factor fundamental al que debemos apuntar siempre: la posición subjetiva. Esta es la razón por la que Lacan defiende que el psicoanálisis es ante todo una experiencia ética, y que está hecha para sujetos que se toman en serio su existencia y quieren hacerse las preguntas necesarias para orientarse sobre su posición subjetiva, es decir, sobre su implicación en el sufrimiento que los aqueja. 

Lacan en esto, es tajante, enunciando: “de nuestra posición de sujetos somos siempre responsables”.

A diferencia de la psiquiatría y de otras orientaciones de la psicología, el psicoanálisis de orientación lacaniana no opera con clasificaciones. Tanto en los casos de delito como en los tratamientos, no se trata de encasillar a los sujetos dentro de una categoría diagnóstica sino de llevarlos a tomar una posición de responsabilidad frente a sus actos

El psicoanálisis nos enseña que, finalmente, en la vida uno sigue un guión escrito del que desconoce la mayor parte y que con frecuencia nos lleva a sufrir en exceso. La ilusión cartesiana de la plena conciencia de uno mismo como guía es desmontada por la experiencia del análisis. En la modernidad, una vez caídas la religión y las grandes figuras de la Ley y la prohibición, responsables supuestas de la falta de libertad en otros tiempos, y aparecido simultáneamente el concepto de lo inconsciente gracias al psicoanálisis, hubiéramos deseado ver emerger una subjetividad que se hace cargo que su responsabilidad. Un movimiento hacia la mayoría de edad de la humanidad habría incluido la responsabilidad por el propio inconsciente . En lugar de eso, lo que constatamos es un movimiento doble hacia la infantilización y hacia la victimización. Lo que encontramos en la hipermodernidad es el individuo sin palabras y sin responsabilidad hacia su sufrimiento íntimo. La extensión del psicoanálisis ha tenido algo que ver en esta tendencia en tanto entró en la cultura de masas proveyendo de un plantel de disculpas para cada sujeto: mi infancia desgraciada, mi padre maltratador, mi madre que me abandonó… Las coordenadas de mi infancia marcan lo que soy y hago, un nuevo determinismo. Es la lectura errónea que puede hacerse del descubrimiento freudiano.

El psicoanálisis rompe con la idea de inocencia de la víctima. No se trata de desconocer el sufrimiento que implica una situación de violencia como la que puede sufrir una mujer maltratada, pero nos orientamos mejor si en lugar de compadecer, adoptamos una posición en cierto modo “inhumana”: la de buscar la posición del sujeto frente a su sufrimiento y llevarlo a responsabilizarse de dicha posición para poder situarse mejor. 

Lacan llamó gocea esta fuerza interior que empuja a cada sujeto a repetir comportamientos que constituyen una satisfacción paradójica que no está del lado del placer sino del sufrimiento y que está en la base de los síntomas, lo que hace que erradicarlos no sea una tarea tan sencilla como querríamos.

Para el psicoanálisis, es la responsabilidad por los propios actos la que hace a la condición humana. El paso de la naturaleza a la cultura está representado por el pacto social que impone a cada uno la renuncia a una parte de las pulsiones que es incompatible con la vida en sociedad. Ante esa ley cada uno se sitúa a su manera y no hay castigo eficaz para la rehabilitación y la reinserción social si no viene precedido por la asunción de la responsabilidad subjetiva por el acto. Si un sujeto no logra integrar en su propia historia el acto cometido, hacerse cargo de su responsabilidad, que no es lo mismo que su culpabilidad, no hay posibilidad de redención ni reinserción. Se necesita un asentimiento subjetivo al castigo para que este sea efectivo

El psicoanálisis empieza siempre por la operación de rectificación subjetiva. Ningún sujeto puede curarse simplemente por el deseo de quitarse de encima el malestar que lo hace sufrir. Es necesario que lo tome como algo que le concierne íntimamente aunque no sepa exactamente en que consiste esa implicación.

Un juez tiene la potestad de des-responsabilizar a un sujeto de sus actos, declararlo inimputable, y quizá esto pueda tener su sentido en ciertos casos. Pero como psicoanalistas podemos afirmar que negar a cualquiera la posibilidad de hacerse cargo de las consecuencias de sus actos equivale a expulsarlo de la comunidad humana. Poner a alguien en posición de irresponsable equivale a deshumanizarlo y en ocasiones condenarlo a la peor autopunición sin posibilidad de apelar a un orden simbólico que lo ampare. No es precisamente una posición humanitaria sino lo todo lo contrario, a punto tal que sostenemos que existe el derecho a ser castigado.

Finalmente, lo que tienen en común los jueces y los psicoanalistas es que carecen de la fórmula universal y no tienen más remedio que enfrentarse a cada uno de sus casos con la perspectiva del uno por uno.

Freud dejó dicho que consideraba que había tres profesiones imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar, es decir, curar a los pacientes. Son imposibles en el sentido de que no logran su objetivo completamente, queda un resto, porque la pulsión no es completamente dominable. Para el psicoanálisis el reconocimiento de ese resto lo lleva a abandonar el objetivo de dominar las pulsiones y adquirir en cambio una dimensión ética: dejar en manos del sujeto la decisión de qué destino darle a lo que ha aprendido sobre si mismo en un análisis. Se trata en psicoanálisis no de una ética del bien, como la kantiana, sino de una ética del mal que habita en cada uno de nosotros.

QUÉ ES EL SUPERYO: CONCIENCIA MORAL Y ALGO MÁS.

Freud en su libro “El malestar en la cultura”  va a desarrollar la idea de que el control de las pulsiones promovido por la civilización va en detrimento de las posibilidades de felicidad debido a la renuncia que exige a los sujetos. Pero además, en este libro extraordinario Freud desarrolla su concepto de superyo, decisivo para pensar el enigma de la relación del sujeto con la ley y el nacimiento de la conciencia moral. Freud concluye que los seres humanos no tienen una disposición innata a socializarse, y que el hecho de que un niño consienta a domesticar sus pulsiones autoeróticas y la agresividad con sus semejantes tiene su origen en el miedo a perder el amor de sus padres. La criatura humana es tremendamente dependiente durante muchos años de su vida y el miedo al desamparo primitivo, que es quizá el terror más primario e imposible de erradicar, es la raíz de la sumisión a la ley.

Leer másQUÉ ES EL SUPERYO: CONCIENCIA MORAL Y ALGO MÁS.

PSICOANÁLISIS Y DERECHO: LA RELACIÓN CON LA LEY

Los jueces y los psicoanalistas se ocupan, desde lugares distintos, de lo que no marcha en la civilización. Las leyes, las costumbres, los ideales y valores educativos… son las invenciones que a lo largo de la historia el ser humano ha producido en su intento de que las cosas marchen, de que sea posible vivir bien y ser felices. 

En lo concerniente a la búsqueda de la felicidad de la que trata la mayor parte de los sistemas filosóficos, Freud trae una mala noticia: no hay posibilidad de erradicar el malestar humano. “El malestar en la cultura”, ese libro fabuloso que quizá sea el más recomendable para empezar a leer a Freud, dice que el malestar es estructural. La felicidad es un ideal imposible de alcanzar para el ser humano dada la materia de la que está hecho, que no es únicamente la materia de las ideas, sino que está también el cuerpo y sus pulsiones…

El psicoanálisis, además de una teoría sobre la naturaleza humana y una forma de tratamiento del sufrimiento psíquico, es también un poderoso instrumento para leer los fenómenos de la civilización y pertenece a su vocación participar de los grandes debates sobre los problemas a los que nos enfrentamos los seres humanos en cada época. Lo hace desde un lugar peculiar porque no entra en la dinámica del problema-solución al que tan aficionada es la subjetividad contemporánea que difícilmente tolera las aporías y contradicciones de lo humano. Las grandes preguntas sobre el origen del mal, la conciencia moral o la culpabilidad, que atraviesan tanto al psicoanálisis como al derecho, cuadran mal en nuestra época, que cree tener la solución para todo con la ciencia y la educación y, por qué no decirlo, con las normas, que quizá es una de las formas que toma la ley en la época contemporánea. Las normas proliferan, hay normas para todo, quizá como correlato de la dificultad creciente de la ley con mayúsculas para regular y poner límite a los impulsos asociales. Sin embargo, pese al empuje creciente de la ciencia, la educación y las normas, el sufrimiento psíquico, el malestar social, no parecen disminuir: los antidepresivos y ansiolíticos se demandan cada vez más, una gran parte de los niños toma medicación, y hay una sensación impotencia de las leyes para frenar fenómenos como la violencia dentro y fuera de la familia.

El ser humano es para el psicoanálisis como un animal enfermo porque no tiene instinto que lo guíe, dado que por su condición de hablante ha perdido la plenitud mítica que le presuponemos al resto de los seres vivos. Por eso constatamos que no hay seres humanos sin síntomas, sin inhibiciones, sin angustia…sin malestar.  La hipótesis de Lacan siguiendo a Freud es que hay una pérdida producida por la entrada en el lenguaje. Hay un límite a la satisfacción que podemos obtener, que es lo que en psicoanálisis llamamos la castración. No se puede alcanzar la satisfacción completa, el buen ajuste con la pareja, con nuestro propio cuerpo, con los objetos de satisfacción, con los otros que nos rodean. Todo eso está perdido para los seres sujetos al lenguaje que somos. La desgracia es que el lenguaje nos permite imaginar que sí podríamos alcanzar el “todo” si no fuera por el otro, por ejemplo, que podría enseñarnos más, darnos más amor, comprendernos mejor… y de ahí buena parte de nuestro malestar, porque el sujeto humano tiende a sentirse estafado, a sentirse una víctima.

La ley para el psicoanálisis es la ley de la castración: es la condición que dicta que nadie puede acceder a la satisfacción completa sino que cada uno, guiado por una pérdida originaria que toma distinta forma en cada uno, puede acceder a unas coordenadas singulares que orienten su deseo. El deseo es un concepto central en psicoanálisis, que es por definición de carácter inconsciente y singular, es diferente para cada persona. Quiere esto decir, y esto es algo muy importante y que solo el psicoanálisis sostiene, que el bien para cada uno no es el mismo. Es decir, que cuando como terapeutas buscamos el bien del paciente nos desorientamos. No porque esté mal desear el bien del otro, sino porque no es posible saber a priori cual es el bien para todos. La ley es universal pero cada uno la subjetiva a su manera. Por eso en psicoanálisis trabajamos siguiendo el axioma del caso por caso, no hay recetas para todos. La clave no es la conducta, que puede ser igual, sino la posición del sujeto, por ejemplo, para qué le sirve esa conducta.

Hay sujetos que se pliegan totalmente a la ley, que se sacrifican exageradamente para hacer existir un orden que solo está en su ideal, hay el que transgrede la ley a medias, el que no la reconoce o el que elige existir al margen de esa ley. Esa elección que cada sujeto hace respecto a su relación con la ley constituye el concepto fundamental que encontramos en el cruce entre psicoanálisis y derecho: la responsabilidad subjetiva, del que hablaremos en otro post. Cuando alguien transgrede la ley se sitúa por fuera de ella pero no siempre desde la misma posición subjetiva.

El sujeto humano está siempre en conflicto con la ley porque esta introduce un límite. La parte de las pulsiones que entra en conflicto con la ley es sometida al mecanismo de la represión. Pero no se trata de un mecanismo totalmente eficaz y aquello que es reprimido no por ello desaparece sino que puede retornar. Queda en lo que llamamos el inconsciente, pugnando por salir y expresarse de distintos modos.

Freud descubre que el contenido latente de la mayoría de los sueños está hecho de la realización de deseos inmorales. Todos los sueños son fundamentalmente sueños de transgresión. Uno sueña siempre, según Freud, en contra del derecho. El núcleo del sueño es una trasgresión de la Ley y sus contenidos son de egoísmo, de sadismo, de crueldad, de perversión, de incesto. Se sueña contra la Ley. En la formulación de Freud los soñadores son criminales enmascarados. Paradójicamente, por inhumano que pueda parecer, dirá el psicoanalista Jacques-Alain Miller, nada es más humano que el crimen. El crimen dice algo de lo más íntimo de la naturaleza humana: el conflicto con la ley.

La pulsión, concepto central del psicoanálisis, es el impulso resultante de la mordedura del lenguaje sobre el sujeto humano. Los animales tienen instintos que los llevan a su bien o el de la especie, y que tienen un objeto predeterminado e indubitable. Los humanos en cambio, tenemos pulsiones, que se caracterizan por un empuje que  no siempre coincide con el bien del sujeto y de la especie, y cuyo objeto es mucho más variable, además de inconsciente, correspondiendo a las profundidades del gusto de cada cual.

Lo que Freud va a descubrir es que la pulsión tiene un lado oscuro que nunca se deja dominar completamente al que denominó la pulsión de muerte, que no es educable ni domesticable y su particularidad más singular es que se satisface sí o sí más allá del bien del sujeto y de su voluntad consciente. Esto constituye un escándalo para la razón, pero el psicoanálisis lo verifica con cada persona que se acerca a hablar de lo que le sucede. Lacan llamó goce a esta fuerza interior que empuja a cada sujeto a repetir comportamientos que constituyen una satisfacción paradójica. Una satisfacción que no está del lado del placer sino del sufrimiento y que está en la base de los síntomas, lo que hace que erradicarlos no sea una tarea tan sencilla como querríamos. Este goce en el sufrimiento tiene que ver con un concepto fundamental del psicoanálisis: el superyo, al que dedicaremos el siguiente post.