PSICOANALISIS Y CRIMINOLOGÍA: SOBRE LA RESPONSABILIDAD SUBJETIVA


El paradigma cientificista que impera hoy en la psicología y la psiquiatría reduce la complejidad de lo humano a una conducta, que se supone determinada por la genética, la bioquímica o los patrones de comportamiento aprendidos.

En su texto de 1950 “Introducción a las funciones del psicoanálisis en criminología”, incluido en sus “Escritos”, Lacan denunciaba que tanto el derecho penal como la criminología derivaban cada vez más hacia una concepción sanitaria que basa en la psiquiatría y sus categorías nosológicas la determinación de la responsabilidad de los sujetos que delinquen hacia sus actos. En esta línea va la tendencia actual de dejar el juicio en manos de peritos “expertos” que determinan si el sujeto es o no responsable de su acto. Se desdibuja así la noción de responsabilidad que ahora se refiere a normas médicas y no tanto jurídicas.

Este paradigma elude el problema de la libertad y la responsabilidad humana. Elude el problema fundamental de la causa de los comportamientos. Desde el  psicoanálisis no cabe la ingenuidad de creer en la libertad total porque ningún ser humano es una página en blanco sino que está constituido por unas marcas fundamentales que lo constituyen: el deseo del que es producto, los significantes fundamentales que lo precedieron y lo acompañaron en su infancia, sus experiencias infantiles y adolescentes… pero no hay ningún determinismo en esto. Entre todas estas marcas y el acto de un sujeto, está el factor fundamental al que debemos apuntar siempre: la posición subjetiva. Esta es la razón por la que Lacan defiende que el psicoanálisis es ante todo una experiencia ética, y que está hecha para sujetos que se toman en serio su existencia y quieren hacerse las preguntas necesarias para orientarse sobre su posición subjetiva, es decir, sobre su implicación en el sufrimiento que los aqueja. 

Lacan en esto, es tajante, enunciando: “de nuestra posición de sujetos somos siempre responsables”.

A diferencia de la psiquiatría y de otras orientaciones de la psicología, el psicoanálisis de orientación lacaniana no opera con clasificaciones. Tanto en los casos de delito como en los tratamientos, no se trata de encasillar a los sujetos dentro de una categoría diagnóstica sino de llevarlos a tomar una posición de responsabilidad frente a sus actos

El psicoanálisis nos enseña que, finalmente, en la vida uno sigue un guión escrito del que desconoce la mayor parte y que con frecuencia nos lleva a sufrir en exceso. La ilusión cartesiana de la plena conciencia de uno mismo como guía es desmontada por la experiencia del análisis. En la modernidad, una vez caídas la religión y las grandes figuras de la Ley y la prohibición, responsables supuestas de la falta de libertad en otros tiempos, y aparecido simultáneamente el concepto de lo inconsciente gracias al psicoanálisis, hubiéramos deseado ver emerger una subjetividad que se hace cargo que su responsabilidad. Un movimiento hacia la mayoría de edad de la humanidad habría incluido la responsabilidad por el propio inconsciente . En lugar de eso, lo que constatamos es un movimiento doble hacia la infantilización y hacia la victimización. Lo que encontramos en la hipermodernidad es el individuo sin palabras y sin responsabilidad hacia su sufrimiento íntimo. La extensión del psicoanálisis ha tenido algo que ver en esta tendencia en tanto entró en la cultura de masas proveyendo de un plantel de disculpas para cada sujeto: mi infancia desgraciada, mi padre maltratador, mi madre que me abandonó… Las coordenadas de mi infancia marcan lo que soy y hago, un nuevo determinismo. Es la lectura errónea que puede hacerse del descubrimiento freudiano.

El psicoanálisis rompe con la idea de inocencia de la víctima. No se trata de desconocer el sufrimiento que implica una situación de violencia como la que puede sufrir una mujer maltratada, pero nos orientamos mejor si en lugar de compadecer, adoptamos una posición en cierto modo “inhumana”: la de buscar la posición del sujeto frente a su sufrimiento y llevarlo a responsabilizarse de dicha posición para poder situarse mejor. 

Lacan llamó gocea esta fuerza interior que empuja a cada sujeto a repetir comportamientos que constituyen una satisfacción paradójica que no está del lado del placer sino del sufrimiento y que está en la base de los síntomas, lo que hace que erradicarlos no sea una tarea tan sencilla como querríamos.

Para el psicoanálisis, es la responsabilidad por los propios actos la que hace a la condición humana. El paso de la naturaleza a la cultura está representado por el pacto social que impone a cada uno la renuncia a una parte de las pulsiones que es incompatible con la vida en sociedad. Ante esa ley cada uno se sitúa a su manera y no hay castigo eficaz para la rehabilitación y la reinserción social si no viene precedido por la asunción de la responsabilidad subjetiva por el acto. Si un sujeto no logra integrar en su propia historia el acto cometido, hacerse cargo de su responsabilidad, que no es lo mismo que su culpabilidad, no hay posibilidad de redención ni reinserción. Se necesita un asentimiento subjetivo al castigo para que este sea efectivo

El psicoanálisis empieza siempre por la operación de rectificación subjetiva. Ningún sujeto puede curarse simplemente por el deseo de quitarse de encima el malestar que lo hace sufrir. Es necesario que lo tome como algo que le concierne íntimamente aunque no sepa exactamente en que consiste esa implicación.

Un juez tiene la potestad de des-responsabilizar a un sujeto de sus actos, declararlo inimputable, y quizá esto pueda tener su sentido en ciertos casos. Pero como psicoanalistas podemos afirmar que negar a cualquiera la posibilidad de hacerse cargo de las consecuencias de sus actos equivale a expulsarlo de la comunidad humana. Poner a alguien en posición de irresponsable equivale a deshumanizarlo y en ocasiones condenarlo a la peor autopunición sin posibilidad de apelar a un orden simbólico que lo ampare. No es precisamente una posición humanitaria sino lo todo lo contrario, a punto tal que sostenemos que existe el derecho a ser castigado.

Finalmente, lo que tienen en común los jueces y los psicoanalistas es que carecen de la fórmula universal y no tienen más remedio que enfrentarse a cada uno de sus casos con la perspectiva del uno por uno.

Freud dejó dicho que consideraba que había tres profesiones imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar, es decir, curar a los pacientes. Son imposibles en el sentido de que no logran su objetivo completamente, queda un resto, porque la pulsión no es completamente dominable. Para el psicoanálisis el reconocimiento de ese resto lo lleva a abandonar el objetivo de dominar las pulsiones y adquirir en cambio una dimensión ética: dejar en manos del sujeto la decisión de qué destino darle a lo que ha aprendido sobre si mismo en un análisis. Se trata en psicoanálisis no de una ética del bien, como la kantiana, sino de una ética del mal que habita en cada uno de nosotros.

QUÉ ES EL SUPERYO: CONCIENCIA MORAL Y ALGO MÁS.

Freud en su libro “El malestar en la cultura”  va a desarrollar la idea de que el control de las pulsiones promovido por la civilización va en detrimento de las posibilidades de felicidad debido a la renuncia que exige a los sujetos. Pero además, en este libro extraordinario Freud desarrolla su concepto de superyo, decisivo para pensar el enigma de la relación del sujeto con la ley y el nacimiento de la conciencia moral. Freud concluye que los seres humanos no tienen una disposición innata a socializarse, y que el hecho de que un niño consienta a domesticar sus pulsiones autoeróticas y la agresividad con sus semejantes tiene su origen en el miedo a perder el amor de sus padres. La criatura humana es tremendamente dependiente durante muchos años de su vida y el miedo al desamparo primitivo, que es quizá el terror más primario e imposible de erradicar, es la raíz de la sumisión a la ley.

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PSICOANÁLISIS Y DERECHO: LA RELACIÓN CON LA LEY

Los jueces y los psicoanalistas se ocupan, desde lugares distintos, de lo que no marcha en la civilización. Las leyes, las costumbres, los ideales y valores educativos… son las invenciones que a lo largo de la historia el ser humano ha producido en su intento de que las cosas marchen, de que sea posible vivir bien y ser felices. 

En lo concerniente a la búsqueda de la felicidad de la que trata la mayor parte de los sistemas filosóficos, Freud trae una mala noticia: no hay posibilidad de erradicar el malestar humano. “El malestar en la cultura”, ese libro fabuloso que quizá sea el más recomendable para empezar a leer a Freud, dice que el malestar es estructural. La felicidad es un ideal imposible de alcanzar para el ser humano dada la materia de la que está hecho, que no es únicamente la materia de las ideas, sino que está también el cuerpo y sus pulsiones…

El psicoanálisis, además de una teoría sobre la naturaleza humana y una forma de tratamiento del sufrimiento psíquico, es también un poderoso instrumento para leer los fenómenos de la civilización y pertenece a su vocación participar de los grandes debates sobre los problemas a los que nos enfrentamos los seres humanos en cada época. Lo hace desde un lugar peculiar porque no entra en la dinámica del problema-solución al que tan aficionada es la subjetividad contemporánea que difícilmente tolera las aporías y contradicciones de lo humano. Las grandes preguntas sobre el origen del mal, la conciencia moral o la culpabilidad, que atraviesan tanto al psicoanálisis como al derecho, cuadran mal en nuestra época, que cree tener la solución para todo con la ciencia y la educación y, por qué no decirlo, con las normas, que quizá es una de las formas que toma la ley en la época contemporánea. Las normas proliferan, hay normas para todo, quizá como correlato de la dificultad creciente de la ley con mayúsculas para regular y poner límite a los impulsos asociales. Sin embargo, pese al empuje creciente de la ciencia, la educación y las normas, el sufrimiento psíquico, el malestar social, no parecen disminuir: los antidepresivos y ansiolíticos se demandan cada vez más, una gran parte de los niños toma medicación, y hay una sensación impotencia de las leyes para frenar fenómenos como la violencia dentro y fuera de la familia.

El ser humano es para el psicoanálisis como un animal enfermo porque no tiene instinto que lo guíe, dado que por su condición de hablante ha perdido la plenitud mítica que le presuponemos al resto de los seres vivos. Por eso constatamos que no hay seres humanos sin síntomas, sin inhibiciones, sin angustia…sin malestar.  La hipótesis de Lacan siguiendo a Freud es que hay una pérdida producida por la entrada en el lenguaje. Hay un límite a la satisfacción que podemos obtener, que es lo que en psicoanálisis llamamos la castración. No se puede alcanzar la satisfacción completa, el buen ajuste con la pareja, con nuestro propio cuerpo, con los objetos de satisfacción, con los otros que nos rodean. Todo eso está perdido para los seres sujetos al lenguaje que somos. La desgracia es que el lenguaje nos permite imaginar que sí podríamos alcanzar el “todo” si no fuera por el otro, por ejemplo, que podría enseñarnos más, darnos más amor, comprendernos mejor… y de ahí buena parte de nuestro malestar, porque el sujeto humano tiende a sentirse estafado, a sentirse una víctima.

La ley para el psicoanálisis es la ley de la castración: es la condición que dicta que nadie puede acceder a la satisfacción completa sino que cada uno, guiado por una pérdida originaria que toma distinta forma en cada uno, puede acceder a unas coordenadas singulares que orienten su deseo. El deseo es un concepto central en psicoanálisis, que es por definición de carácter inconsciente y singular, es diferente para cada persona. Quiere esto decir, y esto es algo muy importante y que solo el psicoanálisis sostiene, que el bien para cada uno no es el mismo. Es decir, que cuando como terapeutas buscamos el bien del paciente nos desorientamos. No porque esté mal desear el bien del otro, sino porque no es posible saber a priori cual es el bien para todos. La ley es universal pero cada uno la subjetiva a su manera. Por eso en psicoanálisis trabajamos siguiendo el axioma del caso por caso, no hay recetas para todos. La clave no es la conducta, que puede ser igual, sino la posición del sujeto, por ejemplo, para qué le sirve esa conducta.

Hay sujetos que se pliegan totalmente a la ley, que se sacrifican exageradamente para hacer existir un orden que solo está en su ideal, hay el que transgrede la ley a medias, el que no la reconoce o el que elige existir al margen de esa ley. Esa elección que cada sujeto hace respecto a su relación con la ley constituye el concepto fundamental que encontramos en el cruce entre psicoanálisis y derecho: la responsabilidad subjetiva, del que hablaremos en otro post. Cuando alguien transgrede la ley se sitúa por fuera de ella pero no siempre desde la misma posición subjetiva.

El sujeto humano está siempre en conflicto con la ley porque esta introduce un límite. La parte de las pulsiones que entra en conflicto con la ley es sometida al mecanismo de la represión. Pero no se trata de un mecanismo totalmente eficaz y aquello que es reprimido no por ello desaparece sino que puede retornar. Queda en lo que llamamos el inconsciente, pugnando por salir y expresarse de distintos modos.

Freud descubre que el contenido latente de la mayoría de los sueños está hecho de la realización de deseos inmorales. Todos los sueños son fundamentalmente sueños de transgresión. Uno sueña siempre, según Freud, en contra del derecho. El núcleo del sueño es una trasgresión de la Ley y sus contenidos son de egoísmo, de sadismo, de crueldad, de perversión, de incesto. Se sueña contra la Ley. En la formulación de Freud los soñadores son criminales enmascarados. Paradójicamente, por inhumano que pueda parecer, dirá el psicoanalista Jacques-Alain Miller, nada es más humano que el crimen. El crimen dice algo de lo más íntimo de la naturaleza humana: el conflicto con la ley.

La pulsión, concepto central del psicoanálisis, es el impulso resultante de la mordedura del lenguaje sobre el sujeto humano. Los animales tienen instintos que los llevan a su bien o el de la especie, y que tienen un objeto predeterminado e indubitable. Los humanos en cambio, tenemos pulsiones, que se caracterizan por un empuje que  no siempre coincide con el bien del sujeto y de la especie, y cuyo objeto es mucho más variable, además de inconsciente, correspondiendo a las profundidades del gusto de cada cual.

Lo que Freud va a descubrir es que la pulsión tiene un lado oscuro que nunca se deja dominar completamente al que denominó la pulsión de muerte, que no es educable ni domesticable y su particularidad más singular es que se satisface sí o sí más allá del bien del sujeto y de su voluntad consciente. Esto constituye un escándalo para la razón, pero el psicoanálisis lo verifica con cada persona que se acerca a hablar de lo que le sucede. Lacan llamó goce a esta fuerza interior que empuja a cada sujeto a repetir comportamientos que constituyen una satisfacción paradójica. Una satisfacción que no está del lado del placer sino del sufrimiento y que está en la base de los síntomas, lo que hace que erradicarlos no sea una tarea tan sencilla como querríamos. Este goce en el sufrimiento tiene que ver con un concepto fundamental del psicoanálisis: el superyo, al que dedicaremos el siguiente post.


ANOREXIA , BULIMIA, OBESIDAD: SÍNTOMAS DE LA CONTEMPORANEIDAD

La relación con la comida no es una relación natural, está instalada en el campo de la cultura. La dimensión epidémica actual de estas patologías puede ser explicada a partir de la alteración del orden simbólico que reglamentaba la relación con los alimentos. La relación del ser hablante con la comida implica siempre la relación con el Otro. Dicho de otra forma: el ser humano nunca come solo, aunque esté en una isla desierta, para él la comida incluye siempre una humanización simbólica: desde la organización simbólica en tres comidas: desayuno-comida y cena, los códigos de buenos modales, lo que se considera apto y bueno para comer o por el contrario no comestible…Es decir, que la comida en el ser humano no es solo un acto de nutrición sino que está sujeto necesariamente a una reglamentación que nos separa de la devoración del otro, y por el otro y nos introduce en un orden, en el “buen provecho”  de la regulación alimentaria como explica Domenico Cosenza en sus dos libros, “El muro de la anorexia” y “La comida y el inconsciente”, fundamentales para acercarse al conocimiento de estos síntomas fundamentales de la contemporaneidad.

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¿CÓMO SE HEREDA EL CARÁCTER DE LOS PADRES? LA IDENTIDAD Y LAS IDENTIFICACIONES


En su obra “Psicología de las masas y análisis del yo“, Freud, entre otras muchas cosas, va a conceptualizar la idea de identificación. Muy resumidamente, dirá que, en el curso del complejo de Edipo, el niño tiene que separarse de sus primeros objetos eróticos por exigencias del desarrollo psíquico, y entonces sobreviene una identificación donde el niño queda en posesión de determinado rasgo de esa persona amada y eso produce una transformación en su subjetividad. Ese mecanismo de identificación es el responsable de que nos parezcamos a nuestros padres en ciertos rasgos de carácter: se abandona el primitivo lazo erótico y seguimos amándolos a través de la identificación a rasgos con los que uno puede estar incluso en total oposición. De hecho no es en absoluto incompatible tener una mala relación con los padres y parecerse a ellos incluso en ese rasgo del padre o de la madre que es justamente lo que mas se detesta de ellos. A menudo las personas llegan a suponer que dicho rasgo se ha heredado genéticamente, lo cual no tiene ningún fundamento científico. La respuesta la da el mecanismo de la identificación, que es el saldo que queda del proceso de separación de los objetos de amor primordiales. Estas identificaciones son inconscientes y muchas veces están en contradicción unas con otras, es decir van conformando un batiburrillo que es lo que podemos llamar nuestra personalidad, nuestro yo.

La noción de identidad, de ser idéntico a uno mismo, tiene que ver con la idea de un yo unificado, piedra angular de muchas corrientes de la psicología. En psicoanálisis, sin embargo, vamos a hablar de identificaciones más que de identidad, y constatamos que esa idea de un yo unificado es ilusoria, porque el yo sería más bien un “enjambre” de identificaciones que nos llevan muchas veces en diferentes direcciones.

En realidad nos identificamos porque no tenemos identidad, no hay identidad posible para el ser humano consigo mismo, porque tenemos el inconsciente que nos lo impide. El inconsciente es la distancia que hay entre nuestra conciencia y nuestros actos, “un saber que no se sabe” que nos hace imposible ser transparentes para nosotros mismos. Ese es nuestro drama, porque si bien un yo es necesario para no caer en la locura, el yo o la pretendida identidad nos traen de cabeza. A menudo no queremos ser como somos y nos invade un sentimiento de culpa, que puede llegar a ser tan intenso como el que encontramos en las psicosis melancólicas. En numerosas ocasiones el esfuerzo de hacer coincidir nuestra vida con el ideal que tenemos de nosotros mismos puede convertir la existencia en un infierno. Y otras veces, el estar seguros de tener la razón y ser quienes queremos ser es al precio usar el mecanismo paranoico de proyectar todo lo malo que rechazamos en nosotros en el otro, que aparece entonces como amenazando nuestro equilibrio.

Desde el psicoanálisis podemos afirmar que creer que uno tiene una identidad no deja de ser una locura. En su interesante libro “De la personalidad al nudo del síntoma”, el psicoanalista Vicente Palomera hace un recorrido por la antropología para reflexionar con Levy Strauss sobre como la concepción occidental de la personalidad se basa en un conjunto de creencias que no es más racional que las del pensamiento salvaje, como se ve en el totemismo: no es más loco decir “soy una guacamaya” que decir “soy médico” o “soy Juan López”. En realidad lo que somos es un enigma y solo podemos nombrarlo con metáforas, en el mejor de los casos. Levy Strauss va a decir esta frase que el autor recoge: en nuestra civilización cada individuo tiene su propia personalidad por totem. La antropología nos ilustra que la idea que dada uno tiene de si mismo viene del exterior, del otro, y no es tanto una esencia como un modo de organizar las relaciones. La noción de persona no siempre ha existido como la conocemos ahora, ni mucho menos como sinónimo de conciencia, interiorización, autonomía ni unidad.

Nuestro concepto actual de persona se reduce a un periodo muy breve de nuestra historia y se circunscribe a occidente. Por el contrario, lo que se ha constatado en todas las culturas y periodos históricos es la alienación del individuo en un orden significante que lo precede y lo constituye, lo que el psicoanálisis reconoce como la imprescindible alienación al Otro. Nuestro momento civilizatorio parece perseguir con especial empeño que desconozcamos nuestra sujeción al orden simbólico. En este momento lo que se pone en valor es el enaltecimiento del yo y curiosamente lo que aparece en los manuales diagnósticos a partir de los años 80 es un nuevo tipo de diagnóstico, las llamadas personalidades narcisistas, que en realidad se parece bastante al perfil americano de éxito, al estilo de Donald Trump.

La identidad en la sociología nos habla de un “nosotros” con el que identificarse, algo muy en boga también en nuestra época, donde los movimientos identitarios, tanto de carácter nacionalista como en la constitución de las minorías (raciales, de orientación sexual etc. ) son un factor clave de la política y la vida social, como observamos fácilmente en las redes sociales, que facilitan la constitución de burbujas de seres que piensan igual que nosotros. Un narcisismo de masas enfatiza la diferencia con el otro para poder seguir existiendo en primera persona en un mundo que tiende a la uniformidad, a la cuantificación y a la mercantilización de la experiencia humana. Pero ¿nos ayuda esto a encontrar nuestra singularidad perdida o sería una nueva trampa para desconocer la relación singular de cada uno con la propia existencia? 

Estamos habitados por las palabras del Otro, por un guión inconsciente que guía nuestra vida a espaldas nuestra, y además, por fuerzas pulsionales que nos empujan a cumplir con ese guión, a satisfacernos de una cierta manera que a menudo comporta malestar y encontrarnos una y otra vez con situaciones dolorosas. Es decir, que nos encontramos con la repetición. Es lo que a veces se llaman malos hábitos, y que nosotros en psicoanálisis vamos a llamar un Síntoma con mayúsculas, la piedra con la me encuentro en mi vida una y otra vez. El Síntoma con mayúsculas es lo que se puede localizar en un tratamiento: a partir de la variedad de situaciones dolorosas con las que me encuentro se puede localizar la matriz síntomatica que orienta la vida de una persona. El síntoma es un extranjero dentro de mi mismo. No conseguiremos hacer caer las identificaciones que nos dirigen sin un trabajo sobre el fundamento pulsional que tienen, sobre la satisfacción paradójica que vehiculan. 

Ese es un trabajo que el sujeto no puede hacer solo a causa de la existencia del inconsciente, que impide que el autoconocimiento sea posible. Esa satisfacción paradójica en el malestar es una verdadera alteridad que me es inaccesible. ¿Qué puede permitirme acceder a esa alteridad? La relación transferencial con un psicoanalista, cuya forma de presencia tiene la particularidad, al contrario de otro tipo de relaciones basadas en la simetría y el diálogo entre iguales, de encarnar algo de esa alteridad del sujeto. De este modo al sujeto se le puede revelar algo de su estructura: poder localizar aquello que no ha podido tramitar, que da lugar a la repetición, conocer con qué solución sintomática ha tratado esa imposibilidad y encontrar una solución mejor.

LAS ADICCIONES, SÍNTOMA CARDINAL DE LA CONTEMPORANEIDAD

Nuestra época se caracteriza por algo del orden del exceso, de la desmesura. La instancia que está al mando en la sociedad hipermoderna no son los ideales y la renuncia a la satisfacción en aras de esos ideales, sino el empuje a satisfacer nuestras pulsiones de forma cada vez más acelerada. Nos encontramos rodeados de objetos hiperseductores que nos invitan a consumir

La cuestión no está en el objeto en si, sino en el exceso, en el “sin límite”. El objeto es indiferente. Se puede ser adicto a las compras, al sexo, al gimnasio, a las drogas, al alcohol, a la pornografía, a los programas de telerealidad, a los video juegos, a los medicamentos, al trabajo, al bisturí, a la comida o a no comer, es infinito. La adicción es el modo contemporáneo de relacionarse con los objetos.

Definimos adicción como una relación con el objeto donde no se incluye un límite, donde no está la separación entre el sujeto y el objeto, donde el goce es inmediato y perfecto. Y se trata de una  satisfacción solitaria, sin necesidad del otro. Es decir, hay una dependencia del objeto de consumo, pero en la relación con el otro, hay perfecta independencia y autonomía. Es lo que a veces podemos escuchar en boca de un alcohólico: las mujeres me fallan, la botella no, es mi compañera más fiel.

Estar a solas con el propio goce con lo que eso supone de repetición es otra carácterística de la sociedad contemporánea. El objeto de satisfacción ya no se va a buscar en el cuerpo del otro: su mirada, su voz, su presencia, su tacto… sino que se goza de forma autista, en soledad, con los gadgets, la pornografía, las sustancias …. El otro, que con su “otredad” podría ser lo que me impediría la repetición de mi mismo hasta el infinito, puede ser también una fuente de angustia. De ahí la preferencia por el goce solitario con un objeto. Hoy, para obtener la satisfacción es posible “cortocircuitar” al otro con los variados objetos que proponen la tecnología y el mercado.

La paradoja de los gadgets y las sustancias es que acaban siendo preferidos a los objetos  “naturales”, ubicados en el cuerpo. Con estos objetos tecnológicos el sujeto goza a solas, puede prescindir del cuerpo del partenaire, que siempre hace de límite, con lo cual el sujeto queda expuesto al peligro de su propio goce autista y mortífero sin freno. El camino de la búsqueda de la satisfacción se desliza con toda facilidad hacia el del malestar.

El adicto es aquel que elige un goce pulsional autoerótico, y repetitivo que le causa un daño antes que enfrentarse a la imposibilidad de la satisfacción completa con el otro, lo que llamamos la castración, que se relaciona con el deseo (se desea lo que no puede tenerse y sin embargo se encuentra una satisfacción, limitada, en su búsqueda). Esta imposibilidad, que todo sujeto tiene que asumir en su recorrido vital, al adicto le causa una angustia a la que no encuentra forma de hacer frente. Con frecuencia constatamos que el uso del tóxico va a servir para evitar el encuentro con el otro sexo.

El toxicómano es el máximo exponente de esa lógica de rechazo de la castración en la medida en que es el que logra desamarrarse de los avatares del deseo y la castración, al mantener con el objeto una relación sin palabras, sin mediación, y por tanto sin límite. Pero en esta lógica no se trata solo de adicción a drogas. Los gadgets que ofrece el mercado, o cualquier práctica que entrañe la relación con un objeto de satisfacción puede convertirse en aquello que rompe la relación con la castración, con la imposibilidad. En esas condiciones, el consumo invierte su dialéctica y lo que resulta consumido es el sujeto mismo, arrasado por el exceso y el sin límite al que se ve arrastrado. Una vez eliminado el obstáculo de la imposibilidad, como dice Lacan, “se empieza por las cosquillas y se acaba en la parrilla” (1).

Lo fundamental en el tratamiento va a ser encontrar cual es la función del tóxico. Podemos razonar sobre la falta de sentido profundo que el consumo introduce en nuestras vidas. Pero la satisfacción de la pulsión que estos objetos procuran no es algo que pueda ser modificado por un ejercicio de toma de conciencia o un adoctrinamiento ideológico. Se necesita un trabajo de otro tipo para encontrar un límite “personalizado” a la inercia acéfala de un goce que puede resultar ruinoso.

(1) Lacan. El seminario, libro 17, “El reverso del psicoanálisis”.

SÍNTOMAS FREUDIANOS Y SÍNTOMAS CONTEMPORÁNEOS

Las características de la época tienen una incidencia en la producción de síntomas, influyen en la “envoltura formal” que estos toman. Por otra parte, los síntomas que aparecen en cada época son signo de aquello que no marcha en la civilización, del fracaso de la cultura y sus ideales en proporcionar un bienestar a los individuos. En ese sentido los síntomas de esta época son un modo de respuesta a los atolladeros que presenta y nos sirven como interpretación a este momento civilizatorio particular.

Desde siempre el ser humano ha tratado de pensar cuál es la buena forma de relacionarse con los objetos de satisfacción, cómo regular sus pulsiones orales, agresivas, sexuales…Para regular el campo pulsional, desde el psicoanálisis lacaniano nos decimos que el ser humano se sirve de la instancia del  “Otro” con mayúsculas, que es el orden simbólico del discurso social que regula la relación del sujeto con sus objetos de satisfacción: la comida, el sexo, la mirada, la voz etc. Cada civilización establece sus códigos en relación a todo esto.

En la época de Freud se recurría a la prohibición y la represión era el sistema con el que fundamentalmente los sujetos se manejaban para mantener sus pulsiones a raya. Como sabemos, eso funcionaba relativamente y los sujetos hacían síntomas que calificamos de freudiano: síntomas producidos por la represión. Para Freud el síntoma es la expresión subjetiva de un conflicto inconsciente. Más precisamente, es una formación que posibilita satisfacción del deseo reprimido de un modo que resulte aceptable para el yo del sujeto. Constituye, por tanto, una formación de compromiso para que este deseo sea posible, puesto que la represión actúa sobre la pulsión disfrazándola.

La época actual, en cambio, caracterizada por la expansión inédita de la economía del mercado y por la producción de objetos técnológicos, trata la pulsión entreteniéndola con falsos objetos como la variedad de sustancias ofrecidas para todo uso (estimulantes, tranquilizantes, activadores sexuales etc) y los llamados  gadgets, y empujando a un goce autístico a través de ellos.

La tesis que vamos a sostener es que la ley ordenadora de la tradición ha sido erosionada de tal forma por la economía capitalista y la tecno-ciencia, que su eficacia en la reglamentación de la relación de los sujetos con sus objetos ha caído espectacularmente y esto ha dado lugar a la difusión epidémica de síntomas que son bastante diferentes a los síntomas de la época de Freud

Al igual que no hay felicidad total en la cultura pura, tesis del texto “El malestar en la cultura” porque la renuncia a la satisfacción de las pulsiones causa infelicidad, Freud descubre ya que tampoco hay felicidad en la satisfacción de la pulsión, porque esta linda siempre con un “Más allá del principio del placer”, que es el título del otro texto donde Freud da cuenta de la paradoja con la que se encuentra en sus investigaciones clínicas: que algo en la satisfacción misma del principio del placer empuja a su más allá, a un cierto goce en el sufrimiento. Un ejemplo muy claro de esto es la adicción al alcohol, donde uno puede pasar del placer de tomarse una copa de buen vino al exceso que puede llegar a poner en riesgo su vida. Este goce paradójico, la satisfacción en el sufrimiento, exclusivo de los seres hablantes, es uno de los grandes descubrimientos freudianos,  y es en él que Lacan va a centrar mucho de su investigación sobre el síntoma, más acorde con el tipo de síntomas que encontramos en la época actual.

Ocurre que entre la obra de Freud y la de Lacan la sociedad ha cambiado radicalmente:hemos pasado de una sociedad de productores con la ética de la renuncia propia de ese capitalismo de producción, a una sociedad de consumidores, a un capitalismo basado en el consumo masivo, donde la cultura ha dejado de basarse en la renuncia a apoyarse en lo contrario: una cultura que demanda gozar de todo, sin límites ni cortapisas.

Ese empuje insensato a una satisfacción completa que los sujetos internalizan fácilmente, nos lleva a un imposible en el sentido de traspasar los límites de la estructura. La estructura misma del sujeto es estar constituido a partir de una pérdida impuesta por el lenguaje: el sujeto no puede encontrarse nunca con el objeto que colmaría el vacío fundamental que lo constituye como sujeto. Esto es lo que en psicoanálisis llamamos castración. El rasgo posmoderno por excelencia es el rechazo de la castración. Esta es una época que prescribe la satisfacción, es la época de la felicidad obligatoria. Ya no estamos en un valle de lágrimas como en la edad media, sino en una fiesta continua, o eso se pretende.

Vamos a encontrar una diferencia entre los síntomas que llevaron a Freud al descubrimiento del inconsciente, donde había una verdad reprimida y el síntoma mostraba lo que el yo del sujeto no quería saber, y lo que llamamos síntomas contemporáneos, donde la vertiente del querer decir, del sentido reprimido, está practicamente desaparecida y lo que encontramos en vez de un querer decir es un querer gozar, un funcionamiento de goce que no quiere decir nada, el sujeto no interpreta nada de lo que le pasa, con frecuencia ni siquiera quiere ir a consultar, como se aprecia en las anorexias, toxicomanías y compulsiones diversas, porque lo que está en primer plano es un goce desamarrado del sentido.

La tesis del psicoanálisis frente a este tipo de síntomas es el reverso de la lógica de la psiquiatría con sus clasificaciones y las terapias que los toman como disfuncionamientos o como trastornos a corregir. El psicoanálisis orientado por Lacan los va a tomar, en cambio, como intentos de autotratamiento o incluso soluciones a algo imposible de soportar por el sujeto. Las adicciones de todo tipo, la anorexia, la bulimia, son una suerte de tratamiento del exceso pulsional por la vía de utilizar un objeto pulsional como catalizador de goce, con la paradoja de que el sujeto se encuentra devorado por eso mismo que había encontrado para amarrar o localizar su goce a la deriva. De modo que lo que lo salva también lo destruye.

Me interesa especialmente subrayar que  el síntoma no es solo una disfunción sino que tiene una función, y  esto es algo nuevo que la enseñanza de Lacan permite localizar: el síntoma es un aparato de suplencia que permitiría el funcionamiento del psiquismo, permitiría arreglárselas con lo que de la pulsión no se deja domesticar por lo simbólico. Porque la versión tradicional de tratar el goce a través de la prohibición ya no funciona mucho en la sociedad contemporánea. Y una de las vías por las que los sujetos intentan localizar el goce dañino son los llamados síntomas contemporáneos.

Lo que el psicoanálisis orientado por Lacan sabe es que el síntoma no se puede atacar de manera directa porque tiene una función en la subjetividad. El odio al síntoma, el empeño en eliminarlo a toda costa, que es lo que encontramos hoy en nuestra civilización de forma cada vez más dura, ocasiona una cronificación e incluso un recrudecimiento de los síntomas, por ejemplo de la violencia, que es con lo que se encuentran los profesionales de la sanidad, la educación, el trabajo social, de los ámbitos psi…

El síntoma es una defensa frente a lo imposible de soportar, frente a algo que el sujeto no pudo hacer entrar en lo simbólico. El trabajo del análisis es reconstruir la necesidad de ese síntoma: por qué y para qué surgió. En cada caso lo que desencadenó los síntomas será distinto y la respuesta del sujeto también. Por eso no nos vamos a guiar nunca por la sintomatología para hacer un diagnóstico que remite más bien a identidades grupales (ser un TOC, un TDHA , una anoréxica o un transtorno de la personalidad). Lo que nos interesa del síntoma es qué función absolutamente singular tiene para ese sujeto. Desde esta posición desconfiamos de todo lo que hable de la salud mental como un estándar igual para todos, porque sabemos que nada hay más distinto que un ser humano y otro.

 

EL PSICOANÁLISIS FRENTE AL MALTRATO DOMÉSTICO

Parto de la constatación de una cierta impotencia de las medidas educativas y judiciales para frenar el maltrato. Al respecto es paradigmático el tema de las mujeres que se saltan las órdenes de alejamiento impuestas por los jueces.

Quisiera en primer lugar poner en cuestión el machismo y la desigualdad de género como única explicación a esta lacra. Un dato muy a tener en cuenta es que en los países nórdicos, donde las medidas de igualdad entre hombres y mujeres están más desarrolladas, las cifras de maltrato doméstico no solo no disminuyen sino todo lo contrario. Esto nos debe hacer pensar que la cuestión no es tan simple. El maltrato en la pareja y la familia no se pueden explicar sólo con consideraciones sociológicas, hace falta tener en cuenta cómo se constituye la subjetividad y más concretamente la sexuación si queremos entender algo.

El machismo y la educación, los ideales sociales, los discursos imperantes sobre lo que es un hombre o una mujer etc, son factores comunes en una sociedad, pero siempre tenemos que tener en cuenta el modo en que interaccionan con la historia de cada uno: pautas de crianza, cuidados y experiencias de satisfacción, ausencias, maltrato, abandono… Estos dos factores, el social y los avatares biográficos, están siempre en función de un tercero, que va a resultar decisivo: la posición subjetiva de cada uno, cómo cada uno se posiciona a partir de esas cartas que le han tocado en  la vida.

Los seres humanos tenemos un problema: lo que nos constituye como humanos, que es el lenguaje, nos humaniza pero nos aleja del instinto que nos orientaría sobre cómo vivir. Por eso no tenemos más remedio que inventar soluciones singulares a la cuestión de qué es ser un hombre o una mujer, porque hay una falta en el lenguaje para decir el sexo, al igual que la hay para decir la paternidad o la muerte. Lo social, la educación, las leyes, nos proveen marcos, soluciones de uso común para todo eso. Por ejemplo el matrimonio es una solución “prefabricada”, pero todas estas soluciones son un poco como un traje mal cortado donde no nos cabe algo, se dejan fuera una parte de lo más singular de cada uno, por eso podemos decir que son soluciones sintomáticas, que acogen una dificultad pero no la terminan de resolver del todo.

El lo que concierne a la relación entre los sexos, el malestar es estructural en el ser que habla. Lo masculino y lo femenino no coincide con lo biológico, son posiciones simbólicas y el psicoanálisis muestra que la sexuación se estructura a partir de la lógica del tener y de la falta. Cada uno ahí se las arregla a su peculiar manera, tomando una posición que es inconsciente.

La igualdad social y jurídica son totalmente necesarias, pero en el plano de la subjetividad eso no resuelve todo. Lo masculino se constituye a partir del tener y poseer el objeto, y en esa lógica la pareja ocupa a veces el lugar de lo que “se tiene”. El odio entonces aparece en la medida en que lo femenino encarna una lógica distinta, la de la falta, la de lo que no se tiene, que se escapa a esa la lógica del tener. Las mujeres encarnan la otredad y es por eso que el odio a lo femenino, que es inconsciente, es de estructura. Hoy los discursos que mantenían a raya esa peligrosidad que lo femenino encarna se han venido abajo, y las mujeres ocupan posiciones nuevas. A eso se une el declive de la masculinidad en nuestras sociedades occidentales y una cierta infantilización de los hombres, que cada vez se hacen menos cargo de posiciones paternas, por ejemplo. Constatamos a la vez un rebrote en los jóvenes de la cara más abyecta de la lógica machista. ¿Falta de educación? La diferencia sexual no tiene buena prensa, hoy prima la igualdad por encima de todo. Se puede pensar que, entonces, ante la angustia de la falta de semblantes sociales claros y diferenciados para ocupar esas posiciones masculina y femenina, las viejas respuestas retornan en toda su virulencia.

En cuanto a las mujeres víctimas ¿por qué se dejan maltratar? Se habla de dependencia económica. No diremos que no exista, pero quizá no es la más fundamental. La dependencia de las mujeres es sobre todo dependencia del signo de amor del otro. La mujer, que se sitúa frente a la sexuación en la lógica de la falta, encuentra en el amor aquello que les da el ser y eso puede llevarlas a lo peor porque por la vía del amor están dispuestas a entregarlo todo,  a veces hasta su vida. Además, en función de ciertas condiciones de su infancia y de la relación con el Otro materno (o paterno) una mujer puede situarse en una posición de permanente decepción que la lleva a pedir siempre más amor del otro, lo cual a un hombre afectado de cierta “fragilidad” lo puede “enloquecer”, porque no entiende lo que ella quiere. Ella puede, además, repetir esa situación de esperar el signo de amor y decepcionarse hasta el infinito, creyendo en las palabras de arrepentimiento de él una y otra vez, o interpretando sus celos y su maltrato como signos de amor. Lo escuchamos en muchos de estos casos.

Frente a la falta de una respuesta sobre qué es ser una mujer, la mujer busca una respuesta por el lado de ser amada, y determinadas mujeres pueden encontrarla en una posición sacrificial de ser “la única” que lo cuida y que está siempre dispuesta a volver con él a pesar de todo lo que él haga, es decir, que ella es “la única” para él, ocupando un poco el lugar de la madre de su pareja.

Por eso a veces no sirve con intentar convencer a una mujer de que se está equivocando. Esa solución inconsciente de sacrificarse para que el otro la ame es la que ella encontró para tener un lugar. Pedirle que renuncie a ella es un poco dejarla en el vacío y la angustia: ¿qué es ella para el otro entonces? No es sencillo cambiar esas condiciones inconscientes y por eso a menudo son las propias mujeres las que infringen las órdenes de alejamiento y vuelven a vivir con sus maltratadores.

En cuanto al partenaire violento (que por cierto no es necesariamente el hombre, sino quien está en posición masculina, en posición de poseer al otro como objeto, como se ve en las parejas homosexuales donde los malos tratos se dan exactamente igual que en las heterosexuales), lo que encontramos es en realidad una debilidad de la que no se quiere saber nada, que es compensada con la violencia. A menudo se trata de personas enormemente dependientes con un sentimiento inconsciente de inferioridad. La posible pérdida de su objeto, de su pareja, los sume en una angustia insoportable. Ella tiene que ser toda suya y que ella muestre el más mínimo deseo por fuera de él, que tenga otros intereses, aunque sean mínimos, ya no digamos que manifieste su deseo de separarse, lo llevan a una situación de sentirse despreciados por el otro que no pueden soportar y que invierten convirtiendo a su pareja en objeto despreciado, degradado y vejado.

En conclusión: las leyes son fundamentales y deben ser firmes contra el maltrato, la educación también lo es, pero hay lo irreductible de la posición subjetiva que ambas deben tener en cuenta sino quieren incurrir en situaciones paradójicas, como terminar castigando a una mujer que se salta una medida de alejamiento. Si uno está fijado a una posición sacrificial no hay orden de alejamiento ni programa reeducativo que lo mueva. Lo pulsional no se educa totalmente, siempre hay un resto inasequible a la regulación; se puede encontrar un mejor arreglo con ello, pero lleva tiempo, y hay que trabajar con las coordenadas singulares inconscientes de la persona, que es lo más alejado de los tratamientos estandarizados que toman todo esto como un déficit educativo y de socialización de los sujetos.

 

 

 

¿QUE ES LO TRAUMÁTICO EN PSICOANÁLISIS?

El psicoanálisis permite pensar por qué lo que es traumático para una persona no necesariamente lo es para otra, o porqué un acontecimiento aparentemente banal puede tomar valor de trauma, o por qué una vivencia traumática deja huellas tan duraderas y porqué se repite algo que resultó doloroso. La respuesta la da la noción de inconsciente.

Freud siempre mantuvo que había un origen traumático de las neurosis y que en los síntomas estaba la huella de lo ignorado del trauma. Haremos un breve recorrido por la teorización freudiana, para llegar a la forma en que lo piensa Lacan, que conceptualiza el trauma como estructural en el ser hablante a causa de la incapacidad del lenguaje para dar cuenta de cierta dimensión de lo humano. La experiencia de un psicoanálisis permite localizar ciertos momentos en que las palabras no fueron suficientes para decir lo vivido.

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