LO QUE UN PSICOANÁLISIS NO ES

En un tratamiento orientado por el psicoanálisis no se trata de empatizar y comprender al paciente. El psicoanalista deja de lado sus propias coordenadas de pensamiento, para lo cual tiene que haberse analizado mucho, y suspende todo juicio, se abstiene de juzgar sobre la vida del paciente. Esto no significa que no se implique en la cura. Lo hace y mucho, por cierto, pero a partir del saber que se va elaborando junto con el paciente en cada sesión, no a partir de una idea preestablecida.

En segundo lugar, un análisis no es una experiencia intelectual, un conócete a ti mismo. Uno no va a un análisis para conocerse a si mismo. Uno no se dirige a un desconocido para contarle cosas íntimas si no es porque se encuentra mal. Además, el análisis tiene en general la orientación de molestar la defensa y puede ser un hablar desconcertante, porque el analista escucha en las palabras de uno otra cosa que lo que uno pensaba que decía, lo saca de su zona de confort y de sus rutinas habituales, que son las que lo llevan a sus sufrimientos habituales. Es en esa repetición donde nuestro inconsciente trabaja para producir los sentidos que nos hacen sufrir y de los que secretamente, a nuestras espaldas, obtenemos una satisfacción. Digo a nuestras espaldas para remarcar por qué no basta con sentarse a escribir nuestros pensamientos: es porque uno se hace trampa a si mismo.

En un psicoanálisis uno reflexiona, piensa, pero no es ese el resorte fundamental, porque no es un proceso intelectual. No se trata de decir cosas inteligentes ni de saber construir frases estéticamente hermosas. El psicoanálisis reposa sobre la ética del bien decir, que es diferente del discurso bello. Se trata de decir con nuestras palabras lo que nos sucede, esforzarse en cernir con las palabras más ajustadas posible el asunto que nos concierne. No es tanto comprender sino decir la palabra justa que viene a nombrar lo que nos sucede. Cuando uno habla uno no sabe realmente lo que dice. El analista está ahí para hacerlo oír, a veces repitiendo una palabra ya dicha en otro contexto, a veces con un corte en el discurso repetido que el paciente trae, que lo deja súbitamente en suspenso, o con un silencio que puede tener el mismo efecto que una palabra elocuente… No se trata por tanto de una intelectualización sino más bien de lo contrario.

Tampoco un psicoanalista no es un coach que nos aconseja cuál es el mejor camino a seguir. Para eso el analista tendría que saber cual es el buen camino para todos. El analista no normaliza porque sabe que para cada cual hay algo que obstaculiza esta normalización. Que si el paciente no ha seguido ya los buenos consejos que seguramente le han proporcionado las almas buenas que sin duda existen en la vida de cada cual, no es porque es tonto o torpe, sino por otra razón de peso que le impide adecuar su conducta a lo que dictan los discursos comunes. En cada caso, el camino a seguir será distinto en función de la singularidad del paciente. No hay dos análisis iguales y es por esto que cuando dos analizantes de un mismo psicoanalista se encuentran y hablan de él puede parecer que hablan de dos personas distintas.

El análisis no es tampoco una terapia como las demás: en el resto de psicoterapias, y creo que ninguna hace excepción salvo el psicoanálisis, está la idea de curación, de que finalmente el paciente puede ser reeducado para acordar a las normas, los ideales comunes y la realidad. El discurso psicoanalítico es el único que parte de la idea de que hay en el ser humano algo que no se cura, algo que el lenguaje y la educación no alcanzan a tocar, algo que cojea: ese algo es el síntoma, que se constituye en problema y solución, ya que es lo que preserva a ser hablante de ser completamente colonizado por el discurso del Otro, lo que nos preserva de ser programables por el ideal social. O sea, que eso que me hace desgraciado o me molesta o simplemente me aleja de desplegar todo mi potencial, puede ser por otro lado aquello que hace signo de mi resistencia a ser el hijo perfecto para mis padres, por ejemplo, o un modo de arreglárselas con lo que me traumatizó.

Por ejemplo, una paciente trae su sufrimiento desde siempre debido a la marcada preferencia de su madre por su hermano. Ella se dedica a una profesión ligada a las financias en la que ella se dedica a “contar”. Podríamos decirlo así, ella es alguien que cuenta. En su trabajo es bien valorada y podríamos decir que ella alcanza a arreglárselas para buscar la valorización del otro que le faltó: ella es alguien que cuenta. Cuando el síntoma se hace demasiado problemático y trae más problemas que arreglos el análisis puede ayudar a encontrar nuevas soluciones. En este caso, situarse tanto del lado del brillo del que tiene, lo que en psicoanálisis llamamos del lado fálico, era un buen arreglo en su trabajo, pero traía problemas en las relaciones amorosas. Se trataba entonces de encontrar otro modo de contar para el otro desde otro lugar.

Esto sería un caso de neurosis, lo que llamaríamos “la normalidad”, aunque de normal no tiene nada porque se puede sufrir enormemente de ello. Pero el psicoanálisis orientado desde la enseñanza de Lacan se aplica también al tratamiento de los sujetos que llamamos psicóticos. La psicosis no es lo mismo que la locura. A veces, sí, cuando nos encontramos con delirios, pero un sujeto psicótico es aquel que no cuenta en su estructura con la vía de lo que llamamos el nombre del padre, que sería el arreglo común, para apoyarse y anudarse, y esta ausencia del nombre del padre lo confronta permanentemente a tener que inventar una vía propia para encontrar un sentido en la vida y sentirse bien en su cuerpo y en las relaciones con los otros. Para el psicoanálisis la psicosis no tiene necesariamente el sesgo de un déficit, sino de un modo diferente de anudamiento sintomático. Muchos artistas, por ejemplo, lo son, por el empuje a la invención y la creación que se encuentra en estos sujetos.

Jacques Alain Miller ha acuñado la expresión “psicosis ordinaria” para dar cuenta de personas que sin haber desencadenado un delirio psicótico, muestran pequeños índices que muestran una estructura psicótica. Son sujetos que muestran una dificultad especial para encontrar su lugar en el mundo, para estar con otros o para ubicarse en el mundo laboral, o bien todo lo contrario, tan superidentificados con su trabajo que la pérdida de este los puede llevar a un derrumbe subjetivo que desemboque incluso en un suicidio. Puede tratarse de personas que tienen una relación de extranjeridad con su cuerpo, que recurren a recubrirlo de tatuajes o de piercings, o bien sufren de dolencias corporales muy masivas sin causa médica aparente.

Un cuerpo no es un organismo, está articulado al lenguaje, no se rige únicamente por las leyes de la medicina. Para cada sujeto la articulación del cuerpo y el lenguaje es singular. Por ejemplo una paciente acude desesperada por unas algias faciales atroces que le arruinan la vida constantemente. Toda su vida ha estado jalonada por problemas de salud de etiología misteriosa, que el analista ayuda a situar en situaciones vitales importantes: mudanzas, inicio de la escolaridad, adolescencia, separación de los padres, matrimonio… como si cada acontecimiento de su vida tuviera dificultades para ser asimilado por su psiquismo y viniera a encarnarse en su cuerpo como un exceso, un “demasiado lleno” que ella experimenta como dolor en el cuerpo y la moviliza por completo. Esta señora viene a hablar con su analista de lo que la desborda. De este modo va pudiendo encontrar modos de decirle al Otro lo que la angustia o la enfada, o lo que le resulta insoportable. Las algias disminuyen notablemente sin desaparecer del todo, pero ahora esta paciente puede tomarlas como signo de que algo no va bien y debe ser tratado de otro modo.

La práctica del psicoanálisis en la psicosis muestra que el resorte fundamental del psicoanálisis no es un “conócete a ti mismo” sino más bien un “anúdate a ti mismo”, en este caso buscar algo que pueda suplir la falta de un anudamiento común.

Por último, para los que alguna vez han pensado que el analista es una especie de gurú que manipula o guía el pensamiento de sus pacientes: pues bien, un análisis es más bien lo contrario, el analista dirige la cura pero no dirige la conciencia. Si bien la persona que sufre se dirige a él o ella con la suposición de un saber sobre su sufrimiento, dándole un crédito que es la base de la transferencia, resorte fundamental de la cura, el analista no utiliza los resortes de la seducción o el responder a la demanda de amor. Tampoco se identifica la posición de saber que le otorga el analizante, porque sabe bien que el saber sobre el analizante, su inconsciente, su síntoma y su goce, es algo a construir, a descifrar, a cernir. Es cierto que el analista cuenta con la experiencia de su propio análisis y tiene una idea de la dirección que la cura ha de seguir, pero sabe que el asunto fundamental, la singularidad de aquello que en cada uno escapa a las palabras no permite ningún saber preestablecido, ninguna posición de maestro o gurú, a menos que pretenda taponar la pregunta que todo síntoma es o acabar con el análisis antes de que este haya podido comenzar. Esto no significa que el analista no pueda hablar o responder a determinadas preguntas del analizante. Pero el análisis no se nutre de las respuestas del analista a las preguntas del analizante a partir de un saber preexistente. Si fuera así, bastaría con leer muchos libros de psicoanálisis, pero por desgracia, leer a Freud, por enriquecedor que resulte, no le ahorra a nadie el trayecto de un análisis.

 

 

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