EN UN PSICOANÁLISIS, ¿HAY QUE HABLAR DE LOS PADRES?

Es un estereotipo que en psicoanálisis uno se dedica a hablar de sus padres. Bueno, esta es la razón: la familia es la que nos introduce en el lenguaje, el lugar del Otro con mayúsculas, que es un elemento en la estructura del psiquismo, se encarna en la familia. La lengua que hablamos es siempre la lengua del Otro, que la hablaba antes que nosotros, que hablaba de nosotros antes de que naciéramos. Uno nace en la lengua, no es que la aprenda, es que como sujeto nace en ella. Lo que nos hace humanos es el lenguaje, tener que llamar a Otro que interprete nuestro grito en su lengua, con el malentendido fundamental que eso produce.

Lacan señala que el ser humano está más inacabado que cualquier otro animal en el momento de nacer, de manera que para la satisfacción de sus necesidades necesita del cuidado del Otro. Los animales de pequeños también necesitan el cuidado del otro, pero lo específicamente humano es llamar al Otro, y que ese Otro transforme los gritos en llamadas. La familia en el inconsciente es la tragedia de que la necesidad debe pasar por la lengua para ser atendida y en ese pasaje, algo se pierde. La necesidad debe ser traducida como demanda, y eso tiene un efecto traumático sobre las necesidades de los seres humanos, porque al pasar por la demanda se produce una desviación en las necesidades y estas aparecen marcadas por una falta: algo de la necesidad se pierde en el proceso, el lenguaje no alcanza para expresar toda la experiencia del cuerpo y queda un resto de algo que no puede pedirse , no puede decirse en palabras. Este resto es lo que en psicoanálisis vamos a llamar el objeto. Por su propia naturaleza es un objeto perdido para siempre: es aquello que de la necesidad no puede decirse en el lenguaje, y va a dar lugar al deseo y a la pulsión, que son también dos conceptos fundamentales en psicoanálisis.

El deseo es aquello que se vehicula en lo que el sujeto pide pero no está explicitado, la parte escondida que puede interpretarse en lo que se ha dicho. El deseo no es la falta de un objeto que existe. Es una falta excavada por el lenguaje, por el hecho de hablar. Es nefasto confundir el objeto del deseo, que es singular e indecible en cada uno, con el objeto que viene a cubrir una necesidad. En la vida amorosa a menudo se eligen objetos triviales como signo de amor: una flor, una cajita… y eso tiene mucha más potencia como signo de amor que dar un fajo de billetes. Lacan nos advierte de que es muy peligroso responder a la demanda de amor con lo que tenemos. Confundir la demanda de amor con la satisfacción de la necesidad lleva a un aplastamiento de la demanda de amor y del deseo, lo que tiene consecuencias fatales. Muchos casos de anorexia dan testimonio de esto.

La pulsión es lo que nos hace ser, en palabras de Lacan, animales enfermos. En lugar de tener un instinto que nos guiaría hacia el objeto que necesitamos (comer lo que necesitamos, reproducirnos, realizar nuestras necesidades biológicas…), todas nuestras funciones como organismo quedan profundamente perturbadas y sustituidas por la pulsión: un impulso no natural que se manifiesta con insistencia sin conocer nunca la satisfacción que le permita acabar. Lo que va a suceder es que a través de los objetos pulsionales el sujeto no se procura exclusivamente el placer sino que algo en él se anuda con su más allá. A diferencia de la necesidad biológica, que cesa cuando está satisfecha, la pulsión no descansa y empuja al sujeto a buscar una satisfacción que nunca se colma del todo, y en esta búsqueda loca transgrede los límites del placer.

La castración es la operación por la cual el sujeto acepta un límite puesto al goce mítico que se supone absoluto y que queda perdido para siempre por la introducción del lenguaje. A partir de ahí el objeto al que se dirige el deseo no será nunca igual a su causa, que es un objeto perdido y por eso el objeto que se encuentra nunca es el adecuado. Esta es la traducción en términos estructurales que hace Lacan del mito Edípico que utilizó Freud.

Entonces, está primeramente la función de la familia como lugar del Otro de la lengua, del que hablábamos al principio, y tenemos también la familia como lugar del Otro de la ley, como encarnación de un espacio donde está prohibido el goce “absoluto”, que en lenguaje psicoanalítico sería para ambos sexos gozar de la madre, porque ese modo de relación es el primero para todo ser humano. La familia es el lugar que enseña que ese goce supremo está prohibido y que hay que gozar de otra cosa.

La familia es un mito que da forma épica o novelesca a lo que opera a partir de la estructura, porque es la estructura del lenguaje mismo lo que nos separa del goce. Pero eso se encarna en la familia, y las historias familiares que uno cuenta en el análisis son la historia de cómo el goce le ha sido robado al sujeto. En la familia se prohíbe el goce absoluto y se propone un goce sustitutivo, el goce de la castración. En la familia que lo introduce a uno en el lenguaje, uno sufre la pérdida del goce total mítico y encuentra la manera de sustituirlo por otro goce “castrado”, que es lo que llamamos goce fálico: un goce intermitente, que empieza y termina, está y no está….

Lacan abandona el Edipo mítico y lo toma como una estructura simbólica, con lugares y funciones, que remite a la entrada en el lenguaje. El complejo de Edipo es el proceso de fabricación de un individuo humano, sujeto a la palabra y al deseo, el paso de la naturaleza a la cultura.

Lo que en psicoanálisis se llama la función del Nombre del Padre es la función de la ley, la función de acotar el goce, el de la madre y el del hijo, de situarlo dentro de determinados límites. Se trata, como hemos visto, de la renuncia a la satisfacción total, que se va a sustituir, y esto es escandaloso, por la satisfacción ¡¡en el síntoma!!. No hay ser humano sin síntoma porque ningún padre en su función de simbolización alcanza a limitar TODO el goce, va a decir Lacan : El símbolo no acaba totalmente con la pulsión. Dicho de otro modo, el padre, como lugar en la estructura, falla siempre. Por eso tenemos síntomas. Y por eso en un análisis hablamos de cómo algo no pudo ser dicho, metaforizado, simbolizado, y quedó insistiendo. El síntoma es una especie de interpretación de lo que no puede decirse. Es un intento de cifrar lo traumático, que es el encuentro con el goce, aquello que el lenguaje no alcanza a recubrir. Así que el síntoma, en cierto sentido, es algo a reivindicar porque en él se expresa algo de lo más propio del sujeto, lo que ha escapado al lenguaje y la educación que sería para todos igual. Por eso desde el psicoanálisis defendemos la función del síntoma. Esa es la política del psicoanálisis orientado por Lacan. No hay ser hablante sin síntoma. Pero esa no es la dirección que marca esta época del derecho a la felicidad, de la psicología positiva, la ciencia, la prevención etc.

 

 

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: