POR QUÉ EL PSICOANÁLISIS ES ÚTIL PARA PENSAR LO SOCIAL

Hay un prejuicio de que el psicoanálisis no se ocupa de lo social. Es cierto que el psicoanálisis es fundamentalmente una práctica de uno por uno, sin embargo sabemos que el sujeto no está solo. De hecho, al sujeto lo precede siempre el Otro, porque el sujeto está hecho de palabras, y las palabras son siempre las palabras del Otro. Un psicoanálisis, se puede decir así, es escuchar hablar al Otro que habita en cada uno de nosotros, ese Otro al que normalmente no escuchamos porque lo recubrimos con los ropajes del yo, de la propia voluntad… En un psicoanálisis se hace la experiencia de escuchar lo que del Otro habita en nosotros, las palabras que nos han dejado una marca, que nos han hecho posicionarnos de determinada forma en la vida, el guión que nos guía en la vida sin saberlo.

Las palabras que han dejado huella en cada uno son singulares, no son compartidas, pero el Otro social va cambiando y tomando formas en función de la época. No es lo mismo el Otro en los tiempos de Freud, en el siglo XIX y principios de XX, que ahora en el siglo XXI. Es por eso que los síntomas tampoco van a ser los mismos. Y por supuesto los fenómenos sociales.

Lacan va a decir “el inconsciente es la política”. Es una de esas citas donde trata de romper los lugares comunes. Por ejemplo el de que el inconsciente tiene que ver con algo que estaría encerrado en el interior del individuo.

¿Por qué ahora triunfan discursos como los de Trump o Marine Le Pen? ¿por qué crece la xenofobia? ¿por qué hay cada vez más adicciones hasta el punto de que cualquier objeto es susceptible de convertirse en adictivo, del trabajo a ejercicio físico, las sustancias o los vídeos pornográficos? ¿por qué crece la desinserción social y el número de sujetos que se caen del sistema o no encuentran su lugar en él? Debajo de los fenómenos sociales que hoy podemos observar, debajo del odio al otro que hoy vemos proliferar por todas partes con el ascenso de los partidos de extrema derecha y la extensión de la violencia entre iguales (bullying) o contra las mujeres, debajo de fenómenos como el racismo, el sexismo, del nacimiento de las tribus urbanas como nuevos modos de identificación, del auge de los radicalismos religiosos y de los nacionalismos, están los procesos inconscientes. Está el cómo se configura el aparato de pensar y de sentir de los seres humanos. Y eso, a diferencia de lo que propugnan los discursos comunes, ni es genético ni se aprende. Se configura en la relación con el Otro, que es algo diferente. Lacan, para referirse a aquello que tiene que ver con el “medio ambiente” del cual somos los efectos y que nos constituye en nuestros gustos, modos de gozar, elecciones de ideales etc. no habla de educación ni de sociedad, propone un término diferente, que es el de discurso, que tiene que ver con articulaciones posibles de la red simbólica en su manejo de lo real, que es lo que resiste a cualquier simbolización y tratamiento a través de la imagen.

Tomemos el ejemplo de la guerra como fenómeno universal en la civilización humana. La violencia en los seres hablantes no es explicable por una causa natural o biológica como la que podemos atribuir al mundo animal (instinto de supervivencia o de dominio). La cultura humana, fundada en la acción de los efectos simbólicos del lenguaje sobre el cuerpo, desnaturaliza de tal manera el registro biológico de los instintos, que ningún acto propiamente humano puede entenderse ya fuera del registro simbólico. La guerra es un producto de la civilización en tanto implica siempre un discurso. La guerra no es un retorno a los instintos cuando se abandona la civilización, ni es tampoco una pelea entre dos, marcada por el predominio de la rivalidad con el semejante. La guerra está hecha de discurso y muchas guerras y actos de violencia se llevan a cabo en nombre del bien y de altos ideales civilizatorios.

La cultura desde el psicoanálisis la podemos pensar como el intento de anudar cuerpo y lenguaje, dos elementos heterogéneos que no se llevan bien: el lenguaje y el cuerpo. Son elementos heterogéneos, y el resultado es que el ser humano no encuentra nunca la buena regulación de sus pulsiones, de sus impulsos. Es de esto que trata buena parte de la filosofía, y podemos decir que las culturas son eso: los intentos históricos de encontrar la buena manera de limitar el goce, de articular en los sujetos lo simbólico al cuerpo.

Para regular nuestra relación con la pulsión, con la satisfacción de los impulsos, la época de Freud se servía de la prohibición. Los sujetos estaban limitados por todo tipo de restricciones en la relación con la satisfacción de sus pulsiones.

La época actual hace al contrario: trata de domesticar la pulsión entreteniéndola con todo tipo de objetos para su satisfacción engañosa. Nos encontramos con una especie de empuje a la satisfacción. Eso no significa que la tentación de combatir la pulsión con la prohibición haya desaparecido, ni mucho menos. Ahí tenemos todos los hábitos higienistas de vida sana que hoy son un verdadero imperativo, así como el fortísimo empuje de la pedagogía en su versión más siniestra, que nos promete la felicidad a través de la educación o de la domesticación directamente: Supernanny y Hermano mayor, dos programas con altísimas cotas de audiencia, son un buen ejemplo de esto.

Sin embargo, la actual cultura que pone en primer plano los objetos de consumo produce malestares distintos a los que producía la cultura de la renuncia a la satisfacción de los impulsos propia de la sociedad victoriana. Es lo que llamamos los síntomas contemporáneos, de los que hablaremos en otra próxima entrada.

 

 

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