ESCRIBIR EN EL CUERPO: NOTAS PSICOANALÍTICAS SOBRE LA PRÁCTICA DEL CUTTING

Entre la variedad de síntomas de los adolescentes contemporáneos uno resulta especialmente conmovedor por su espectacularidad y el carácter epidémico que está alcanzando: son los cortes y escarificaciones en el cuerpo. 

¿Qué lleva a un sujeto, generalmente mujeres, a veces muy jóvenes, a intervenir de esa forma sobre su cuerpo? Es preciso remitirnos a la función singular que tiene en cada caso esta práctica. Sin embargo desde el psicoanálisis de orientación lacaniana podemos hacer una primera hipótesis: cortarse es un modo de extraer del cuerpo un goce que resulta insoportable. El término goce remite en este caso a la cara oscura de la pulsión cuando no ha podido ser regulada por lo simbólico, anudada a una falta y transformada en deseo. Se trata entonces de una experiencia del sin límite, un “demasiado lleno” que produce un desbordamiento y los cortes servirían aquí a modo de “drenaje” de esa inundación de goce insoportable.

Este tipo de fenómenos, como también las anorexias y bulimias, adicciones y otros síntomas contemporáneos se diferencian muy claramente de los síntomas clásicos con los que se inventó el psicoanálisis. En el síntoma clásico hay una represión de un impulso pulsional que entra en conflicto con los ideales y el sujeto “hace” un síntoma que es una formación de compromiso porque hay una satisfacción de la pulsión pero se siente como sufrimiento: es lo que llamamos el goce del síntoma, pero en este caso se trata de un goce localizado. El síntoma así tomado es un condensador de goce y sirve como anudamiento de los tres registros de la subjetividad : lo real del goce, lo simbólico que introduce la falta y lo imaginario del cuerpo. 

Hoy nos encontramos con que el síntoma, esa pieza fundamental que expresa lo que no anda bien es cada vez mas difícil de producir. Es decir, cada vez es más difícil encontrar algo que anude los tres registros: que enganche lo que sucede en el cuerpo con el pensamiento y la palabra. Esta dificultad tiene que ver con el declive de lo que en psicoanálisis se nombra como función paterna: la instancia psíquica encargada de producir la falta, de separar al sujeto de su goce corporal bruto. Esta función significa que algo se pierde y, en el mejor de los casos, el malestar se expresa en síntomas de los que el sujeto puede decir algo, interpretarlos y darles un sentido en relación a sus coordenadas familiares, sus experiencias etc.

El malestar que recibimos hoy en las consultas no es tanto signo de una falta de goce sino el efecto del exceso de goce deslocalizado en los cuerpos.  El ideal ya no es un ideal de renuncia y sacrificio como unas décadas atrás, sino más bien un sujeto satisfecho y feliz, que goce sin límites, y eso ha producido una mutación subjetiva que se percibe de forma muy aguda en el sufrimiento de los adolescentes.

Para vivir en sociedad hay que perder algo, hacerse adulto implica renunciar al «todo» para poder acceder a la parte que a cada uno le está permitida. Los ritos de pasaje de muchas sociedades primitivas implicaban marcas y escarificaciones en el cuerpo, una cierta escritura de ese pasaje por la pérdida y el renacimiento a un nuevo lugar en el grupo social. Las condiciones del capitalismo extremo actual, cuya propuesta única es consumir todo en exceso, dificultan acceder al sentido introducido por la localización de una pérdida en el cuerpo. Como consecuencia los adolescentes contemporáneos se entregan a prácticas variadas sobre la imagen de su cuerpo, donde se trata de regular el goce propio sin articularlo a una falta simbólica como era la solución «clásica».

Estas prácticas sobre el cuerpo (anorexias y bulimias, adicciones, violencias, cortes y escarificaciones…) han existido desde siempre. Lo nuevo es la dimensión epidémica que toman en este momento. Como nuevo también es que el lazo entre los adolescentes se haga con arreglo a estos fenómenos mas que en torno a las creencias e ideales. Aunque alarmen sobremanera a los adultos a menudo no hacen sufrir al sujeto sino que más bien se convierten en modos de vida, dando lugar a multitud de intercambios de consejos y experiencias en las redes.

Los cortes en la piel son en general señalados como una solución a la angustia extrema y fuera de control. En mi experiencia clínica es casi siempre vivido como un mecanismo de descompresión en situaciones de desbordamiento que tiene una función de alivio. Esta función calmante es sin embargo muy limitada en el tiempo, por lo que llama a una repetición. Es una muestra de la falta de otros recursos simbólicos de mayor alcance para tramitar un malestar intenso que invade el cuerpo. Se puede decir que se recurre a escribir sobre el cuerpo de este modo lo que no puede decirse de otra manera mejor.

Las situaciones que pueden desencadenar los cortes van desde conflictos con el otro (problemas familiares, ser víctima de acoso o de rechazo, sentirse solo, abandonado o desamparado) a la necesidad de aliviarse de un sentimiento de insuficiencia o de culpa que resulta insoportable.

En otros casos el corte parece tener la función de extraer al sujeto de un estado de despersonalización o pérdida del sentido de su vida o de sus pensamientos. Ahí el corte restablece un cierto ordenamiento y unificación de la experiencia haciendo de borde que impide el estallido del sentido.

Hay que decir que no hay una correspondencia entre lo espectacular del fenómeno y la gravedad de la situación del sujeto. A veces se trata de sujetos muy dañados y otras veces no es así. En contra de la primera impresión, en general los cortes no se presentan como una autoagresión sino todo lo contrario: son un intento de aliviar el sufrimiento. En general se trata de cortes superficiales en los brazos, piernas y/o abdomen, que no suelen darse a ver. No suelen tener el sentido de una llamada al otro ya que en la mayoría de los casos se mantienen en secreto, incluso con un sentimiento de vergüenza. 

Si bien es una práctica que en general se realiza en privado, lo cierto es que existe también la dimensión del “contagio”, del recurrir a ella porque se sabe que otras lo hacen y les funciona.  Digo otras porque en general la proporción de mujeres frente a varones es apabullante, al igual que sucede con la anorexia.

De hecho, podemos considerar que hay en la práctica del cutting  cierta dimensión común con la anorexia, en tanto en ambos casos se trata de patologías del exceso que tienen en común la experiencia de lo ilimitado, de la pérdida del control y la implementación de una práctica corporal que intenta restaurar ese control convirtiéndose de nuevo en una experiencia del sin límite (no poder parar de cortarse cada vez, al modo de una adicción o dejar de comer sin medida hasta poner la vida en peligro). 

En el psicoanálisis orientado por la enseñanza de Lacan el goce sin límites, el que no puede ser medido ni cuantificado es nombrado como goce femenino, para diferenciarlo del goce fálico, caracterizado por el límite que impone el propio órgano masculino. El hecho de que sean mujeres la mayoría de las adolescentes que usan el corte o la anorexia como mecanismos reguladores de un goce puede ponerse en relación con la mayor dificultad que experimentan los seres hablantes que se sitúan del lado femenino de la sexuación  para inscribir su goce en el registro fálico que introduce el límite.

En la época contemporánea hay para todos un debilitamiento de la función paterna y, en consecuencia, del anclaje al sentido fálico (véase la fuerte objeción al binarismo sexual que hoy presentan tantos jóvenes). Parece lógico pensar que en esta caída de la función paterna las mujeres están más afectadas por el efecto del desanclaje fálico, lo que explicría su mayor propensión a presentar este tipo de soluciones sintomáticas.

El psicoanálisis orientado por la última enseñanza de Lacan y sus imprescindibles avances sobre el goce por fuera del sentido es una herramienta idónea para tratar el malestar que se manifiesta en estos fenómenos que no llaman a una interpretación en el sentido clásico.

No se trata aquí de interpretar los síntomas sino de hacerse el partenaire del sujeto para escuchar la función que  tienen estos actos en cada caso y acompañar la búsqueda de soluciones singulares. Se impone una práctica no estandarizada en la que encontrar la forma de articularse a un deseo propio. Hay que poder consentir a perder algo para ganar una brújula particular que sirva de orientación en la vida.

ANOREXIA , BULIMIA, OBESIDAD: SÍNTOMAS DE LA CONTEMPORANEIDAD

La relación con la comida no es una relación natural, está instalada en el campo de la cultura. La dimensión epidémica actual de estas patologías puede ser explicada a partir de la alteración del orden simbólico que reglamentaba la relación con los alimentos. La relación del ser hablante con la comida implica siempre la relación con el Otro. Dicho de otra forma: el ser humano nunca come solo, aunque esté en una isla desierta, para él la comida incluye siempre una humanización simbólica: desde la organización simbólica en tres comidas: desayuno-comida y cena, los códigos de buenos modales, lo que se considera apto y bueno para comer o por el contrario no comestible…Es decir, que la comida en el ser humano no es solo un acto de nutrición sino que está sujeto necesariamente a una reglamentación que nos separa de la devoración del otro, y por el otro y nos introduce en un orden, en el “buen provecho”  de la regulación alimentaria como explica Domenico Cosenza en sus dos libros, «El muro de la anorexia» y «La comida y el inconsciente», fundamentales para acercarse al conocimiento de estos síntomas fundamentales de la contemporaneidad.

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