Los celos forman parte de la vida cotidiana. No son una rareza ni un signo automático de patología, sino una pasión íntimamente ligada a la estructura del deseo humano. Como formuló Lacan en una frase que se ha vuelto célebre, “el deseo es el deseo del Otro”: deseamos siempre en relación con los demás, a partir de lo que el otro desea, mira o valora. Desde esta perspectiva, los celos no son un accidente del amor, sino una de sus posibles caras.
Los celos no se reducen a la pareja: aparecen entre hermanos, en familias recompuestas, entre padres e hijos, en rivalidades amorosas y sociales donde hay un tercero en juego. Desde Freud y Lacan, podemos entender los celos no como un simple defecto del carácter, sino como una respuesta estructural al deseo del Otro. Los celos revelan algo fundamental de la condición humana.
Freud: los celos como afecto normal
En su texto de 1922 “Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad”, Freud sitúa los celos entre los estados afectivos normales, con un papel central en la vida psíquica inconsciente. Lejos de idealizar la fidelidad, subraya que esta solo se sostiene mediante una lucha constante contra la tentación, y que las convenciones sociales han sabido “regular” este hecho permitiendo ciertos juegos de seducción, siempre que no se crucen determinados límites.
Para Freud, el celoso es precisamente aquel que no tolera esta ambigüedad: no cree en el retroceso posible hacia la fidelidad ni en el carácter inofensivo del coqueteo. Allí donde la cultura introduce zonas grises, el celoso exige una transparencia imposible.
Freud distingue tres tipos de celos:
- Celos normales o de competencia
Se apoyan en una experiencia de pérdida real o imaginaria del objeto amado y en la herida narcisista que ello implica. El yo no acepta dejar de ser amado. En su trasfondo aparece una posición infantil ligada al complejo de Edipo y al complejo fraterno: el rival actual reactualiza la figura del hermano que, en la infancia, habría desplazado al sujeto del amor exclusivo de la madre. - Celos proyectados
Surgen cuando el sujeto ha tenido impulsos de infidelidad —o los ha llevado a cabo— pero los reprime. Para aliviar su culpa inconsciente, proyecta en la pareja aquello que no puede reconocer en sí mismo. La sospecha funciona aquí como una absolución parcial. - Celos delirantes
En este caso, las tendencias reprimidas tienen un carácter homosexual y dan lugar a una convicción inquebrantable de engaño (proyecto mi interés en un sujeto de mi mismo sexo y lo atribuyo a mi partenaire). Ya no se trata de sospechas, sino de certezas. Esta homosexualidad de la que Freud habla en el origen de los celos Lacan la desdeña y toma la cuestión por el lado de la estructura paranoica de la personalidad: yo siempre soy otro. Eso implica que hay que simbolizar algo del propio deseo para poder hacerse cargo de él y también algo del deseo del otro para que no sea totalmente opaco y entender qué quiere el otro. Si esto no se produce puedo empezar a delirar sobre las intenciones del otro hacia mi.
La dialéctica de los celos en Lacan: yo soy otro
Lacan retoma la problemática de los celos en Los complejos familiares (1938), situando los celos en el marco del complejo de intrusión: la experiencia del niño cuando descubre que no está solo, que hay otros —los hermanos— que participan del amor y del cuidado de los padres que creía solo destinados a él.
Lacan recuerda una escena relatada por San Agustín: un niño pequeño, aún sin palabras, observa a su hermano de leche mamar y palidece de celos. Esta escena ilustra que los celos no nacen de una rivalidad “natural”, sino de una identificación. El niño no solo odia al otro: se confunde con él.
Aquí Lacan introduce una tesis central: en el fondo de los celos no hay una rivalidad vital, sino una identificación mental. El yo se constituye en una relación especular con el semejante, y el hermano aparece como objeto privilegiado tanto del amor como de la identificación. Amor y odio, deseo y agresividad, quedan así íntimamente enlazados.
Con el estadio del espejo Lacan muestra que antes de afirmarse como identidad, el yo se aliena en la imagen del otro (Yo soy otro). Los celos surgen cuando se introduce un tercero, produciendo una situación triangular. Ya no se trata solo de confusión afectiva, sino de competencia por el objeto.
En el Seminario 3 (1955), Lacan va más lejos y afirma que todo conocimiento humano tiene su fuente en la dialéctica de los celos. Todo lo que nos interesa del mundo lo hace en la medida en la que antes le interesó a otro con el que nos identificamos para constituir un yo. En el origen, el yo es el otro, no hay otro modo de constituirnos como seres hablantes que somos. Es también nuestro drama porque eso nos condena permanentemente a los celos y la envidia. La palabra permite, en parte, pacificar esta rivalidad, pero la huella agresiva permanece.
Neurosis y paranoia: dos destinos de los celos
En la neurosis, los celos se articulan con el deseo y la rivalidad edípica.. Son una pasión estrechamente ligada a la estructura del deseo. Generan angustia e inseguridad, pero el sujeto puede dudar, hablar, confrontar su fantasía con la realidad.
En la paranoia, en cambio, los celos toman la forma de un delirio estructurado. No hay duda: el engaño es una certeza absoluta. Lo que no ha sido simbolizado —la opacidad del deseo del otro— retorna en lo real como amenaza. El sujeto no solo sufre los celos: los impone al otro, a veces con violencia.
La película Él (1953) de Luis Buñuel ofrece un retrato preciso de los celos paranoicos. La historia sigue a Francisco Galván de Montemayor, un hombre de clase alta, profundamente religioso y aparentemente respetable, que se obsesiona con Gloria, la prometida de su amigo. Este punto es clave, porque él se enamora de una mujer que tenía ya una pareja desde hacía años, con el que planeaba casarse. Quizá es eso lo que le interesa en ella. Francisco logra casarse con ella, pero pronto su amor se convierte en celos enfermizos. A medida que avanza la trama, su comportamiento se vuelve cada vez más errático y posesivo, convencido de que su esposa le es infiel. Su paranoia lo lleva a la violencia psicológica y física, sumiendo a Gloria en el terror.

Finalmente, Gloria logra escapar y contar su historia a su ex novio con quien se encuentra por casualidad, mientras que Francisco, completamente enloquecido, termina en un monasterio, sin haber alcanzado la paz que buscaba, marcado por la imposibilidad de soportar la falta y la alteridad del Otro. Gloria, como objeto de deseo, debe ser completamente suya, sin la más mínima independencia. Cada gesto, cada mirada que no esté dirigida exclusivamente a él es interpretada como una traición en una lógica paranoica, donde cada gesto de su esposa confirma su certeza persecutoria. El delirio organiza el mundo y le da una consistencia que, paradójicamente, lo sostiene.
Volviendo a los celos neuróticos, lo que llamaríamos «celos normales», es importante señalar que los celos toman a menudo una tonalidad diferente en hombres y mujeres. En la histeria femenina los celos se articulan de manera privilegiada en torno a la figura de la otra mujer. No se trata simplemente de rivalidad amorosa ni del temor a perder al partenaire. En la histeria, el sujeto no busca tanto ser el objeto del deseo del Otro como saber qué desea el Otro. Y esa pregunta se encarna muchas veces en otra mujer, que aparece como aquella que “sabe” cómo ser deseada.
Por eso, los celos histéricos no apuntan necesariamente a eliminar a la rival. Al contrario, pueden sostenerla: el sujeto histérico necesita de esa otra mujer para mantener abierta la pregunta por el deseo y para indagar sobre el enigma de la feminidad (qué quiere una mujer, pregunta que no tiene una respuesta universal en la conceptualización de Lacan). En este sentido, los celos no buscan una certeza —como ocurre en la paranoia— sino que preservan la insatisfacción estructural propia de la histeria. Los celos aquí, se revelan como una vía privilegiada para sostener la pregunta por el deseo del Otro y por el enigma de lo femenino, aun al precio del sufrimiento.
En cuanto a los celos masculinos, en la perspectiva de Lacan, a menudo tienen su origen en una dificultad para soportar la alteridad femenina. Para Lacan no hay una respuesta universal en aquello que puede anudar a un hombre con una mujer, ya que ambos son muy diferentes en su relación con el deseo y el goce. Hasta tal punto es así que afirma que el partenaire más íntimo de la mujer es su soledad. Desde esa reflexión las mujeres son de algún modo siempre infieles, engañan al partenaire con dios o con Jupiter, como en los mitos griegos. Lacan enuncia: «es más fácil afrontar algún enemigo en el plano de la rivalidad que afrontar la mujer en tanto soporte de esta verdad…»
Los celos como satisfacción paradójica: el psicoanálisis puede ayudar
En el Seminario 20, Lacan introduce el término jalouissance, un neologismo que une jalousie (celos) y jouissance (goce). Aquí los celos no se reducen al miedo a perder el amor, sino que implican un goce paradójico: el sufrimiento de pensar que hay un Otro que goza de mi partenaire y de imaginar al otro gozando sin mi. El celoso quiere ver, saber, espiar. Los celos son una pasión esencialmente visual. De ahí las escenas de control, las revisiones del móvil, las redes sociales como escenario privilegiado de esta pasión.
En la tragedia de Shakespeare, el personaje de Otelo lo formula con crudeza: “No sé por qué hoy amo y mañana odio”. Ese exceso no es amor, sino goce. El neurótico se arruina la vida; el psicótico puede pasar al acto violento como intento desesperado de poner un límite a ese goce. Hablar con un psicoanalista, hacer pasar por las palabras ese goce mortificante, puede ayudar a ponerle un límite.