LA DEPRESION CLÁSICA Y LA CONTEMPORÁNEA: MATICES DESDE EL PSICOANÁLISIS

La depresión se extiende de forma epidémica y también lo hace el uso de psicofármacos para tratar el malestar anímico. El enfoque psicoanalítico del tratamiento de la depresión no excluye el uso puntual de medicamentos cuando se vuelve imprescindible, pero no es el fármaco el que va a sacar a una persona de la depresión. Los medicamentos pueden muy bien influir en los neurotransmisores y modificar el humor, pero no van a cambiar nuestra relación con el Otro que habita en nosotros, el modo en que escuchamos nuestras necesidades y deseos más íntimos y cómo nos las arreglamos con ellos. La terapia psicoanalítica es adecuada para el tratamiento de la depresión porque esta se cura con palabras, fundamentalmente las de la propia persona, haciendo valer su propia subjetividad.

La depresión clásica: clínica de la pérdida y la culpa

Freud desarrolló en su texto “Duelo y melancolía” un importante trabajo sobre la clínica de la pérdida y el trabajo de duelo que ha sido retomado por casi todos los estudiosos del tema hasta formar parte de la cultura de masas. La idea de que cuando uno sufre una pérdida significativa tiene que elaborar un duelo hoy no es extraña a casi nadie. El trabajo de duelo en el texto de Freud tiene que ver con una tarea de simbolización de lo perdido que permita separarse de ello. Si no se produce la necesaria separación, una persona que ha sufrido la pérdida de alguien muy querido (y no solo personas, también ideales importantes, un trabajo valorado, una situación vital…), puede verse arrastrada por su identificación a lo perdido. Cuando una persona se encuentra en ese caso es imposible investir libidinalmente a otras personas, situaciones u objetos que pudieran venir a sustituir lo perdido y relanzar el deseo de vivir.

En los textos de Freud encontramos también la idea de la culpa y el dolor de existir ligados al miedo a la pérdida del amor del otro. En la infancia los padres trasmiten una serie de ideales y prohibiciones que se internalizan. Posteriormente, cuando las personas no cumplen con esas normas e ideales se produce un sentimiento de culpa inconsciente que se traduce en angustia y tristeza por la pérdida del amor. Es un conflicto interno proveniente de un juicio de la persona sobre sí, a partir de la introyección de las voces de los padres. Así se instaura un ciclo de renuncia a la satisfacción para obtener a cambio el amor del otro. Es el precio a pagar por estar con otros, que Freud llamará “El malestar en la civilización”. Es el caso de las personas que renuncian al camino que desean en la vida (una determinada profesión, un pareja, un estilo de vida…) en favor de lo que creen que el otro desea para ellos, sintiéndose luego tristes y faltos de impulso vital. Más adelante la cosa se complica porque Freud descubre que el funcionamiento psíquico es tal, que, paradójicamente, cuanto más renuncia el sujeto, más culpable se siente.

La terapia psicoanalítica es adecuada para el tratamiento de la depresión

La paradoja del superyó

Freud descubre un funcionamiento profundamente dañino en el corazón del psiquismo humano: cuánto más virtuosa es una persona, cuantas más renuncias se impone, más culpable se siente. Terminará por descubrir que el superyó, la internalización de las voces de los padres, no es tanto una instancia moral sino un nuevo tipo de satisfacción pulsional mortificante: el superyó se satisface de manera insaciable en castigar al sujeto y hacerlo sentir culpable. De modo que cuando una persona es extremadamente recta y moral en realidad está satisfaciendo tendencias sádicas hacia si mismo y frecuentemente hacia los demás también (el puritanismo es el ejemplo extremo de esto).

El psicoanalista Jacques Lacan va a extraer las consecuencias de este descubrimiento freudiano que probablemente es el más relevante de su larga investigación. En su seminario “La ética del psicoanálisis”, Lacan dice que el objetivo de un psicoanálisis no es la felicidad sino permitir el acceso al deseo, planteando el binario de la culpa y el deseo. Lacan hace un juego de palabras con “ceder sobre el deseo”, que no se confunde con ceder al deseo, ceder a la tentación, sino que tiene la significación de renunciar al deseo, abandonarlo. Ahí mismo Lacan va a dar un nuevo valor al deseo, que no se confunde con el placer ni con la pulsión, sino que concierne a la aspiración más íntima a la realización personal.

El deseo no son las apetencias, lo que me tienta en la dimensión pulsional, y el aforismo lacaniano de no ceder ante el deseo no es una invitación a gozar sin trabas sino justamente a hacer lugar a lo imposible de la satisfacción total, que abre la puerta al deseo. En la tradición judeocristiana la culpa es consecuencia de haber cometido una falta y solo el castigo permite redimirse de haber actuado mal. Lacan le da la vuelta a esto, haciendo de la culpa el signo de otra falta cometida hacia uno mismo: haber sacrificado el propio deseo me hace sentirme culpable, porque no puedo ignorar impunemente mi deseo. Es eso lo que engendra el sentimiento de culpa.

No ceder sobre el deseo es no dejarse llevar por la exigencia pulsional, siendo el superyó el otro nombre dado por Lacan a la pulsión de muerte. Pulsión y superyó están del mismo lado, y el deseo está solo, del otro lado. El interés de la definición lacaniana de la pulsión de muerte empujada por el superyó es situar al verdugo y la víctima en el seno de un mismo ser. El sujeto se convierte en su propio verdugo cuando se sacrifica y cede a la conminación de su propio superyó, con su cortejo de afectos depresivos: aburrimiento, tristeza y disgusto con la vida. La terapia psicoanalítica es adecuada para el tratamiento de la depresión porque se centra en tratar este tipo de funcionamiento.

Los adolescentes a menudo sufren síntomas depresivos que pueden ser tratados con terapia psicoanalítica

La depresión contemporánea y el aburrimiento. Adolescentes deprimidos.

La crisis provocada por la pandemia de Covid-19 ha contribuido a incrementar los sentimientos de apatía, aburrimiento y falta de sentido de la vida, que afectan a una gran cantidad de personas en nuestros días. En Canadá, un análisis realizado a partir de 55 estudios de todo el planeta revela que los cuadros de depresión y ansiedad han aumentado su prevalencia en todos los países. El dato curioso es que este aumento se da sobre todo, en personas jóvenes y no tanto entre los ancianos que, paradójicamente, son el grupo de mayor riesgo. Es una de las anomalías en el comportamiento demográfico de la depresión en tiempos de coronavirus, ya que la pauta normal es que aumente la prevalencia a partir de los 45 años. 

Hay en la época contemporánea una dificultad muy particular para soportar tanto el fracaso como las pérdidas y la frustración normales en cualquier vida humana. El discurso social actual es un imperativo de éxito, juventud, alegría y felicidad constantes que tiene un efecto muy destructivo. El sufrimiento parece estar prohibido en la llamada “happycracia” y esto no deja de ser un imperativo superyoico terrible. El hedonismo contemporáneo no es el hedonismo de los griegos. Es un empuje a gozar como forma de normativización. Esta euforia perpetua tiene como contracara el “todos deprimidos”. La felicidad en la sociedad hipermoderna, no se considera una suerte sino una obligación a conseguir a cualquier precio.

La terapia psicoanalítica es adecuada para el tratamiento de la depresión adolescente

Los jóvenes del siglo XXI no encuentran en sus dificultades con la vida el signo de una verdad que los concierne. Queda eliminada la pregunta por las causas del sufrimiento de cada cual, simplemente se trata de eliminarlo. Paradójicamente, la extensión como nunca antes de la depresión y los ataques de angustia objetan a este imperativo de felicidad. Sostenerse en la pretensión de satisfacción permanente es el extravío contemporáneo, el filo mortal del hedonismo, cuya cara B es odio de sí y el aburrimiento. Cuando el objeto de consumo viene al lugar de la falta que nos hace deseantes la depresión se generaliza. Cuando el discurso imperante ordena que si mi partenaire no me da felicidad, por ejemplo, debo cambiar de pareja, en lugar de preguntarme qué sucede, el malestar gana la partida.

Actuar para no pensar: tal parece ser la fórmula que guía a muchos adolescentes y jóvenes. El rechazo de la palabra es el triunfo de la pulsión de muerte, que se paga con angustia y depresión. Interrogarse por la repetición, por la causa del malestar, ordenar la confusión y encontrar el coraje para iniciar un camino propio es el antídoto que propone la terapia orientada por el psicoanálisis.

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