PSICOANALISIS Y CRIMINOLOGÍA: SOBRE LA RESPONSABILIDAD SUBJETIVA


El paradigma cientificista que impera hoy en la psicología y la psiquiatría reduce la complejidad de lo humano a una conducta, que se supone determinada por la genética, la bioquímica o los patrones de comportamiento aprendidos.

En su texto de 1950 “Introducción a las funciones del psicoanálisis en criminología”, incluido en sus “Escritos”, Lacan denunciaba que tanto el derecho penal como la criminología derivaban cada vez más hacia una concepción sanitaria que basa en la psiquiatría y sus categorías nosológicas la determinación de la responsabilidad de los sujetos que delinquen hacia sus actos. En esta línea va la tendencia actual de dejar el juicio en manos de peritos “expertos” que determinan si el sujeto es o no responsable de su acto. Se desdibuja así la noción de responsabilidad que ahora se refiere a normas médicas y no tanto jurídicas.

Este paradigma elude el problema de la libertad y la responsabilidad humana. Elude el problema fundamental de la causa de los comportamientos. Desde el  psicoanálisis no cabe la ingenuidad de creer en la libertad total porque ningún ser humano es una página en blanco sino que está constituido por unas marcas fundamentales que lo constituyen: el deseo del que es producto, los significantes fundamentales que lo precedieron y lo acompañaron en su infancia, sus experiencias infantiles y adolescentes… pero no hay ningún determinismo en esto. Entre todas estas marcas y el acto de un sujeto, está el factor fundamental al que debemos apuntar siempre: la posición subjetiva. Esta es la razón por la que Lacan defiende que el psicoanálisis es ante todo una experiencia ética, y que está hecha para sujetos que se toman en serio su existencia y quieren hacerse las preguntas necesarias para orientarse sobre su posición subjetiva, es decir, sobre su implicación en el sufrimiento que los aqueja. 

Lacan en esto, es tajante, enunciando: “de nuestra posición de sujetos somos siempre responsables”.

A diferencia de la psiquiatría y de otras orientaciones de la psicología, el psicoanálisis de orientación lacaniana no opera con clasificaciones. Tanto en los casos de delito como en los tratamientos, no se trata de encasillar a los sujetos dentro de una categoría diagnóstica sino de llevarlos a tomar una posición de responsabilidad frente a sus actos

El psicoanálisis nos enseña que, finalmente, en la vida uno sigue un guión escrito del que desconoce la mayor parte y que con frecuencia nos lleva a sufrir en exceso. La ilusión cartesiana de la plena conciencia de uno mismo como guía es desmontada por la experiencia del análisis. En la modernidad, una vez caídas la religión y las grandes figuras de la Ley y la prohibición, responsables supuestas de la falta de libertad en otros tiempos, y aparecido simultáneamente el concepto de lo inconsciente gracias al psicoanálisis, hubiéramos deseado ver emerger una subjetividad que se hace cargo que su responsabilidad. Un movimiento hacia la mayoría de edad de la humanidad habría incluido la responsabilidad por el propio inconsciente . En lugar de eso, lo que constatamos es un movimiento doble hacia la infantilización y hacia la victimización. Lo que encontramos en la hipermodernidad es el individuo sin palabras y sin responsabilidad hacia su sufrimiento íntimo. La extensión del psicoanálisis ha tenido algo que ver en esta tendencia en tanto entró en la cultura de masas proveyendo de un plantel de disculpas para cada sujeto: mi infancia desgraciada, mi padre maltratador, mi madre que me abandonó… Las coordenadas de mi infancia marcan lo que soy y hago, un nuevo determinismo. Es la lectura errónea que puede hacerse del descubrimiento freudiano.

El psicoanálisis rompe con la idea de inocencia de la víctima. No se trata de desconocer el sufrimiento que implica una situación de violencia como la que puede sufrir una mujer maltratada, pero nos orientamos mejor si en lugar de compadecer, adoptamos una posición en cierto modo “inhumana”: la de buscar la posición del sujeto frente a su sufrimiento y llevarlo a responsabilizarse de dicha posición para poder situarse mejor. 

Lacan llamó gocea esta fuerza interior que empuja a cada sujeto a repetir comportamientos que constituyen una satisfacción paradójica que no está del lado del placer sino del sufrimiento y que está en la base de los síntomas, lo que hace que erradicarlos no sea una tarea tan sencilla como querríamos.

Para el psicoanálisis, es la responsabilidad por los propios actos la que hace a la condición humana. El paso de la naturaleza a la cultura está representado por el pacto social que impone a cada uno la renuncia a una parte de las pulsiones que es incompatible con la vida en sociedad. Ante esa ley cada uno se sitúa a su manera y no hay castigo eficaz para la rehabilitación y la reinserción social si no viene precedido por la asunción de la responsabilidad subjetiva por el acto. Si un sujeto no logra integrar en su propia historia el acto cometido, hacerse cargo de su responsabilidad, que no es lo mismo que su culpabilidad, no hay posibilidad de redención ni reinserción. Se necesita un asentimiento subjetivo al castigo para que este sea efectivo

El psicoanálisis empieza siempre por la operación de rectificación subjetiva. Ningún sujeto puede curarse simplemente por el deseo de quitarse de encima el malestar que lo hace sufrir. Es necesario que lo tome como algo que le concierne íntimamente aunque no sepa exactamente en que consiste esa implicación.

Un juez tiene la potestad de des-responsabilizar a un sujeto de sus actos, declararlo inimputable, y quizá esto pueda tener su sentido en ciertos casos. Pero como psicoanalistas podemos afirmar que negar a cualquiera la posibilidad de hacerse cargo de las consecuencias de sus actos equivale a expulsarlo de la comunidad humana. Poner a alguien en posición de irresponsable equivale a deshumanizarlo y en ocasiones condenarlo a la peor autopunición sin posibilidad de apelar a un orden simbólico que lo ampare. No es precisamente una posición humanitaria sino lo todo lo contrario, a punto tal que sostenemos que existe el derecho a ser castigado.

Finalmente, lo que tienen en común los jueces y los psicoanalistas es que carecen de la fórmula universal y no tienen más remedio que enfrentarse a cada uno de sus casos con la perspectiva del uno por uno.

Freud dejó dicho que consideraba que había tres profesiones imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar, es decir, curar a los pacientes. Son imposibles en el sentido de que no logran su objetivo completamente, queda un resto, porque la pulsión no es completamente dominable. Para el psicoanálisis el reconocimiento de ese resto lo lleva a abandonar el objetivo de dominar las pulsiones y adquirir en cambio una dimensión ética: dejar en manos del sujeto la decisión de qué destino darle a lo que ha aprendido sobre si mismo en un análisis. Se trata en psicoanálisis no de una ética del bien, como la kantiana, sino de una ética del mal que habita en cada uno de nosotros.

ANOREXIA , BULIMIA, OBESIDAD: SÍNTOMAS DE LA CONTEMPORANEIDAD

La relación con la comida no es una relación natural, está instalada en el campo de la cultura. La dimensión epidémica actual de estas patologías puede ser explicada a partir de la alteración del orden simbólico que reglamentaba la relación con los alimentos. La relación del ser hablante con la comida implica siempre la relación con el Otro. Dicho de otra forma: el ser humano nunca come solo, aunque esté en una isla desierta, para él la comida incluye siempre una humanización simbólica: desde la organización simbólica en tres comidas: desayuno-comida y cena, los códigos de buenos modales, lo que se considera apto y bueno para comer o por el contrario no comestible…Es decir, que la comida en el ser humano no es solo un acto de nutrición sino que está sujeto necesariamente a una reglamentación que nos separa de la devoración del otro, y por el otro y nos introduce en un orden, en el “buen provecho”  de la regulación alimentaria como explica Domenico Cosenza en sus dos libros, “El muro de la anorexia” y “La comida y el inconsciente”, fundamentales para acercarse al conocimiento de estos síntomas fundamentales de la contemporaneidad.

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EN UN PSICOANÁLISIS, ¿HAY QUE HABLAR DE LOS PADRES?

Es un estereotipo que en psicoanálisis uno se dedica a hablar de sus padres. Bueno, esta es la razón: la familia es la que nos introduce en el lenguaje, el lugar del Otro con mayúsculas, que es un elemento en la estructura del psiquismo, se encarna en la familia. La lengua que hablamos es siempre la lengua del Otro, que la hablaba antes que nosotros, que hablaba de nosotros antes de que naciéramos. Uno nace en la lengua, no es que la aprenda, es que como sujeto nace en ella. Lo que nos hace humanos es el lenguaje, tener que llamar a Otro que interprete nuestro grito en su lengua, con el malentendido fundamental que eso produce.

Lacan señala que el ser humano está más inacabado que cualquier otro animal en el momento de nacer, de manera que para la satisfacción de sus necesidades necesita del cuidado del Otro. Los animales de pequeños también necesitan el cuidado del otro, pero lo específicamente humano es llamar al Otro, y que ese Otro transforme los gritos en llamadas. La familia en el inconsciente es la tragedia de que la necesidad debe pasar por la lengua para ser atendida y en ese pasaje, algo se pierde. La necesidad debe ser traducida como demanda, y eso tiene un efecto traumático sobre las necesidades de los seres humanos, porque al pasar por la demanda se produce una desviación en las necesidades y estas aparecen marcadas por una falta: algo de la necesidad se pierde en el proceso, el lenguaje no alcanza para expresar toda la experiencia del cuerpo y queda un resto de algo que no puede pedirse , no puede decirse en palabras. Este resto es lo que en psicoanálisis vamos a llamar el objeto. Por su propia naturaleza es un objeto perdido para siempre: es aquello que de la necesidad no puede decirse en el lenguaje, y va a dar lugar al deseo y a la pulsión, que son también dos conceptos fundamentales en psicoanálisis.

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¿ES NECESARIO AMARSE A SI MISMO? EL ESPEJISMO DE LA AUTOESTIMA

El psicoanálisis nace como una teoría que subvierte la idea del devenir de la humanidad como un progreso continuo y muestra el reverso de esa figura central de la modernidad que es el sujeto de la conciencia y de la voluntad. El descubrimiento freudiano del inconsciente va a infligir una herida narcisística a la humanidad, porque va a mostrar que esa figura no es más que un espejismo, ya que la mayor parte de las fuerzas que operan en los seres humanos escapan a su voluntad y no solo eso, sino que buena parte de los impulsos que nos guían se oponen a lo que nos conviene.

Cuando Lacan inicia su trabajo, lo que está en boga en el mundo psicoanalítico es la Ego Psychology. Esta fue la adaptación de las teorías freudianas llevada a cabo en Estados Unidos por un grupo de analistas europeos que emigraron a este país: Hartmann, Lowenstein, Kris, Erikson y Rapapport entre los más conocidos. Esta corriente postfreudiana va a privilegiar el Yo en detrimento del tratamiento de la pulsión, guiándose por la máxima freudiana (donde Ello estaba, Yo debe advenir). En su concepción, opuesta a una supuesta decadencia europea que pone el foco en el conflicto y la muerte, la propuesta es una pragmática basada en la higiene mental que se extiende en los Estados Unidos a través de la psiquiatría y de los consultorios en revistas femeninas que indican como criar a los hijos, como mantener un matrimonio feliz, como alcanzar las propias metas en la vida etc. Para estos teóricos, las funciones yoicas no eran solo producto del conflicto intrapsíquico entre ello y superyo, sino que eran adaptativas, existiendo las llamadas áreas libres de conflicto que conviene potenciar en los tratamientos. La idea de integración y adaptación a la sociedad no están lejos. Lacan les criticaría su imitación servil de los ideales del american way of life.

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