LOS SUEÑOS EN PSICOANALISIS: LA POSIBILIDAD DE UN DESPERTAR

Freud funda el estudio del inconsciente y hace de los sueños la vía regia para llegar a él por medio del desciframiento de su contenido manifiesto para encontrar su contenido latente. Freud le otorga al sueño la posibilidad de liberar un sentido en una lógica diferente a la vida de vigilia. Ciertamente él va a hablar también del límite a la interpretación del sueño con la noción de ombligo del sueño. Sin embargo decir que el sueño es interpretable a través de la metáfora y la metonimia fue el sorprendente descubrimiento de Freud con el que funda el inconsciente como objeto de estudio.   

La tesis lacaniana va a ser al final un poco el reverso de la aportación freudiana: Lacan dirá que el sueño es ya una interpretación. Quizá llevados por este adagio el trabajo con los sueños en la cura lacaniana ha sufrido un cierto efecto de abandono. Si somos lacanianos y trabajamos orientados por lo real ¿ya no hay que interpretar los sueños? ¿Qué hacemos con ellos entonces?

¿Qué podemos decir de nuevo 120 años después sobre lo que Freud calificó como la vía regia hacia el inconsciente y para el cual encontró, la expresión poética “el ombligo del sueño”?

La psicoanalista Marie-Hélène Brousse aclara la tesis lacaniana de que el sueño es un intérprete diciendo que cuando “el sueño interpreta”, es su lado “ombligo”; Por un lado tenemos la vía regia de acceso al inconsciente basada en el desciframiento, es decir, en la producción de nuevos sentidos a partir de la metáfora y la metonimia, y por el otro, el ombligo, un agujero en el saber, un agujero que produce ondas. El sueño como tal es también una interpretación del traumatismo inaugural, de lo imposible de decir. La pregunta sería, ¿ambas concepciones del sueño son excluyentes?

Para llegar acercarnos al tema me propongo hacer un breve recorrido por la doxa psicoanalítica sobre el sueño, en el que me voy a apoyar en el libro de Carolina Koretsky “Sueños y despertares”.

En su primera doctrina sobre el sueño, Freud le otorga el carácter de un rebus, palabra latina que viene a significar «una cosa por otra», también conocido como principio de homofonía o principio jeroglífico, un recurso que se usó en los orígenes de las escrituras jeroglíficas, según el cual se usaban determinados símbolos para representar conceptos abstractos que no podían ser representados gráficamente, pero que fonéticamente eran similares al sonido del objeto elegido. Por ejemplo, entre los antiguos egipcios la imagen de un ‘cordel o lazo anudado’ que se pronuncia aproximadamente como anj fue usada para representar el concepto abstracto “vida” (anj), por su correspondencia homofónica. En el sueño, entones, el lenguaje se transforma en imagen.

En el seminario 11 Lacan hablará de Tyché y Automaton en un esfuerzo por distanciar la práctica analítica de toda concepción idealista, demostrando que en el seno mismo de la representación simbólica e imaginaria hay un elemento de real inasimilable. Habría entonces una repetición que adormece, correspondiente al fantasma y al sueño que no nos despierta (automaton) y habría un encuentro con lo que falta siempre en esta repetición homeostática que no es nunca cerrada y definitiva sino agujereada por esta Tyché que nos despierta. En el sueño traumático irrumpe algo que pone fin a la representación y despierta al sujeto. Para el psicoanálisis, a diferencia del teatro barroco, la vida no es un sueño Y sin embargo tampoco considera posible despertar a una realidad supuestamente verdadera. Lo que Lacan postula es que en el sueño hay un real traumático. Y cuando nos acercamos demasiado despertamos. Un sueño nos despierta justo en el momento en que podría soltar la verdad, de manera que nos despertamos sólo para seguir soñando… en la realidad, que es siempre fantasmática (Seminario 17). 

Para Freud el sueño es una forma particular de pensar. La esencia del sueño es el trabajo del sueño, que es un trabajo de ciframiento. Y en el sueño se trata siempre del cumplimiento de un deseo infantil. Finalmente dirá Freud, todo sueño es sueño de comodidad y de lo que realmente se trata es del deseo de dormir, de adormecer la pulsión convirtiéndola en cumplimiento alucinatorio de deseo inconsciente.

En el giro de 1920 Freud, a partir del estudio de las neurosis de guerra, se ve forzado a admitir que con ellas las herramientas propias del psicoanálisis parecen no funcionar. Los soldados traumatizados que regresan del frente de batalla sufren pesadillas a repetición con las escenas más crueles que han vivido. En “Más allá del principio del placer”  dirá que la compulsión a la repetición muestra la existencia de un elemento fundamental no asimilable al principio del placer, la pulsión de muerte, que pone en entredicho que el ser humano se mueva solo buscando su bien. En los sueños traumáticos no se trata de la expresión de un deseo inconsciente que no ha podido ser correctamente disfrazado sino que el retorno de la situación traumática prima sobre el trabajo de figuración simbólica del sueño, y no se puede interpretar porque no es un retorno de lo reprimido, no hay sentido oculto a descrifrar. Lo que está en primer plano es la pulsión misma en su cara más destructiva. Desde los años 20 hasta el final de su obra hay en Freud una profunda vinculación entre los sueños y la pulsión y hará una clasificación de los sueños en dos grupos: los que son cumplimientos de deseos camuflados, que nos permiten dormir, y los traumáticos, donde una falla en el trabajo del sueño deja surgir sin velo la fijación pulsional traumática.

Vamos ahora con Lacan. A lo largo de toda su enseñanza tanto sueño como despertar son evocados fuera del contexto onírico.  Para Lacan un sueño es equivalente a un pensamiento rechazado por la censura. “Eso sueña” es equivalente a “eso piensa”. En realidad esto mismo lo podemos encontrar ya en Freud, cuándo dice que un sueño no es ninguna experiencia insondable sino un texto para leer. Para Lacan “la razón” no es lo que nos ilumina sino que corresponde más bien  con el dormir, y dirá que la captura del ser humano en las leyes del significante lo adormece. No obstante, se guarda de caer en un irracionalismo, señalando que en psicoanálisis buscamos un punto de despertar, aunque sólo alcancemos un destello fugaz. No hay revelación ni iluminación última y definitiva porque estamos está siempre en un mundo del lenguaje. Sin embargo de forma efímera el sujeto puede recibir algo que lo despierta: una iluminación evanescente sobre su estatuto de objeto, su particular agujero en el Otro de lo simbólico.

Contar un sueño, dirá Lacan, es ir contra el dormir, ir contra lo somnífero del significante. Donde era el reino del sueño, el sujeto debe advenir reducido entonces a un puro acto de enunciación. 

Así pues, Freud decía que soñamos para poder seguir durmiendo y Lacan muestra que nos despertamos para continuar soñando inmersos en las representaciones y los discursos que tejen la trama de la realidad ordenada por el fantasma. De la escena del sueño a la escena del fantasma sólo se trata de un cambio de decorado. Sin embargo no es lo mismo sueño que fantasma. Ambos tienen la misma función que es una satisfacción alucinatoria del deseo pero el fantasma no es una formación inconsciente no es un texto para leer, no puede ser descifrado. Se trata más bien de un axioma que no es interpretado sino despejado. El fantasma se opone a lo imprevisto, regula y enmarca todas las experiencias y convicciones del sujeto, es el suelo firme que asegura siempre el mismo encuentro, el mismo goce, lo que el sujeto espera. Por eso el fantasma no tiene nada de traumático sino que es justamente la sutura del traumatismo. El sueño en cambio puede ser traumático cuando aparece en él algo que viene a perforar el fantasma y reactualizar el trauma inicial.

Esto nos introduce de lleno en la cuestión de cómo debe usarse la interpretación para despertar al sujeto de forma que este no huya hacia un nuevo adormecimiento. Voy a intentar ilustrarlo con una viñeta, un sueño de una paciente de Esthela Solano publicado en Quarto nº63, citado en el libro de Koretzky.

El texto del sueño es el siguiente: “Veo venir hacia mi un gatito. El gato ha sido atado, inmovilizado con cinta adhesiva para que no se mueva. Ha sido amordazado para que no grite. Constato  que el gato ha intentado liberarse de sus ataduras sin lograrlo y que ha venido hacia mi para pedirme auxilio. Le quito la cinta adhesiva y me doy cuenta de que está herido Y que eso le provoca un gran dolor. Debo quitárselo, incluso si eso me duele. Logro liberarlo de sus ataduras…”

En el desciframiento de este sueño la analizante informa de que el gatito le evoca la conversación con una taxista mujer que le cuenta que está deseando llegar a casa a encontrarse con su gato. La analizante reflexiona sobre el gato como objeto privilegiado en la serie del hijo y el falo. Se trata de la pregunta por el deseo de una mujer.

“El gato está inmovilizado por sus ataduras” evoca su situación de mujer inmovilizada junto a un hombre inhibido sexualmente y sin deseo. Se da cuenta de que el gato del sueño representa su posición de mujer sometida a un partenaire que la mortifica y no responde a sus llamados.

Al pensar en el sueño que debe quitarle al gato las ataduras dice que quiere para si otro lugar que no sea el de la mujer sacrificada por la mortificación de un hombre. Asocia entonces con un viejo recuerdo traumático de su infancia: una noche, su hermana llega tarde. El padre, furioso, tortura sin piedad al gato de su hermana, objeto precioso de esta. La analizante mira la escena en silencio y al relatarlo se da cuenta de que ahí vislumbra la posición del padre que arremete contra el objeto de deseo de su hermana, mostrando una voluntad de aniquilación del deseo femenino en su hija, su odio a la feminidad. La analizante se da cuenta de que su identificación al gato torturado por el padre comanda su posición de goce respecto a los hombres: ella es el objeto sacrificado al goce que le supone al padre/partenaire.

El fantasma “una niña es torturada” orienta su posición como mujer frente a los hombres y escribe una versión de la relación sexual. En la escena infantil reprimida hay un imposible de decir, de donde ella ha extraído una versión de la relación y una posición fantasmática, la de la niña que se hace torturar por hombres a los que les supone un goce que es el de torturarla. El trabajo analítico permite pasar del fantasma de la mujer mortificada e inmovilizada junto a un hombre sin deseo a la escena del padre que tortura al gato, que puede ser entonces percibida como contingente y vaciada así del goce que porta. Formular la escena traumática y percibir su valor de contingencia hace advenir al sujeto en el lugar del agujero traumático, y esto produce un cierto despertar que rompe con la incesante repetición fantasmática.

En el trauma hay un despertar salvaje que empuja al sujeto a buscar defensas para seguir durmiendo. En una cura buscamos un despertar analítico por reducción progresiva que no empuje a volver a dormir inmediatamente. Esto no es sencillo. Para que la interpretación no sea somnífera no debe operar igual que la pesadilla, debe despertar al sujeto como ésta pero permitiendo una aproximación progresiva tolerable al objeto causa que el sujeto es para su Otro.

El sueño proporciona un saber sobre lo que el sujeto es para el Otro, pero para que ese saber pueda tocar el cuerpo realmente, incorporarse, es necesario que eso se ponga en juego en la transferencia. Eso se ve en otra viñeta clínica en la que el saber extraído había sido que la paciente “se hacía devorar por el Otro”. Sin embargo, después de desvelado su lugar de objeto en el análisis, la paciente, devorada por el saber de la analista, seguía sin poder autorizarse a hacer algo. Es cuando un día la analista en el pasillo, al salir la paciente de la sesión, imita el ruido de una fiera a punto de abalanzarse a devorar su presa, que la paciente puede reírse y tomar nota del carácter de semblante de su fantasma. La analista no encarna al Otro devorador, sino que lo representa teatralmente, con lo que toca al sujeto pero no lo aterroriza. Creo que a esto se refiere cuando Miller al nombrar la interpretación como pesadilla, que debe despertar pero no hacer huir al paciente hacia su fantasma como lo hace la pesadilla real.

Entonces, en Lacan, sobre la posibilidad de un despertar hay dos tesis:

Hasta los años 60 dirá que nos despertamos para seguir soñando, durmiendo, en la realidad…del fantasma. En el análisis se busca el despertar que es un relámpago, breve.

La segunda tesis de Lacan es que el ser hablante no despierta nunca. Hay una desidealización del despertar y dice que el mayor descubrimiento de Freud es el enorme deseo de dormir del ser humano.

Carolina Koretzky dice que la primera tesis es coherente con un análisis que comienza: poner en forma el síntoma como portador de un sentido que escapa a la conciencia da lugar a la revelación de la existencia del inconsciente con el efecto de sorpresa e iluminación que conlleva. El despertar es posible desde esta perspectiva. 

La tesis de un despertar imposible en Lacan correspondería a un análisis que dura. Cuando un sujeto ha esclarecido su relación a la causa de su deseo, cuando sabe lo que lo mueve, su ser se transforma y su relación con el Otro puede cambiar. Sin embargo permanece una invariante: los restos sintomáticos, lo que no cambia, una parte del goce que no es susceptible de ser descifrada y de la que el sujeto no se cura, es decir, no despierta. Como máximo alguien que termina su análisis puede testimoniar de cómo ha producido sentido a partir de su real, pero su real no desaparece. Es en ese sentido que no hay despertar.

Sin embargo, no por eso se trata de denunciar el reino del sueño a favor de un despertar absoluto. El cumplimiento del sueño de un despertar absoluto sería la muerte…también la del psicoanálisis, y Lacan no era un revolucionario. El real no es eliminable y es por eso que, en palabras de Pascual Quignard, “Inventamos padres, es decir, historias, a fin de darle sentido al azar de un arrebato que ninguno de nosotros, ninguno de los que son frutos de él tras diez oscuros meses lunares, puede ver”.

LAS ALUCINACIONES VERBALES EN LA ENSEÑANZA DE LACAN

Las llamadas voces de la psicosis tienen un estatuto especial en el psicoanálisis de orientación lacaniana, que se separa ahí de la psiquiatría, incluso de los psicoanalistas de la IPA, para los cuales una alucinación verbal no deja de ser un error de juicio. En realidad, se trata de un debate histórico de la psiquiatría: las voces, ¿se escuchan en el oído o dentro de la cabeza? 

Hay dos grandes momentos en la enseñanza de Lacan en cuanto a su elaboración teórica sobre la psicosis y en ambas encontramos sendas referencias a sus presentaciones de enfermos que nos son muy útiles para pensar la cuestión de las alucinaciones verbales.

En el seminario 3 (curso 1955-56) Lacan se refiere a la alucinación verbal como aquello que, siendo rechazado en lo Simbólico, regresa en lo Real.  En este momento de la enseñanza de Lacan hay una prevalencia del registro simbólico sobre los otros y Lacan desarrolla su concepto de forclusión como mecanismo etiológico de la psicosis. Lacan se refiere a una presentación de enfermos en la que una mujer escucha de un vecino el significante “Marrana” que intuye se refiere a ella. Se trata de una mujer que vive con su madre, han huido del marido de la hija que amenazó con “cortarla en rodajas”. Tienen una vecina de “vida ligera” a la que visita un amante, y un día en el pasillo la hija se lo encuentra y oye “Marrana”. Si planteamos la alucinación como un elemento significante arrancado de la cadena, que es escuchado y atribuida su enunciación a otro, tenemos que interrogarnos sobre el pensamiento o el dicho que precede a la alucinación. La joven paranoica le dice a Lacan que justo antes había pensado o dicho “vengo de la charcutería”. Entre la frase y la alucinación hay una ruptura de la cadena hablada, un tiempo de suspenso en la asignación. La enferma se atribuye la frase “vengo de la charcutería” pero imputa al otro haber pronunciado “marrana”, que es escuchada porque aparece en lo Real. La paciente rechaza así su certeza de ser nada más que eso, una marrana, un cuerpo despedazado. Eso que no puede tramitar de ninguna manera en lo simbólico regresa como un significante en lo Real y ajeno a su pensamiento. Esto coincide ya con los desarrollos posteriores de Lacan. 

Veinte años después, año 76, en su seminario 23, El Sinthome, la presentación de enfermos del caso del sr. Primeau le permitirá hablar de la naturaleza parasitaria del lenguaje en el ser hablante, concepción absolutamente novedosa sobre la causalidad de los fenómenos psicopatológicos.

En el capítulo 6 de dicho seminario, llamado “Joyce y las palabras impuestas”, Lacan se apoya en esta entrevista para hacerse la siguiente pregunta: “¿cómo es que todos nosotros no percibimos que las palabras de las que dependemos nos son, de alguna manera, impuestas?”

El paciente había denunciado que sufría de «palabras impuestas» o «emergentes». Estas palabras se inmiscuían en su pensamiento más íntimo, sin que el enfermo pudiese reconocerse como su enunciador. A instancias del intenso interrogatorio de Lacan el sr. Primeau explica: “La palabra impuesta es algo que emerge, que se impone a mi intelecto y que no tiene ningún significado ni sentido habitual. Son frases que emergen, que no han sido pensadas, sino que son como emergencias que expresan lo inconsciente…”. Y continúa: “emergen como si yo fuese, no sé, manipulado» (…) “no sé cómo viene, se impone a mi cerebro. Llega de golpe, por ejemplo ahora: “Usted ha matado al pájaro azul”, “Es un sistema anárquico” (…) frases que no tienen ninguna significación racional en el lenguaje habitual y que se imponen en el cerebro, en el intelecto”. Y además, después de esa frase impuesta aparece una reflexión mía. La secuencia es frase impuesta-frase reflexiva”. Lacan le pide ejemplos y P. especifica que la frase impuesta tiende a encontrar amable y bello a todo el mundo y él responde agresivamente para compensar, en una especie de “recuperación inconsciente”. Otras veces es al revés, emerge una frase agresiva y P. tiende a beatificarlo, a encontrarlo bello y santo.

Al hilo de esta reflexión Lacan describe la palabra como una forma de cáncer que afecta al ser humano, un parásito que es percibido como tal por algunos y no por otros. Es esta una concepción completamente inédita que es clave en la renovación de las tesis del psicoanálisis y la psiquiatría.

Lo que Lacan va a deducir de este caso y del caso de Joyce es que la verdadera naturaleza del trauma es la incidencia de la lengua sobre el ser hablante. El trauma es la lengua en tanto fuera de sentido. Es el lado de real que tiene lo simbólico, cuando está desligado de lo imaginario que lo liga a un sentido. Para cada ser hablante está la lengua como dato primario y está el inconsciente como una estructura que se superpone a este dato primario y que es, dice Lacan, una elucubración de saber sobre la lengua. El inconsciente es la cadena significante y el consecuente efecto de significación. Pero también están los efectos de goce de la lengua, los significantes aislado por fuera del sentido, de los que testimonia este paciente de forma espectacular.

En esta cuestión de las palabras impuestas reconocemos un síntoma propio de la psicosis, denominado por Clérambault, al que Lacan nombraba como su maestro en psiquiatría, fenómeno elemental. Es lo que este autor nombró como síndrome de automatismo mental, que incluye una variedad de fenómenos automáticos que se imponen al sujeto como verdaderos cuerpos extraños que no se comprenden, aparecen como enigmáticos y generan perplejidad. Para Clérambault se caracterizan por ser inicialmente neutros, sin tonalidad afectiva y atemáticos. 

La centralidad de las alteraciones del lenguaje en la psicosis es conocida desde antiguo. La cuestión crucial será determinar qué es lo que hace que llamemos trastorno del lenguaje a determinada producción del sujeto. Cléarambault mismo concluye que no es la rareza de las ideas lo que las hace considerarlas así sino la relación que el sujeto tiene con ellas, el hecho de percibirlas como ajenas. 

Las alucinaciones verbales son la forma más característica de fenómeno elemental. En su texto “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” Lacan entraba en el debate histórico con el psiquiatra Henry Ey sobre las llamadas alucinaciones auditivas, que se llamaban así por la idea de que se escuchaban en el oído, como viniendo desde fuera. Para Henry Ey en las llamadas alucinaciones auditivas un objeto irreal es percibido y creído como tal. 

Jacques Lacan se separa de esta tradición y ya en su Seminario 3 hace un brevísimo pero curioso comentario sobre este tema en referencia a Jules Séglas : «Por una especie de proeza al inicio de su carrera [Séglas] hizo notar que las alucinaciones verbales se producían en personas en las que podía percibirse, por signos muy evidentes en algunos casos, y en otros mirándolos con un poco más de atención, que ellos mismos estaban articulando, sabiéndolo o no, o no queriendo saberlo, las palabras que acusaban a las voces de haber pronunciado. Percatarse de que la alucinación auditiva no tenía su fuente en el exterior, fue una pequeña revolución.» Se trata de las llamadas “voces internas”, que llevan a los enfermos a hablar de posesión, hechizo, sugestión o influencia.

La noción de fenómeno elemental fue construida por Lacan en referencia a la cuestión de la alucinación verbal, como un tipo particular de la relación con la propia enunciación. La estructura de las alucinaciones es la base de la cual deriva la estructura del sujeto del inconsciente como una variante. La noción de estructura en Lacan es la estructura del significante. En la psicosis el sujeto se sitúa en posición de exterioridad frente al lenguaje.

Lacan se desmarca de la idea de la psiquiatría clásica de la percepción sin objeto sosteniendo que el lenguaje constituye y determina el hecho perceptivo. Va más allá: la cadena significante puede imponerse por si misma al sujeto en su dimensión de voz sin necesidad de que intervenga ningún órgano sensorial, como muestran las alucinaciones auditivas que padecen algunos sordos psicóticos. Y más claro aún cuando tenemos un sujeto con alucinaciones psicomotrices verbales donde él mismo musita palabras que atribuye a otro. 

La cuestión central para el pronóstico va a ser la relación que el sujeto establezca con estos fenómenos elementales, que puede ir desde mantener una distancia saludable con ellos, en el caso de una psicosis anudada, hasta la certeza delirante de su significación en la paranoia, pasando por la perplejidad en el polo xenopático, o vale decir, esquizofrénico

Más allá de la forma que tome el fenómeno elemental está el impacto que tiene en el sujeto la aparición de las palabras. Por otra parte hay que valorar la posible función reparadora que esos trastornos del lenguaje tienen en la economía de la psicosis, es decir en el trabajo reconstructivo que el sujeto realiza: si hay creación de un delirio o por el contrario son causa de atomización y disgregación en un sujeto cuya capacidad asociativa queda mermada.

El testimonio del señor P. permite revelar el carácter parasitario de la palabra en el ser hablante. Ahora bien, hay que destacar que el saber hacer de Joyce respecto de la palabra que se impone marca una diferencia con P. A pesar de que el paciente de la presentación hace sus juegos con las palabras se evidencia una sensación de inermidad ante lo que se le impone, a diferencia de Joyce, cuyo arte en consistía en destrozar, descomponer esa palabra hasta el punto que termina disolviendo el lenguaje mismo. Dirá Lacan en el seminario 23 que no sabemos si con esa escritura Joyce intenta descomponer las palabras que se le imponen para librarse de ese parásito o por el contrario se deja invadir por su polifonía, y considerará que ese manejo peculiar del lenguaje es una invención que Joyce fabricó sin necesidad de un análisis, y que le sirve para reparar un fallo en el anudamiento. Es gracias a esto que Joyce no presenta una psicosis clínica a diferencia del sr. Primeau de la presentación de enfermos.

En un nuevo modo de pensar la psicosis y la normalidad, Lacan propone que es sólo porque algo se añade que hace las veces de cuarto nudo que no estamos locos y no escuchamos nuestra voz interior. 

Lo original de la propuesta lacaniana es el abordaje de los fenómenos elementales desde la perspectiva del lenguaje. Para Clérambault era un automatismo orgánico que producía la descomposición del yo; para Lacan es la falta de un yo unificado la que permite que la estructura del lenguaje aparezca a cielo abierto, que las palabras aparezcan vacías de significación, como carcasas desnudas que sin embargo conciernen al sujeto.

En realidad lo que Lacan hace es poner en valor la perspectiva freudiana de ser humano como capturado y torturado por el lenguaje. Freud no se limita a dar al lenguaje un valor de liberación de las emociones. No toma tampoco el lenguaje como un simple instrumento destinado a la comunicación con el semejante. Al contrario, el lenguaje tiene también una dimensión de ocultamiento, de velo, donde lo que se dice está sometido a un no saber en el que se cifra el deseo del sujeto. Esta es la estructura de las formaciones del inconsciente.

Todo aquello de lalengua primaria del sujeto que el lenguaje significativo no logra capturar reaparece en forma de alucinaciones verbales en la estructura psicótica o a síntomas que pueden estar enmarcados en un fantasma en la neurosis, pero finalmente todos deliramos sobre aquellas palabras que tocaron nuestro cuerpo por fuera del sentido.

El lenguaje es un medio que nos precede: digamos que la frase ya estaba empezada cuando llegamos, la empieza el Otro, que tampoco sabe lo que dice. Estas palabras que nos preceden impactan en el cuerpo y producen marcas de goce, que, cuando son sobredeterminas por el lenguaje ordenado por el Uno fálico, quedan como jeroglíficos, blasones y laberintos neuróticos. Cuando no es así, quedan como significantes sueltos, no anudados, que juegan su partida solos. 

Todo lo que Freud dice sobre la fijación, Lacan dirá que es a causa de lalengua. Lalengua es causa de goce, que es el efecto traumático del encuentro del lenguaje sobre el cuerpo. Y con eso cada cual se las tiene que arreglar. En cierto modo todos tenemos que localizar en nuestro análisis personal cual es nuestro “fenómeno elemental”, cual es el resorte de la estructura que subyace cual elemento primario a todos los síntomas como los detalles de la imbricación de las nervaduras de una hoja se reproducen en todas las estructuras de una planta.

EL TRASTORNO DE ESTRÉS POSTRAUMÁTICO PENSADO DESDE EL PSICOANÁLISIS

En este momento de la civilización occidental las nociones de trauma y de víctima se extienden de manera particularmente intensa. La idea común es que tras un trauma hay que hacer hablar al sujeto, dar sentido a lo que ha ocurrido, ponerle un nombre. Desde el psicoanálisis, que es una práctica de la palabra, podemos advertir sin embargo acerca de ciertas precauciones frente al empuje a hablar.

Cuando sucede un hecho traumático frecuentemente los puntos de referencia del sujeto se tambalean, y en su lugar puede emerger una identificación diferente, una forma de nombrarse y representarse como víctima. De cómo maniobremos depende que podamos evitar «atornillar» a la persona a ese lugar de víctima y convertir lo que fue una contingencia en un destino funesto.

Hay que tener en cuenta que el hecho de hacer hablar, contar una y otra vez lo sucedido a la víctima, por ejemplo en las diferentes fases de la instrucción de un caso penal, puede dar lugar, no solo a un redoblamiento del trauma que no ha podido aún ser elaborado, sino que puede tener como efecto la elimina­ción de la forma singular de elaborar ese trauma, porque se pide un relato «estandarizado» de los hechos supuestamente objetivos que no llama a las significaciones que el sujeto le puede dar en función de cómo lo haya golpeado a él particularmente y que le  conectan con su historia y su modo de enfrentar las cosas.

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¿QUE ES LO TRAUMÁTICO EN PSICOANÁLISIS?

El psicoanálisis permite pensar por qué lo que es traumático para una persona no necesariamente lo es para otra, o porqué un acontecimiento aparentemente banal puede tomar valor de trauma, o por qué una vivencia traumática deja huellas tan duraderas y porqué se repite algo que resultó doloroso. La respuesta la da la noción de inconsciente.

Freud siempre mantuvo que había un origen traumático de las neurosis y que en los síntomas estaba la huella de lo ignorado del trauma. Haremos un breve recorrido por la teorización freudiana, para llegar a la forma en que lo piensa Lacan, que conceptualiza el trauma como estructural en el ser hablante a causa de la incapacidad del lenguaje para dar cuenta de cierta dimensión de lo humano. La experiencia de un psicoanálisis permite localizar ciertos momentos en que las palabras no fueron suficientes para decir lo vivido.

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¿POR QUÉ EL PSICOANÁLISIS HOY?

La idea de lo que es un psicoanálisis a menudo pasa por un montón de estereotipos e ideas erróneas, como que se trata de una experiencia para intelectuales, que no se acaba nunca, que es para gente con dinero, que no es aconsejable en la psicosis o que no es para los niños. Lo cierto es que el psicoanálisis es lo más alejado de una práctica rígida y en absoluto se trata de una experiencia hermética reservada a unos pocos. Lejos de lo que dicen algunos estereotipos, el psicoanálisis es un modo muy eficaz de tratar la angustia y los síntomas de todo tipo, incluidos los más graves. Su eficacia se sostiene en la ganancia de libertad que supone separarse de aquello en lo que uno está enredado sin saberlo y que le impide disfrutar de la vida y desplegar sus potencialidades.

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