¿POR QUÉ EL PSICOANÁLISIS HOY?

La idea de lo que es un psicoanálisis a menudo pasa por un montón de estereotipos e ideas erróneas, como que se trata de una experiencia para intelectuales, que no se acaba nunca, que es para gente con dinero, que no es aconsejable en la psicosis o que no es para los niños. Lo cierto es que el psicoanálisis es lo más alejado de una práctica rígida y en absoluto se trata de una experiencia hermética reservada a unos pocos. Lejos de lo que dicen algunos estereotipos, el psicoanálisis es un modo muy eficaz de tratar la angustia y los síntomas de todo tipo, incluidos los más graves. Su eficacia se sostiene en la ganancia de libertad que supone separarse de aquello en lo que uno está enredado sin saberlo y que le impide disfrutar de la vida y desplegar sus potencialidades.

El psicoanálisis está tan indicado en ese adolescente desorientado que no puede estudiar o que tiene conductas violentas o incomprensibles como en la joven anoréxica que además se hace cortes en el cuerpo, en ese niño que no termina de aprender hablar o tiene demasiadas enfermedades sin razón médica aparente. El psicoanálisis es para la persona que sufre porque siempre se encuentra fuera de lugar en sus relaciones personales, o en quien considera que todo está bien en su vida pero sin causa aparente se siente angustiado y no duerme bien, o en quien sufre porque depende demasiado de su pareja, o en quien tiene pensamientos que lo atormentan, la lista es larga… El psicoanálisis es además una herramienta privilegiada para orientar a todos aquellos que en su práctica profesional, ya sea en el campo de la educación, el trabajo social, la medicina, el campo judicial, la medicina o la psicología, se confrontan al sufrimiento psíquico y a los pasajes al acto, a veces dramáticos, de aquellos a quienes tienen que atender.

¿Por qué una persona puede plantearse ir a un psicoanalista? Porque le pasa algo que le hace sufrir, a lo cual se añade una cierta idea de que eso que le pasa tiene que ver consigo mismo, no es algo que le cae encima como una enfermedad orgánica, tiene que ver con su subjetividad. Es decir, tiene lo que llamamos un síntoma, que es un concepto central del psicoanálisis.

Hay que decir que la idea que el discurso del psicoanálisis tiene de lo que es un síntoma se aleja de la idea de la medicina y la psiquiatría, ya que el psicoanálisis no considera el síntoma sólo como un problema, sino que lo toma también como una solución, o más bien como un modo de funcionamiento, que en algún momento puede dejar de ser útil porque tiene más problemas que beneficios y por tanto conviene hacer algo con eso.

En la definición clásica de Freud los síntomas son actos nocivos o inútiles que el sujeto realiza contra su voluntad, experimentando sufrimiento y que agotan su energía psíquica y algunas veces lo incapacitan para realizar otras actividades. El psicoanálisis freudiano llegó para descubrir que en los síntomas que hacían sufrir a los sujetos impidiéndoles alcanzar sus objetivos en la vida tenían un sentido inconsciente que el sujeto ignoraba, y cuya restitución podía permitir el levantamiento del síntoma. Habría una verdad reprimida cuyo retorno aparecía en el síntoma. En un segundo momento de su teoría, Freud va a descubrir algo aún más asombroso, y es que en el síntoma no solo hay un sentido oculto, sino también una satisfacción que no puede ser sentida como tal, algo se satisface en los síntomas, que hace que su eliminación sea más difícil de lo que podríamos suponer.

La novedad que va a introducir el psicoanalista francés Jacques Lacan es la idea de que el síntoma no es una disfunción sino que es más bien un funcionamiento.

Lo que el psicoanálisis orientado por Lacan sabe es que el síntoma no se puede atacar de manera directa porque tiene una función en la subjetividad. El odio al síntoma, el empeño en eliminarlo a toda costa, que es lo que encontramos hoy en nuestra civilización de forma cada vez más dura, ocasiona una cronificación e incluso un recrudecimiento de los síntomas, por ejemplo de la violencia, que es con lo que se encuentran los profesionales de la educación, del trabajo social, de los ámbitos psi etc.

La orientación fundamental que nos mueve, es que al síntoma hay que escucharlo, porque es la respuesta (inconsciente) del sujeto frente al trauma.

¿Qué es un trauma para el psicoanálisis?

Digamos que en toda experiencia humana hay un momento en que determinada experiencia no alcanza a ser pasada por el lenguaje, no hay palabras que puedan nombrarla y se produce una marca que toca el cuerpo y queda como fijación. Esa marca de ahí en adelante llama a una repetición del acontecimiento traumático. Trauma es el nombre que le ponemos a aquello que no puede ser pasado por el aparato de simbolizar ni de imaginarizar. El trauma es universal, no hay ser humano sin trauma porque por estructura, el lenguaje no alcanza para decirlo todo. En la infancia de cada cual hay algo que produce un efecto en el cuerpo y que no puede ser atrapado con las coordenadas simbólicas con las que el niño cuenta en ese momento. Es algo que no tiene otro autor más que la estructura, pero el aparato psíquico rápidamente va a trabajar para atribuirle un autor, organizar un poco las cosas en una ficción que es lo que Lacan va a llamar la novela familiar del neurótico.

El trauma es un acontecimiento singular para cada uno. No hay acontecimientos que sean traumáticos en si mismos. Una misma experiencia puede ser vivida como traumática por una persona y no por otra. La condición para que algo sea traumático es que en el momento en que se vivió no pudiera ser simbolizado. En ese sentido es paradigmático el trauma relatado por Graciela Brodsky, una analista de la ELP, que pudo llegar a localizar, en los orígenes de una infancia feliz como hija única muy amada por sus padres lo que constituyó un momento inaugural de la repetición que ella pudo localizar en el análisis. Sus padres vuelven con ella de una fiesta, armando mucha bulla, con risas, canciones, gritos, la balancean entre los dos y en determinado momento la suben encima de un armario y desde abajo le hacen bromas, risas, ruido… Ella rompe a llorar y toda la cosa festiva cae, los padres la bajan, tratan de calmarla, ella llora desconsolada… Ella había podido localizar en su análisis una fórmula fantasmática que guiaba su vida “soy la que le arruina la fiesta al otro”, era su modo de estar en la vida. Este recuerdo banal, donde puede localizar su malestar ante la alegría de los padres al venir de la fiesta, que para la niña muy pequeña que era en aquel momento era una algarabía sin sentido que no podía entender, permite construir el agujero en lo simbólico. Es un ejemplo de trauma diferente de lo que se suele entender por lo traumático.

En otros casos se puede localizar lo traumático como la idea más clásica de un acontecimiento vivido por el sujeto que produce un intenso afecto doloroso, pero no siempre es algo “extraordinario”. Puede ser por ejemplo la tristeza de una madre deprimida que el niño no puede comprender. En general todo aquello que produce un efecto de “exceso” imposible de tramitar a través de las palabras puede tener un efecto de trauma, de agujero en la estructura.

El síntoma para el psicoanálisis, entonces, es una defensa frente a lo imposible de soportar, frente a algo que el sujeto no pudo hacer entrar en lo simbólico, y siempre hay algo de esa naturaleza. El trabajo del análisis es reconstruir la necesidad de ese síntoma: por qué y para qué surgió: qué vino a resonar con ese agujero en la estructura, qué reactualizó el trauma. Para eso el analista tiene que saber detectar qué parte del discurso del paciente corresponde, no a su discurso consciente, sus explicaciones conscientes sobre lo que le pasa, sino a algo de otro orden, de un orden lógico, podríamos decir. Algo que se repite, por ejemplo, una articulación curiosa… El analista no le dice, lo que yo entiendo que tu quieres decir es tal cosa, no apunta al sentido común, a la realidad construida por los discursos comunes, sino a lo real, lo que no pudo inscribirse y que funciona como causa de todo lo que un dice, porque finalmente, en un análisis uno puede darse cuenta de que siempre habla de lo mismo. El analista apunta a hacer un corte en ese falso discurso, que es falso, no porque no sea sincero, es lo que el paciente sabe, sino porque es un discurso que al sujeto le es totalmente inútil para avanzar en su sufrimiento.

Entonces, no hay que precipitarse en comprender, porque lo único que conseguiríamos es detener el discurso y alimentar ese síntoma con sentido. Es más interesante que el sujeto pueda tomar su síntoma como enigma que, no obstante, quiere decir algo.

Aquí me parece pertinente introducir una pregunta que a menudo se escucha, sobre si hablar de lo que a uno le pasa hace siempre bien. Es una idea muy extendida, la de que hay que “sacar las cosas”, no quedárselas dentro, etc. Pues bien, el caso es que no siempre hablar hace bien, o mejor dicho, hablar de cualquier manera no siempre es bueno, y en el análisis no se trata de hablar por hablar. De hecho, darle libre curso al inconsciente en un circuito sin final más bien engorda el síntoma, lo nutre de goce, que es satisfacerse en el sufrimiento. La cuestión es cómo contrariar esa inflación de sentido y producir la caída de ciertas posiciones que tienen que ver con el sufrimiento del sujeto. Para lograr eso el analista tiene que molestar algo y evitar situarse como un alma buena que comprende al paciente, se pone en su lugar y lo compadece.

 

 

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